Lionel Scaloni planteó en su estrategia: cuando se puede jugar, se juega; cuando hay que raspar, se raspa.
Las estadísticas con las que tuvo que lidiar Scaloni
Antes que chocaran con la Selección argentina en las semifinales del Mundial, Inglaterra venía con estadísticas que eran de temer y que tenían como protagonistas absolutos a Harry Kane y Jude Bellingham.
Aunque Los Tres Leones son un equipo compacto, los indiscutibles abanderados eran el mediocampista del Real Madrid y el delantero del Bayern Munich quienes entre ambos habían firmado 12 de los 13 goles ingleses.
Kane es dueño de seis conquistas y una asistencia, mientras que Bellingham también gritó seis goles propios y había firmado una asistencia. El gol restante lo había convertido Marcus Rashford frente a Croacia, en el partido que finalizó 4 a 2 a favor de los ingleses.
Lionel Scaloni dejó libre a Messi, pero el 10 decidió ensuciarse las manos.
La Selección anuló a Kane y Bellingham, los "killers" de Inglaterra
La Selección argentina debía desactivar los embates de Harry Kane y Jude Bellingham, las cartas más poderosas del conjunto inglés. Sin dejarse avasallar, el estratega argentino diseñó un bloque defensivo implacable que terminó por desarticular y borrar de la cancha a las dos figuras británicas.
Sin embargo, la receta de Lionel Scaloni no se limitó a la línea de fondo; requirió de un compromiso colectivo absoluto. El único exceptuado del sacrificio fue Lionel Messi, quien jugó liberado para concentrar todas sus energías en la gestación de juego y el ataque. Así, la retaguardia titular se plantó firme con Nahuel Molina, Cristian Romero, Lisandro Martínez y Nicolás Tagliafico.
Unos metros más adelante, Leandro Paredes se ubicó como el eje de contención, respaldado por la dinámica de Enzo Fernández y Alexis Mac Allister. Por el carril derecho, el ida y vuelta defensivo-ofensivo fue propiedad de un incansable Giuliano Simeone, mientras que Julián Álvarez cumplió a la perfección con lo que mejor sabe hacer: ser un todoterreno insoportable para los defensores rivales.
Leandro Paredes y Jude Bellingham.
Cuando el partido lo pidió, las variantes desde el banco funcionaron con precisión de relojería: Nicolás González ingresó para dar una mano en el retroceso sin dejar de lastimar arriba; Rodrigo De Paul sumó su habitual despliegue para raspar, recuperar y distribuir; Gonzalo Montiel reemplazó a Molina y le tiró la carrocería encima a Bellingham apelando a la pura garra del barrio; Nicolás Otamendi entró para blindar la zaga y cuidar a un amonestado Licha Martínez; y Lautaro Martínez saltó a la cancha para hacer lo que mejor sabe: mandar la pelota a la red.
Messi y Bellingham, cara a cara.
Scaloni metió un pleno en cada decisión. El plantel captó la idea a la perfección, la ejecutó con el cuchillo entre los dientes y la Selección firmó su mejor partido del Mundial. Ahora se viene la gran final, el escenario definitivo donde las pizarras y la lucidez estratégica del Napoleón de Pujato volverán a ser nuestra mayor garantía de gloria.