Pero ese pasar holgado se derrumbó con el paso de los años debido a situaciones muy duras. Por un lado, afrontar el costoso tratamiento médico de su padre frente a una enfermedad brava, que lo empujó a vender gran parte de sus propiedades.
Héctor Artico dedica su vida a ser remisero.
Por el otro, una separación conflictiva lo dejó sin los inmuebles que le quedaban. Sin un solo departamento propio y lejos de los lujos de las canchas, aquel viejo futbolista decidió arremangarse y salir a ganarse la vida manejando un remís, primero en Buenos Aires y más tarde en Córdoba.
Su historia hoy demuestra que, más allá de los títulos y las fortunas que se esfuman, lo único que realmente sostiene a flote a una persona es la cultura del trabajo, aquella que Ártico siempre tuvo incorporada, según él, desde muy chico.