La previa del partido entre la Selección argentina y la de Egipto estuvo marcada por una gran polémica: la terna arbitral designada por la FIFA es de origen francés; teniendo en cuenta los partidos mundialistas que tuvo a ambos equipos como protagonistas, la desconfianza se apoderó de la escena.
Como árbitros, sabemos que ante esa presión hay dos caminos por adoptar en los primeros minutos: o sales a "sobrepitar" (cobrar absolutamente todo para demostrar control) o intentas pasar desapercibido, dejando jugar de más y dejando las faltas "finitas" de lado.
Son estrategias de manejo que, a medida que van pasando los minutos, inevitablemente pueden variar.
La hora de la verdad: cuando el reglamento se encuentra con la presión
El protocolo del sorteo es el momento exacto donde la realidad golpea. Quienes hemos pateado el barro del fútbol amateur conocemos de memoria ese ritual: tirar la moneda al aire frente a dos capitanes rústicos que se juegan el honor del barrio, en una cancha sin alambrado.
Pero el abismo de la escala es vertiginoso cuando levantás la vista en el círculo central de un estadio colmado y te encontrás, frente a frente, con Lionel Messi y Mohamed Salah.
En ese instante, la moneda pesa una tonelada y el silbato quema; para colmo, con la lupa del mundo puesta sobre tu pasaporte francés, salir a la cancha deja de ser un orgullo y se transforma en un proceso complejo, casi como cargar una cruz a cuestas.
Del papel al césped: crónica de un partido indomable
Existe una máxima no escrita en el ambiente futbolístico: lo mejor que le puede pasar a un árbitro es que haya un gol tempranero.
Un gol rápido abre el partido, rompe las fricciones del mediocampo y da la posibilidad de una goleada, lo que suele diluir la tensión y quitarle peso a nuestras decisiones.
Sin embargo, en Atlanta la teoría falló. El gol de Egipto llegó temprano, a los 14 minutos, pero lejos de traer paz, encendió la mecha. De inmediato, los jugadores de la Selección argentina se le fueron encima a Letexier. La desconfianza de la previa estaba a flor de piel y no le iban a dejar pasar ni una.
La tensión parecía aflojar en el minuto 18, cuando Letexier sancionó penal para Argentina. Era la jugada ideal para traer tranquilidad al combinado Albiceleste y encarrilar el trámite del partido.
Aunque la prensa internacional y las redes sociales hicieron hincapié en que no había sido penal, la explicación lógica desde el reglamento es clara: Nicolás Tagliafico llegó primero a la pelota y alcanzó a puntearla; luego llegó Hassan, quien estiró su pierna y terminó golpeándolo en la derecha.
Se trató de una decisión imprudente que configuró la falta y el penal para Argentina. Era la jugada ideal para traer paz al partido, pero se lo atajaron a Messi y el nerviosismo se multiplicó.
Ya en el segundo tiempo, el árbitro francés tuvo que tomar una decisión fundamental y sumamente difícil. El equipo africano convirtió lo que parecía el segundo gol, pero al ser llamado por el VAR para revisar la pantalla, Letexier pudo percibir una falta sobre Lisandro Martínez en el inicio de la jugada, por lo que terminó anulando la acción.
Fue un giro dramático que cambió el destino del partido ya que luego, a pesar de que Egipto volvió a marcar el 2 a 0, la Selección argentina logró lo impensado y dio vuelta un encuentro que parecía definido.
Además, en los minutos finales, François Letexier decidió amonestar al entrenador de Egipto, Hossam Hassan, quien estaba reclamando efusivamente por las decisiones arbitrales.
El recuento de tarjetas dejó a la Albiceleste sin amarillas, mientras que el Egipto recibió 4 teniendo contemplada la que recibió su entrenador.
El partido nos demostró, una vez más, que el rol del árbitro jamás será sencillo; sin embargo, François Letexier estuvo plenamente a la altura de las circunstancias.
En una atmósfera asfixiante, el colegiado francés demostró que se pueden dejar los colores de la nacionalidad de lado para defender el color más importante de todos: el del arbitraje, el de la verdad y el de la cordura entre tanta locura.
