La tradición en la industria del vino pesa tanto como las raíces de su tierra fértil. Durante siglos, las hileras de los viñedos y las penumbras de las cavas fueron habitadas casi exclusivamente por hombres. Hoy esa postal se va modificando en bodegas mendocinas, y el rol de la mujer busca protagonismo.
Tiene 5 hijos, buscaba trabajo y hoy desafía el machismo en el mundo del vino
De cosechadora a operaria especializada, Selva Amaya es ejemplo de una nueva era en la industria del vino, donde la mujer busca ser el motor de la bodega

Selva Amaya tiene 41 años y hace 10 que descubrió su pasión por el trabajo "duro" en bodegas.
Foto: Gentileza Finca BandiniEn el imaginario colectivo podemos ubicar a la mujer en la recolección delicada de uvas o en la promoción de etiquetas del vino nuevo. Las estadísticas indican que apenas 3 de cada 10 personas que trabajan en la industria son mujeres, y menos del 35% ocupa posiciones de liderazgo.
Sin embargo, llegando a Las Compuertas, en el latido de los brotes de la vitivinicultura actual, esa distinción de género parece estar desdibujándose. Y eso gracias al trabajo apasionado de mujeres como Selva Amaya.
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A sus 41 años, Selva no solo representa un cambio en la estadística, sino una revolución silenciosa en la operatividad diaria de una bodega. Su figura, moviéndose con destreza entre barricas de roble y mangueras de trasiego en Finca Bandini, es el testimonio vivo de una transición necesaria.
Ella es operaria especializada de la bodega, un título que se ganó con fuerza física pero sobre todo con una perseverancia que doblegó prejuicios históricos. Y su historia de autosuperación vale la pena contarla.
Descubrió el trabajo en bodega gracias a un "profe" del CENS
Su ingreso al mundo del vino fue fortuito, según nos cuenta en esta entrevista con Diario UNO. Aunque reveló en ella una pasión que jamás pudo imaginarse.
No viene de tradición agrícola, en su vida había pisado una viña. Hasta allí la llevaron sus ganas de superarse, su necesidad de conseguir un trabajo digno y su lema de aprender para ser ejemplo de sus 5 hijos y mostrarles un futuro mejor.
"Empecé a trabajar en bodegas para la época de vendimia, allá por el 2016. Me invitó un profesor que tenía en el CENS donde terminé la secundaria. Él es ingeniero agrónomo y me preguntó si me animaba a ayudarlo a fraccionar vino", relata Selva Amaya con la ingenuidad de quien no sabe que está haciendo historia en una industria hasta ese momento desconocida para ella.
Aquel profesor del CENS no buscaba cumplir con una cuota de género en la industria del vino. Buscaba simplemente alguien con el interés y las ganas que Selva demostraba en sus clases.
Ese primer contacto con el fraccionamiento del vino lo tuvo junto a una sobrina suya y fue la chispa de un camino que no se detuvo y que tomó, como su vida misma, con resiliencia y esfuerzo. Mucho esfuerzo.
Una mujer en permanente autosuperación
Es que para llegar a ser la operaria especializada que es hoy en Finca Bandini, Selva Amaya tuvo que transitar por la informalidad y la dureza del trabajo de temporada en pequeñas bodegas. Hizo carrera, digamos, trabajó como cosechadora "por su cuenta", enfrentando el rigor del clima y la inestabilidad de los contratos eventuales.
"Fue un camino que recorrí y en el que me hice fuerte", confiesa hoy a 10 años de aquellos primeros pasos en el mundo del vino. Y su historia de entonces refleja la realidad de cientos de mujeres mendocinas que encuentran en la viña su sustento, pero que pocas veces logran ascender en la jerarquía técnica de la bodega.
Selva Amaya descubrió su vocación en el afán por superarse y no dejar materias pendientes en su vida. Primero, terminando los estudios secundarios de noche mientras trabajaba y alimentaba a sus hijos. Después, en busca de oportunidades laborales que le dieran estabilidad económica e independencia: nunca quiso ser una mujer "mantenida", dirá en la charla.
Una vez recibida en el CENS, y cosechando en vendimias con contratos temporales de diferentes bodegas, Selva se metió en una carrera corta asociada al cuidado de enfermos, algo que creyó podía gustarle. Terminó la tecnicatura auxiliar en laboratorio de análisis clínicos y realizó reemplazos en hospitales durante dos años.
Del trabajo en hospitales a la vida en bodegas
Pero el dolor que se respira en esos ámbitos de la salud la asfixiaba. "Estar en una clínica todos los días es algo que sufría muchísimo, no me gusta. Salía muy triste de trabajar, me sentía muy mal", explica.
Esa honestidad consigo misma la devolvió al campo, al aire libre y al esfuerzo físico del trabajo en bodegas que, paradójicamente, le brindaba una libertad que las paredes blancas de un hospital no le daban.
El entorno de una bodega en plena vendimia es un escenario de alta exigencia; un mundo de ruidos metálicos, humedad constante y una logística que no admite errores. De ahí que, en plena cosecha, pida disculpas a esta periodista por los tiempos acotados que tiene para relatar su historia.
Y, a decir verdad, no lo lamenta. Disfruta del trajín en Finca Bandini, allí encuentra el motivo de su existencia, el motor de fuerza que le da sentido a su vida para "dejarles a mis hijos el ejemplo de que con dedicación, con esfuerzo, pueden alcanzar las metas que se propongan". Eso sí, aclara, "tienen que estudiar" porque entiende que de ese modo conseguirán trabajos dignos.
De ese modo llegó ella a descubrir su pasión por el trabajo en la bodega, por el trabajo "duro" entre barricas y viñedos al amanecer que puede estirarse hasta la noche. Casi sin darse cuenta.
"A veces pasan tan rápido las horas que ni me doy cuenta. Igual no es lo mismo que cuando empecé en esto", reconoce en cuanto a los tiempos de descanso y los límites en los horarios laborales de la industria del vino actual.
Romper el cristal en la "cocina" del vino
En ese ecosistema de la bodega, el machismo se manifiesta no como una agresión directa hacia la mujer sino como una exclusión sistemática de la enseñanza, negándole el legado de una tradición que nos abraza a todos por igual en esta tierra del sol y del buen vino.
Selva reconoce que lo ha vivido en carne propia: "Se complica porque la mayoría de los operarios son hombres y no te incluyen, no te enseñan si sos mujer. Si vos querés aprender algo, lo tenés que aprender por tu cuenta".
Esta barrera invisible obliga a sus pares a realizar un esfuerzo doble: no solo deben hacer el trabajo; deben "autoinstruirse" para que se les permita hacerlo. Y, en el caso de Selva, adoptó una postura de hierro en este sentido.
"Nunca les demostré a ninguno que no podía hacer algo. A mí me mandan a lo que me manden hacer y lo voy a hacer. Lo mío fue mucha perseverancia y mucha pasión", confirma. Y esa actitud determinante fue la que finalmente le permitió dominar tareas complejas en la bodega Finca Bandini, como el desborre, el trasiego o el cuidado de las condiciones térmicas del vino en barricas.
Su llegada a la empresa, a finales de 2023, marcó un antes y un después en su trayectoria laboral. Halló tierra fértil para su ambición profesional, logrando la efectividad al año siguiente, un hito que describe como "impagable" por la estabilidad económica que trajo a su hogar. Y que tanto buscaba para asegurarle un futuro a su numerosa familia (tiene 5 hijos en edades que van de los 3 a los 22 años de vida).
Cuando el hombre y la mujer se complementan en la bodega
Para Selva Amaya, la presencia femenina en la bodega no es un capricho ideológico sino un aporte operativo real. Ella sostiene que las mujeres brindan una mirada distinta al hombre, centrada en el detalle, la limpieza y el orden, factores centrales para la calidad de un vino de alta gama.
"Una mujer siempre hace falta en la bodega. Hay detalles que los hombres por ahí pasan por alto. Ellos tienen otra manera de trabajar, diferente a la nuestra", afirma y coincide con los expertos de la industria que aseguran que esa complementariedad hace que las bodegas hoy sean más eficientes y logren productos con mayor precisión técnica.
Ella forma equipo con varones a los que, según confiesa, admira. "Mis compañeros operarios son tres hombres, y son lo mejor que me ha podido pasar. A uno lo conozco hace bastante, cuando era pasante de Enología, y ahora es enólogo en la bodega; trabaja acá conmigo y es un orgullo verlo crecer", manifiesta la mujer.
El vino nuevo también se elabora "de mujer a mujer"
La historia de Selva Amaya se rescata como una perla en el desierto. Su crecimiento como mujer operaria de una bodega es posible también gracias a una cultura organizacional que en Finca Bandini se vive de manera orgánica.
Mientras el promedio de la industria muestra una hegemonía masculina del 70%, en esta bodega de Luján de Cuyo el 58% del equipo está integrado por mujeres. Y ese porcentaje se da a raíz de la convicción de su fundador, Federico Bandini: "La igualdad no es una tendencia, sino una forma de gestión", considera. Su enfoque permite que voces como la de Selva sean escuchadas y valoradas en igualdad de condiciones.
Amanda Bandini, hija de Federico y vicepresidente de la bodega, representa esa nueva generación en la industria del vino que refuerza el concepto de legado en evolución. Para ella, el vino es familia, y en una familia el talento no tiene género.
Esta visión permite que la mujer ocupe roles estratégicos en su empresa, no solo en turismo o administración sino en áreas tradicionalmente "masculinizadas" como la finca, el depósito y el mantenimiento. Y Selva reafirma esa fuerza del cambio: "Acá tenemos mucho lugar y mucha presencia, nos complementamos en el equipo con los hombres y somos valoradas".
El deseo de Selva Amaya ahora está puesto en las futuras generaciones: "Me gustaría que en todas las bodegas de Mendoza podamos tener la misma igualdad de trabajo, de respeto y de responsabilidad porque somos muy capaces; por eso cada vez que me piden recomendaciones para un puesto de trabajo yo les recomiendo a alguna mujer".