Hay historias que no necesitan artificios para conmover: basta un gesto, una sonrisa contenida o la imagen de una joven enóloga mendocina rodeada de 100 colegas de todo el país que, sin saberlo, acaban de elegir su vino como el mejor del año.
Con apenas 32 años, la enóloga Paloma Bignone provoca en el vino argentino el despertar de una nueva etapa
La mendocina fue elegida Winemaker del Año 2025 por un vino Cabernet Franc que sorprendió a sus colegas y la convirtió en la profesional más joven en lograrlo
En el universo del vino, donde tradición y paciencia se imponen como ley, sorprender a los pares es casi un acto revolucionario. Y ese acto, esa pequeña revolución silenciosa, tiene hoy nombre y apellido: Paloma Bignone, la enóloga mendocina de 32 años que acaba de convertirse en la Winemaker del Año 2025 en la 11ª edición de The Winemakers, un certamen que no entiende de jerarquías mediáticas sino de paladares afinados.
Hablar con Bignone es descubrir una sensibilidad que no busca imponerse sino comprender. Nada en su trayectoria aparece como una pieza aislada: hay coherencia, búsqueda, humildad técnica y una dosis de curiosidad que la llevó desde Napa Valley hasta Nueva Zelanda, antes de regresar a asentarse en Mendoza -por esas vueltas inesperadas que trae la vida y también una pandemia-.
Hoy es enóloga de la Bodega Séptima, una casa con historia y con un equipo enológico sólido con el que ella asegura haber encontrado un equilibrio perfecto entre aprendizaje, libertad creativa y pertenencia.
Su vino ganador, el Séptima Gran Reserva 10 Barricas Cabernet Franc 2022, fue elegido por un centenar de enólogos en una cata a ciegas. Una decisión unánime que no hace más que confirmar a Bignone como la voz del despertar de una nueva etapa para el vino argentino.
La joven enóloga que refresca el porvenir del vino
Pero más allá del premio, lo que se revela en su relato es un modo de pensar el vino contemporáneo: menos rígido, más abierto, atento al origen, dispuesto a dialogar con un consumidor que ya no quiere solemnidad sino simplemente disfrute.
Darle voz a Paloma Bignone es permitir que esa sensibilidad, a la vez firme y flexible, libre y meticulosa, encuentre palabras.
Esta entrevista de Diario UNO con la joven enóloga busca entrar en su historia, detenerse en sus aprendizajes, escuchar cómo vibra su mirada sobre la tierra, el trabajo en equipo, el rol de la mujer, el futuro del vino y el desafío de enamorar a nuevas generaciones como una necesidad para que la industria no ponga fecha de caducidad.
Un premio que se vuelve colectivo
Para empezar por el principio -o por lo que se siente más cercano al latido del momento- vale preguntarle cómo vivió semejante reconocimiento de sus pares, siendo la enóloga más joven de la historia de The Winemakers en obtenerlo.
Paloma Bignone no se apropia del mérito de manera individual. Lo devuelve, lo distribuye. “Siento mucho orgullo por el premio -dice- porque es lindo que reconozcan el trabajo de uno pero sobre todo también el trabajo que vienen haciendo Paula Borgo, que es la directora enológica de la bodega, y Alejandro Livellara, que es el ingeniero agrónomo”.
Y con humildad explica que “ellos trabajan hace 20 años investigando las uvas que producimos y elaboramos; yo estoy hace cuatro años en Séptima, así que es un gran reconocimiento para la bodega y sin el equipo esto no hubiese podido ser así”.
Hay algo en su modo de expresarlo que excede la formalidad de un agradecimiento. Es una convicción íntima: la idea de que el vino es un trabajo coral, que la autoría individual se sostiene en una base que lleva tiempo, manos y decisión.
Un Cabernet Franc que rompe con lo esperado
Bignone recuerda perfectamente el instante en que eligió qué vino presentar para el concurso. No fue casualidad ni impulso: fue percepción. Una intuición respaldada por técnica y por observación del mercado.
“Cuando lo elegí para presentarlo, sentí que tiene un perfil totalmente diferente a los que hay en el mercado, por eso creí que tenía el perfil para resaltar sobre el resto”, confirma sobre “un Cabernet Franc que es mucho más especiado, mentolado, representa mucho el terroir y el viñedo de Los Chacayes”.
Para ella, esas cualidades se diferenciaron a los 32 vinos que probó junto a sus colegas en una cata a ciegas.
Al Séptima Gran Reserva 10 Barricas Cabernet Franc 2022 elegido en la competencia lo describe con precisión. Habla de un vino que combina identidad, estructura, fruta y una personalidad que evita lugares comunes. La valentía de lograr ese equilibrio fue, según ella, la clave del éxito.
La sorpresa ante el nivel de la industria del vino
El vino ganador con 94 puntos produce entre 3.000 y 5.000 botellas, según la añada. Es un vino de alta gama (tiene un valor estimado en $55.000), limitado, muy buscado en vinerías argentinas y no se exporta aunque para la enóloga es perfectamente competitivo en cualquier certamen del mundo.
“Lo hubiese presentado igual en un concurso internacional, aunque la distribución sea más local -asume- porque el vino está increíble”.
El certamen, además del premio como Winemaker del Año, dejó en Bignone una sensación de admiración y expectativa. No por sí misma, sino por el conjunto.
“Me sorprendió la gran calidad de los vinos que probamos. Fueron 32 vinos que catamos a ciegas y todos estaban buenísimos. Fue una cata muy competitiva”, cuenta. Y agrega algo que acaso funcione como resumen de una industria en renovación: “Me encanta ver qué es lo que mis colegas están haciendo en las diferentes zonas vitivinícolas, cómo interpretan cada región y cómo elaboran a partir de esa tierra”.
Tierra o terroir. La palabra aparecerá una y otra vez en la conversación. Y siempre con una carga emocional que supera la descripción técnica.
El terroir como brújula para el vino nuevo
Hablar de terroir suele llevar a definiciones académicas, pero para Paloma Bignone es, ante todo, una manera de mirar el nuevo vino.
“Hoy se le está dando mucha importancia al origen, 100% -asegura-. Antes quizás se le daba más importancia al método o al tipo de crianza. Ahora lo que intentamos comunicar es de dónde viene ese vino que estamos tomando y qué nos da ese lugar, esa tierra para que elijamos ese vino”, considera.
Y en este sentido, la joven enóloga explica que el desafío actual es traducir ese concepto a un consumidor que aún no distingue zonas, suelos ni altitudes. Pero insiste: es necesario.
“La idea es empezar a explicarle el origen a la gente, para que entiendan de dónde viene la uva y qué intentamos lograr con esos diferentes perfiles. Uno puede elaborar lo que quiera, pero creo que hoy se le da mucha importancia a representar lo máximo posible las características del origen de cada vino”, analiza.
Su mirada sobre el terroir no es académica: es sensible, casi afectiva. Es la mirada de quien conoció viñedos en California, en Nueva Zelanda y en Mendoza, y sabe que ningún vino nace igual.
La ingeniería agronómica fue su puerta de entrada
Resulta imposible separar su forma de hacer vino de su formación de base. Paloma Bignone no estudió enología desde el inicio. Su primer título fue ingeniería agronómica, algo que para muchos enólogos es un plus y para ella es casi un fundamento.
“Me encanta la ingeniería, no me arrepiento para nada”, sentencia y argumenta: “Me ayuda un montón a entender las cosas desde la base, desde el inicio del proceso vitivinícola”.
De ahí que su relación con la tierra empezó antes que su relación con la bodega. Y esa secuencia la marcó.
Cuando se le pregunta si siempre imaginó dedicarse al vino, responde con sinceridad: “Siempre me gustó estar en contacto con la naturaleza. Se me cruzó muchas veces ser parte de la elaboración del vino pero no lo tenía definido hasta que viví experiencias en el exterior”.
El descubrimiento del oficio del vino llegó desde el exterior
Y en su relato hay un punto de inflexión cuando habla de sus viajes al exterior. “Fui a Estados Unidos, a Napa Valley (California), donde estuve en una bodega boutique y aprendí un montón. Después fui a Nueva Zelanda, donde me acerqué más a la elaboración de vinos blancos”, cuenta.
Y no lo hace como una épica, sino como experiencias de vida y trabajo que agradece porque marcaron su presente. Esos lugares le dieron perspectiva, oficio, mundo. Y -mejor aún- le dieron una certeza.
“Así confirmé que me encantaba poder elaborar un producto, ver cómo se transforma lo que hay en la tierra en algo que la gente disfruta con sus seres queridos. Entonces estudié enología. Y acá estoy”.
Una carrera que pudo ser europea pero se volvió mendocina
Su regreso a la Argentina no fue planeado sino más bien interrumpido. “Cuando quise volver, me agarró la pandemia -recuerda-. Quería seguir haciendo experiencias en Europa, aprender otros estilos de vinos pero justo llegó la pandemia y me quedé en Mendoza”.
Sin embargo, lo que puede leerse como un obstáculo se transformó en ella en un verdadero arraigo a la tierra del buen vino que la vio nacer.
“Hoy siento que fue una buena decisión, disfruto mucho mi presente y sé que se pueden hacer muchas cosas acá”, afirma.
Y esa afirmación resume una idea que atraviesa toda su carrera: no hay destino único para el crecimiento; la tierra fértil puede estar donde uno decide poner raíces.
Ser mujer en una industria con hegemonía masculina
Al hablar de su vida fuera del trabajo, aparece una reflexión que desarma prejuicios en una industria como la del vino dominada todavía por perfiles masculinos. “No tengo hijos, eso también me permite viajar”, admite la joven enóloga, aunque considera que “si uno se ordena se puede seguir haciendo vida profesional igual con familia o con hijos”.
Y este rol de la mujer, subraya, se da gracias al cambio en los roles familiares del nuevo siglo. “El protagonismo del hombre en la familia hoy es casi a la par de la mujer, y eso ayuda un montón al desarrollo profesional de las mujeres. La familia hoy se forma más en equipo”, observa Paloma Bignone.
La profesional del vino tiene una visión madura, alejada del cliché. Una visión que reconoce dificultades pero también oportunidades para la mujer actual.
La conversación deriva inevitablemente hacia el rol de la mujer en el mundo vitivinícola. Y Bignone no dramatiza, pero tampoco suaviza: “Los rangos medios y altos siguen ocupados en su mayoría por hombres; igual siento que la mujer de a poco va ganando terreno a fuerza de sus capacidades”.
Para ella no hay diferencias innatas entre hombres y mujeres al elaborar vino. “No creo que la mujer tenga más sensibilidad o más olfato, tenemos las mismas condiciones”, sostiene quien ve que el talento no distingue géneros aunque muchas veces las oportunidades hacen diferencia.
Su análisis del presente y el futuro del vino
Hacia el final de la entrevista, su mirada se vuelve más panorámica. Habla del mercado mundial del vino con un realismo poco frecuente en voces jóvenes. “El consumo de vino está cayendo en todo el mundo -convalida-. Francia, Estados Unidos, Argentina… todos estamos igual”.
La combinación entre caída del consumo y crisis económica local presenta desafíos que ella los ve como oportunidades únicas para forjar una nueva etapa de la industria del vino.
Para Paloma Bignone, el mercado debe cambiar su forma de comunicarse. “La gente cree que hay que saber un montón para tomar vino, escucha palabras complejas… y eso lo aleja”, examina.
Su propuesta es simple y a la vez revolucionaria: “El consumidor solo tiene que tomar vino como quiera, con soda, frío, liviano, sin solemnidad. Que se enamore de nuestra bebida nacional”.
Propone vinos más frescos, livianos, accesibles, con menos graduación alcohólica, que busquen atraer a los jóvenes. “Ese es nuestro desafío: acercar al consumidor, no exigirle que se acerque él al vino”, concluye.
Un presente brillante, un futuro que apenas comienza
Paloma Bignone pertenece a una generación que lleva nuevas preguntas al vino argentino: ¿de dónde viene?, ¿cómo se cuenta?, ¿qué siente quien lo bebe?, ¿cómo podemos hacerlo más popular?
Y también trae nuevas certezas: la importancia del trabajo en equipo, el valor del origen, la nobleza de la técnica, el respeto por el consumidor y la convicción de que la industria puede -y debe- evolucionar.
Su premio como Winemaker del Año es un símbolo, sí. Pero sobre todo es una señal de época: el vino argentino ya tiene una nueva sensibilidad, un nuevo pulso. Y en ese pulso, la voz de Paloma Bignone suena clara, firme y, sobre todo, joven. No porque le falten años sino porque le sobra futuro.











