Hay trayectorias que no se construyen desde un plan predeterminado sino desde una intuición persistente. La de Cecilia Ruiz es una de ellas. Diseñadora de interiores de formación, emprendedora por vocación y pionera en instaurar el uso cotidiano de las copas de vino en Mendoza.
Cómo hizo Cecilia Ruiz para instalar las copas de vino en el uso cotidiano de los mendocinos
La empresaria fundó R Cristal con apenas 22 años y logró que el vino se piense desde la copa. Diseño y pasión convergen en una historia de convicciones
La empresaria fundó R Cristal en 2001, cuando tenía apenas 22 años y el país atravesaba una de sus crisis más profundas.
A 26 años de aquella hazaña, su empresa produce unas 150.000 copas al año, abastece a la mayoría de las bodegas mendocinas, participa de los eventos más importantes del sector y representa en Argentina a una de las marcas de cristales más prestigiosas del mundo: RCR Cristalleria Italiana.
Su historia no se explica sólo en cifras ni en logros empresariales. Se explica en caminatas interminables entre bodegas, en copas probadas una por una junto a enólogos apasionados, en decisiones éticas tomadas en momentos límite y en una convicción que se mantuvo intacta desde el primer día: en una tierra como Mendoza, el vino merece ser bebido en la mejor copa posible.
“Siempre tuve claro que no quería ser empleada de nadie”, dice Cecilia Haydee Ruiz a Diario UNO, sentada entre estantes de madera que brillan con los reflejos del cristal.
La tesis de diseño que encendió la chispa de sus copas de vino
Esa frase, que podría sonar a declaración de principios, fue en realidad el motor que la empujó a construir un camino propio cuando muchos jóvenes de su generación elegían irse del país. Ella decidió quedarse.
La historia de R Cristal empieza incluso antes de su fundación. Cecilia era estudiante de Diseño de Interiores y eligió un tema poco habitual para su tesis: las bodegas mendocinas. Analizó cómo la idiosincrasia local, la cultura del vino y el paisaje se traducían en los interiorismos de la provincia. Ese trabajo académico fue su puerta de entrada a un mundo que la atrapó para siempre.
“A partir de mi tesis me empezó a traer cierta curiosidad el mundo del vino”, recuerda. En ese recorrido detectó algo que hoy parece impensado: la ausencia casi total de cristalería nacional de calidad. “Todo se traía de afuera, se compraba por catálogo, no había mucho producto argentino”, cuenta sobre aquellos tiempos previos a la crisis de 2001.
El contexto no ayudaba. El diseño de interiores, asociado al lujo, era una de las profesiones más golpeadas de la economía. Cecilia Ruiz entendió rápido que ese camino, al menos en ese momento, tenía un trayecto incierto. Y lejos de paralizarse, decidió observar, aprender y buscar alternativas de mercado.
Los cristales como oportunidad de trabajo
Un vínculo familiar fue clave para que descubriera el universo del vidrio que hoy tanto la apasiona. Su tío, Carlos Villarejo, ocupaba un puesto importante en Rigolleau y le permitió conocer ese mundo desde adentro. Comenzó a recorrer talleres, fábricas casi fundidas, artesanos que resistían como podían.
Viajaba seguido a Buenos Aires, se quedaba largas temporadas y combinaba esa búsqueda con su deseo de especializarse en iluminación.
Con algunos ahorros, el apoyo económico de sus padres y un acuerdo con una fábrica, dio su primer paso al diseñar moldes propios para producir copas de vino. “Yo hacía moldes de copas y les vendía también el resto del porfolio que tenían, como vasos, floreros”, rememora. El objetivo de ella, sin embargo, era desarrollar piezas pensadas específicamente para el mundo del vino.
Vestirse de treintañera para que las bodegas la atendieran
Si hay una imagen que resume el espíritu de los inicios de R Cristal es la de Cecilia Ruiz recorriendo bodegas, carpeta en mano y copas en alto, con poco más de 22 años y una determinación a prueba de prejuicios y mandatos.
“Me disfrazaba de treintañera para que me atendieran”, revela entre risas. Era una época en la que el sector estaba dominado por hombres y la juventud no siempre jugaba a favor.
Ella llegaba con algo distinto. No ofrecía un simple catálogo, sino una experiencia. “Abrían las botellas, probaban el vino en las copas ahí mismo”, explica. Ese modo de conquistar clientes generó un vínculo nuevo, cercano, conectado a la necesidad del mercado.
Los enólogos encontraban en ella una solución local, tangible, adaptable. Y ella, a cambio, aprendía de vinos.
“Fue un ida y vuelta muy lindo. Creo que llegué en el momento indicado, con la idea indicada”, reflexiona hoy, a 26 años de aquellos primeros pasos en la cristalería. Sin miedo a perder, sin una estructura rígida, el proyecto creció casi de manera orgánica, recomendado de boca en boca y predicando el consumo de vino en copa, algo no tan frecuente hace casi 30 años.
De grabar con ácido a invertir en tecnología para diseñar sus copas de vino
Uno de los hitos que marcaron el paso del juego al compromiso fue la incorporación de una máquina de grabado láser. Al principio, el estampado de logos se hacía con ácido, de manera artesanal y peligrosa, confiesa. Las bodegas pedían cada vez más personalización y Cecilia entendió que debía profesionalizar ese proceso.
Sus padres volvieron a apostar por ella y le prestaron el dinero para comprar la máquina. “Ahí me di cuenta de que no estaba jugando. Tenía que devolver esa plata”, repasa la enseñanza familiar que marcaría el rumbo de su empresa.
Es que esa presión fue, paradójicamente, un impulso. La obligó a pensar el negocio en serio, a buscar nuevas alianzas y a consolidar una estructura de negocio.
Hoy R Cristal cuenta con un taller láser propio y personaliza más del 80 por ciento de sus piezas con identidades de bodegas, hoteles y restaurantes, fortaleciendo la competitividad del sector turístico y gastronómico.
Un sueño para la ruta del vino que quedó en pausa
Desde el comienzo, Cecilia Ruiz soñó con instalar un horno propio en Mendoza, dentro de la ruta del vino. Un espacio donde producción, diseño y turismo convivieran y se potenciaran. Sin embargo, la realidad energética del país impuso límites difíciles de sortear.
“El consumo de gas es altísimo, no hay garantía de continuidad. Era un riesgo enorme”, lamenta.
Lejos de frustrarse, como buena emprendedora adaptó la estrategia. Produjo durante años en Buenos Aires y trasladó la cristalería a Mendoza, siempre con el foco puesto en estar cerca de las bodegas.
En paralelo fue ampliando la oferta de copas hacia otras bebidas: cerveza, coctelería, café. Leer el mercado y anticiparse se volvió parte de su ADN comercial.
El encuentro con la mejor cristalería italiana
En 2018, el camino recorrido empezó a tener eco internacional. RCR Cristalleria Italiana, una empresa con más de 50 años de trayectoria y reconocimiento global, puso los ojos en Mendoza. Dos de sus gerentes viajaron para conocer R Cristal. Lo que vieron los convenció.
“Les gustó cómo trabajábamos el mercado y cómo habíamos logrado imponer la importancia de la copa de vino”, cuenta Cecilia Ruiz.
Pero hubo algo más: la manera de mostrar el producto. En eventos y ferias, las copas no aparecían aisladas en una estantería sino integradas mediante instalaciones artísticas, intervenidas por creadores mendocinos, en escalas inesperadas.
“La cristalería es artesanal y no deja de ser una obra de arte”, sentencia. Ese enfoque creativo dialogó perfecto con el espíritu innovador de RCR, conocida por su cristal Luxion, ultra brillante, 100% reciclable y fabricado con tecnologías sustentables.
En 2019 se firmó el acuerdo de representación oficial en Argentina de esta firma de cristales que, pese a su prestigio internacional, pisaba por primera vez el país.
Cómo y por qué democratizar la copa de vino
La pandemia puso a prueba esa alianza. R Cristal había logrado importar un solo contenedor cuando todo se frenó. Cecilia Ruiz tomó la decisión de no venderlo. “Me parecía deshonesto vender algo que después no iba a poder reponer”, explica.
Esperó. Aguantó. Recién en 2024 retomó con fuerza la importación de la firma italiana, incorporando una línea ultra premium que hoy convive con la producción artesanal local y con opciones más económicas para eventos masivos. Tres categorías, un mismo propósito: el uso cotidiano de la copa de vino. O de lo que se vaya a tomar.
Es que para Cecilia, una copa de vino no es un producto de élite. “Tiene que ser para todos”, insiste. Por eso, en R Cristal conviven precios y calidades: desde copas de vidrio accesibles –a $3.000- hasta piezas premium que rondan los $25.000.
“No queremos ponernos en un lugar aislado de la realidad del país”, aclara quien por el contrario busca que su empresa esté en permanente sintonía con su tierra y su evolución.
Esa mirada tuvo un impacto cultural profundo. Hoy, en Mendoza, ya no se concibe una degustación de vinos en copas de agua. El cambio es tangible. “El objetivo ya está cumplido -dice ella con satisfacción-. En cada evento hay buenas copas, sean nuestras o no”.
El posicionamiento en el mundo del vino y los nuevos desafíos
El crecimiento del enoturismo, los reconocimientos internacionales y la llegada de públicos diversos consolidaron ese proceso de democratizar la copa de vino.
R Cristal abasteció recientemente las 15 mil copas utilizadas en la Peatonal del Vino, evento que reunió a más de 100 mil personas. También participa de citas clave como la Mega Degustación, Alta Gama y el Almuerzo de Vendimia.
Hoy la empresa es familiar. Cecilia trabaja junto a su marido, Federico Martina, quien se ocupa del área financiera y administrativa.
“Eso me dio aire para dejar volar mi lado creativo”, reconoce. La expansión continúa con socios estratégicos en Buenos Aires, Córdoba, el norte y el sur del país.
El legado: siempre hay motivos para alzar una copa de vino
A los 47 años, Cecilia Ruiz mira hacia atrás con gratitud. Sus padres ya no están, pero alcanzaron a ver el crecimiento de su proyecto que apoyaron desde el inicio.
“Trato de no olvidarme de dónde vengo”, confiesa, como si esa memoria hoy fuera su motor de inspiración.
No diseña copas para sí misma. Diseña para compartir, para que el ritual cotidiano del vino sea un mimo, un lujo posible, una experiencia plena.
“Las cosas hay que usarlas, no guardarlas”, afirma en contra de la vieja costumbre de guardar cristalería de la abuela en estanterías sólo para desempolvarlas cada tanto.
En esa filosofía se resume su legado. Y cuando piensa en los jóvenes, su mensaje es directo y simple: “Que luchen por sus sueños. Nada es imposible si se trabaja con amor y honestidad”. Por eso en Mendoza cada brindis bien servido lleva algo de esa convicción.











