El jueves 9 de julio, Día de la Independencia, hubo una escena particular en un colegio de Flores, en la CABA. Un niño que interpretaba a un patriota en uno de esos típicos actos escolares se salió del libreto, y terminó el discurso escrito por sus maestras con una arenga futbolera y bien de este país, que generó una ovación inmediata.
País indómito: qué festejamos cuando festejamos y por qué los antiargentinos la tienen bien adentro
Contradictorios, solidarios, agrietados, filósofos, milagreros. El fútbol nos muestra la verdadera esencia de este país, para curiosidad del mundo

Argentinos ilustres: Favaloro, Messi, Mafalda, Maradona, San Martín, y un soldado de Malvinas.
Imagen generada con IAEl nene terminaba de explicar el significado de la Independencia y se descolgó con su pasión por la celeste y blanca. "¡Sí! ¡Somos independientes! ¡Somos libres de España! ¡Libres para decidir nuestro propio destino! ¡También vamos a construir nuestra Patria! ¡Y con orgullo, proteger nuestra bandera! ¡Vamos Argentina! ¡Aguante Selección! ¡Aguante Messi! ¡Vamos por la cuarta!”, gritó. Y el auditorio explotó de júbilo.
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Horas después, la escuela a la que asiste hizo un posteo delicioso: “Desde el Colegio del Libertador confirmamos que el amor a la Patria y a la Selección argentina se enseñan desde temprano”, escribieron, orgullosos del mocoso que había emocionado a todos:
Menos amable estuvo el mismo jueves el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva. Luego de denunciar las "cuevas” de corrupción, la crueldad política con los más pobres y la indiferencia ante los que sufren, el prelado remató su homilía frente al presidente Javier Milei con una frase de Messi, a quien citó: "Una vez más que los argentinos, cuando luchamos juntos y unidos, somos capaces de conseguir lo que nos propongamos…”.
Qué país
Luego de la homilía de García Cuerva, la AFA publicó un video motivacional sobre la Selección utilizando videos y frases de René Favaloro, y del infartante partido ante Egipto por los octavos de final de la Copa del Mundo. Las palabras del cardiocirujano que se quitó la vida porque no podía rescatar a su fundación, parecían escritas para el epílogo de ese sinsentido futbolero. Favaloro, el mismo que inventó el bypass coronario salvando millones de vidas en el mundo, se mató el 29 de julio del 2000 de un tiro en el corazón. Hoy habría sido su cumpleaños 103, si hubiese llegado.
También el 9 de julio, el rústico defensor neocelandés Tim Payne fue a la Embajada argentina en su país para festejar nuestra independencia. Un ignoto a quienes los hinchas argentinos hicimos famoso en el mundo sólo por seguirlo en Instagram, a instancias del influencer Valentín Scarsini, conocido como “Scarso”. Horas antes, el embajador argentino en Bangladesh, Marcelo Carlos Cesa, se hacía un nudo para explicar a los medios el fanatismo por Messi y nuestra Selección en aquel país al que se llega luego de 30 horas de vuelo desde Buenos Aires.
Algo pasa con los argentinos
¿Qué festejamos, cuando festejamos? ¿Por qué el fútbol nos define tanto? ¿Por qué “somos” tal como sentimos? ¿Cuál es el trazo que dibuja ese cuadro épico que nos transforma en únicos e irrepetibles? ¿Por qué somos campeones morales de todo? ¿Por qué logramos fundir un país que podría alimentar a parte de la humanidad, repitiendo crisis cíclicas que nos hunden en el infierno cada 10 o 20 años? ¿Por qué anoche a la una de la mañana en plena noche de invierno, la Argentina explotó de fiesta sin que nos importe nada?
Por estos días el mundo nos mira con curiosidad. Desde Tim Payne, hasta los influencers extranjeros que andan recorriendo el país tratando de entendernos. La Copa del Mundo nos puso en la vidriera. Ruidosos, bullangueros, crédulos, felices, cabuleros y sufrientes; agitando banderas celestes y blancas por todos los continentes, revoleando camisetas, pañuelos, lágrimas y risas allí donde vaya la Selección argentina de fútbol. También tuvimos nuestra diáspora, igual que países africanos y esclavistas como Cabo Verde. ¿O en qué países no hay al menos un argentino expulsado desde alguna de las desventuras económicas que sufrimos?
Por estos días ha fluido un fenómeno social muy fuerte entre todos nosotros. Se trata de la identificación plena con esta Selección y en especial con su capitán Lionel Messi, esa especie de superhéroe que siempre nos rescata y nos trae desde el más allá. El mismo que un día renunció al equipo nacional harto de derrotas y después fue campeón del mundo, o que hoy es capaz de llorar de felicidad ante la clasificación milagrosa de su selección a una instancia superior en esta Copa del Mundo.
Este amor incondicional excede al fútbol. Es la argentinidad que nos define y nos coloca en un pedestal de país milagrero que sobre la hora se salva siempre de todos los males, amén. Como con los tres goles en 13 minutos, el martes pasado frente a Egipto, o el gol extraterrestre que clavó anoche Julián Álvarez contra Suiza para devolvernos el alma al cuerpo.
Las hazañas épicas que nos definen
Vivimos una Argentina épica, que dos siglos atrás cruzó la Cordillera de los Andes desde Mendoza con José de San Martín para liberar América en la mayor campaña política y militar en la historia del continente, que enfrentó a las superpotencias del mundo en la Guerra de Malvinas en 1982, que tuvo en Francisco al mejor papa católico de la historia (incomprobable, pero que vengan de a todos a discutirnos), que gana premios Oscar del mejor cine y ostenta dos Nóbel de medicina, uno de Química y otros dos de la Paz, y que si Jorge Luis Borges o Ernesto Sábato no ganaron el de Literatura, fue porque algún envidioso antiargentino hijo de puta nos cagó.
Somos campeones del mundo de la argentinidad, la moral, la política, y de todas las ciencias que nos explican. Y de hacer buenos asados y mejores amigos. Nadie nos puede ganar nunca a nada aunque nos pasen por encima, y lo mismo da festejar los campeonatos del mundo de fútbol, como las carreras de Franco Colapinto que no llega al podio, hace unos años a Manu Ginóbili, o la generación dorada de tenis, o que un prodigio porteño de 12 años como Faustino Oro se meta en la élite mundial del ajedrez.
Nos es verdad que somos raros. Pero sí, que sólo los argentinos entre todos los habitantes de este mundo podemos comprender la emoción y las lágrimas del martes pasado, cuando una selección de escasa historia nos estaba cocinando al horno. Y sólo los argentinos comprendimos aquellas lágrimas de Messi porque todos lloramos con él. El que dice que no lagrimeó ni se emocionó, hay que vigilarle los amigos; porque está mintiendo.
Hace unos días, el colega Facundo García de Diario UNO me anotició sobre el concepto de “antifrágil”, descrito hace unos años por Nassim Nicholas Taleb, un ensayista libanés naturalizado estadounidense. El antifrágil es un tipo que se beneficia del desorden. El caso típico sería el de una persona absolutamente común, estándar, ordinaria, que en una guerra o una catástrofe se transforma en un héroe ilimitado capaz de hazañas absolutamente extraordinarias. Los argentinos somos un poco así. Antifrágiles. A todo le encontramos una vuelta aunque haya que atarlo con alambre.
El fútbol y la vida en caminos paralelos
El devenir de nuestros días desde mediados de junio confirma, por si hacía falta, que somos el país donde el fútbol se parece a la vida (¿O es al revés?).
Para ser argentinos hay que estirar las reglas al límite. Pero en la transcripción de la historia completa, hay que admitir que eludimos responsabilidades, hacemos el gol con la mano, coimeamos a un policía, tratamos de no pagar impuestos, si podemos vamos por la zurda, y somos capaces de remontar cualquier adversidad. Tal como la Selección ante Cabo Verde, Egipto, y Suiza.
Claro, nuestra zaga de éxitos y la galería enorme de personajes heroicos de las que presumimos, generan anticuerpos: los odiadores antiargentinos que -todos- la tienen bien adentro, parafraseando a uno de nuestros máximos ídolos y filósofos futboleros. Porque además -y aprovecho para pedir disculpas por el título de esta nota- somos fálicos. Mala suerte.
Las contradicciones nos pintan de cuerpo entero. Entre muchas otras y sólo por citar una actual, defendemos la industria nacional en las charlas de café y con los papis y mamis del WhatsApp, pero compramos en Temu y Shein, que es más barato. Amamos y admiramos a Messi, pero en el fondo somos maradonianos. Andamos por las banquinas del desastre hasta que aparece un salvador.
Somos una sociedad compleja, difícil, mística y milagrosa. Profundamente “ladris” cada vez que podemos, pero también solidarios y generosos. Vagos lúdicos, creativos, pero eficientes. Discriminadores pero inclusivos. Odiadores y agrietados, pero hermanos y abrazadores.
Somos el país donde grandes mentirosos, putañeros, ladrones, corruptos, enfermos mentales, estafadores, pederastas y escruchantes llegaron a la Presidencia de la Nación, desde Bernardino Rivadavia hasta aquí, y del primero al último.
Tenemos corazón de campeones, diría Favaloro. Forjamos almas de héroes anónimos capaces de cualquier proeza, incluso la más dramática y doméstica como es la de llegar a fin de mes. O de hacer temblar un estadio gigante en los Estados Unidos cantando “el que no salta es un inglés”, porque las Malvinas fueron, son y serán argentinas siempre. Y el miércoles nos vemos en Atlanta, qué mierda. Aún tenemos esa espina clavada en el ojo.
Es así. Somos argentinos en un país cuyo problema -citando a un amigo al que no veo hace tiempo- es que está lleno de nosotros. Es Argentina. Por más que te la expliquen, no la entenderías.