Existen ríos de tinta sobre la existencia de las denominadas “fallas de mercado ”, las cuales a la postre, le dan aval pseudo-científico a la intervención del Estado en la economía. No es nuevo esto.
Caso COVIAR: cómo el mercado resuelve el problema de los "free riders"
El mainstream cree que el mercado tiene “fallas” y con eso, le quiere dar aval pseudo-científico a la intervención del Estado en la economía

El último Desayuno de la COVIAR en marzo pasado.
Foto: Martín Pravata/ Diario UNOYa Stuart Mill, en su vejez, luego de entablar amistad con Auguste Comte, dejó de lado lo que había escrito y comenzó a mutar hacia la idea de que el Estado debía intervenir. Palabras más palabras menos, decía que “el mercado asigne los recursos porque es más eficiente y luego el Estado redistribuye esos recursos”, dejando de lado la idea que son dos caras de una misma moneda. Esto es, la asignación apunta a la eficiencia y la distribución a la motivación.
La redistribución genera desmotivación en quienes asignan, lo que a la postre trae aparejada una cantidad cada vez menor de recursos que redistribuir. Luego con la visión neoclásica (Pigou, Pareto y otros), y más tarde con la visión keynesiana (Keynes, Kuznets, y modernamente Stiglitz), esto se hizo carne (qué mejor para los políticos que tener avales para intervenir y gastar, y si además están camuflados de relato “científico” mejor aún).
Recomendadas
El caso de la COVIAR esta semana, a partir de la eliminación de la obligatoriedad del aporte que realizan bodegas y empresas del sector del vino, trajo de nuevo el planteo de las “fallas”. Dejando de lado las defensas corporativas de quienes se benefician de este “impuesto privado”, algunos se animaron a hacer una defensa desde la teoría neoclásica de las fallas de mercado. Cabe aclarar que la explicación sirve también para los aportes obligatorios a los sindicatos, a obras sociales, etcétera.
Qué es esto de las “fallas de mercado”
Antes de avanzar, digamos que esta discusión se da en el segmento de los denominados “bienes públicos”. Esto es, aquellos bienes en los cuales operan los principios de no exclusión (no puedo evitar que quien no paga use el bien) y de no rivalidad (no disminuye la cantidad del bien si otro lo usa).
La idea central de esta “teoría” es que existen situaciones en la economía que generan beneficios para unos y perjuicios para otros, y que, dado esto, el Estado debe intervenir para equiparar ese “resultado”. Esto es: redistribuir lo que ya había distribuido el mercado en base con incentivos generados libremente por el mercado. A esto se lo llama “fallas de mercado”. Es decir, el mercado tiene fallas que son endógenas a su funcionamiento (algo que tomaría Marx y luego Keynes para exponer sus “teorías”), y generan beneficios para algunos, denominados “free riders”, y perjuicios para otros, denominados “forced riders”.
Supongamos un caso simple. Una mujer pasa a nuestro lado con un perfume que tiene un aroma muy hermoso. Utilizando la teoría neoclásica, yo sería un “free rider” (operan los principios de no exclusión y no rivalidad mencionados más arriba) y la mujer una “forced rider”. La mujer fue la que hizo la inversión en el perfume, mientras yo, salgo beneficiado porque al pasar a su lado tengo un momento donde disfruto de ese aroma sin pagar nada.
Si llevamos al extremo la visión neoclásica, la mujer pediría que el Estado intervenga y equipare tal situación, por ejemplo, cobrándome un impuesto y/o dándole un subsidio a ella. Haciendo más complejo el caso, este mismo planteo se produce con el mal denominado “alumbrado público”. Si lo haría un privado, otras personas se verían beneficiadas sin pagar nada, mientras ese privado afrontaría la inversión respectiva, viéndolo a eso como un perjuicio para él.
El último gran dinosaurio que trata esta teoría es Joseph Stiglitz, a partir de sus escritos sobre la existencia de “asimetría de información” en el ámbito de los intercambios, teoría con la cual ganó su premio Nobel. La visión medular de esto, es que, en todo intercambio existe una diferencia de información entre las partes, por ejemplo, entre el vendedor de un auto y su comprador, por lo cual, otra vez, el Estado debe intervenir para “igualar” la situación. Incluso podríamos incluir en este “selecto” grupo a Thomas Piketty, y no olvidemos a George Akerlof.
Sintetizando, estas acciones de los agentes económicos generan externalidades (el aroma del perfume), las cuales, deben ser “internalizadas” por el Estado tomando medidas de política económica para igualar, y/o hacer más justos los intercambios que surgen del mercado libre. No debemos olvidar que, para estos autores, lo justo no es lo que libremente pacten las personas, sino lo que ellos consideran que lo es. En esto se apoyan en el famoso equilibrio de Pareto denominado “óptimo de Pareto”. Este óptimo se resume señalando que algo es precisamente “óptimo”, cuando al agregar una unidad más de un bien ninguna de las partes se beneficia y/o se perjudica más. Como se puede ver, en todos los casos el “dogma Montaigne” está presente: "En toda transacción siempre hay una parte que gana y otra que pierde”.
Respuesta definitiva al error sobre la existencia de las fallas de mercado
Tanto la escuela austríaca como algunos otros autores, han respondido a esta pseudo-teoría refutando sus postulados y dejando en claro sus errores. Ya sea utilizando la historia como elemento de refutación, como es el caso de Ronald Coase, que en parte le valió su premio Nobel (algo curioso porque tanto Stiglitz como Coase recibieron el premio Nobel señalando cosas distintas); o el análisis teórico y epistemológico, sea el caso de James Buchanan, Von Hayek, Israel Kirzner, Von Mises y Murray Rothbard.
En el caso de Ronald Coase, mostró que en la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII existían faros privados en los puertos y funcionaban muy bien de manera eficiente, contrarrestando la idea de que nunca había sucedido que un bien público había sido brindado por un privado y de manera eficiente.
A Coase le debemos la comprensión cabal sobre el porqué de la existencia de las empresas, algo no original (ya en Menger se encuentra) pero muy esclarecedor, que refuta la idea de que las empresas existen porque los accionistas buscan dinero o rentabilidad. Eso es la guía para seguir o no, pero no la razón de su existencia, que es el hecho que ayudan a disminuir los costos de transacción (en lugar de hacerme mi propia ropa, doy clases y/o asesoro empresas y con lo obtenido le compro la ropa a una tienda, lo que es más barato por la escala y de mejor calidad por su “expertise”).
Tanto Buchanan, Hayek y Kirzner, lo fundamentan desde la teoría del descubrimiento. Los empresarios mediante la observación profesional, descubren situaciones donde los recursos están subvaluados y los llevan hacia lugares y/o los destinan donde existe sobrevaluación. En el caso de Mises y Rothbard, van más allá y señalan que es la existencia de la propiedad privada lo que hace que un proceso sea eficiente, ya que, es la motivación de la propiedad privada del resultado lo que hace que busque descubrir el “gap” entre demanda y oferta.
Estos autores muestran que la “internalización” de una externalidad la hace de manera eficiente el mercado funcionando libremente, dado que va a asignar la cantidad apropiada y en el momento apropiado los recursos necesarios para tal acción. En el caso de los faros de los puertos (lo mismo sucede con las patentes para fórmulas de remedios, software, etcétera), existe la prioridad que le asigna el mercado, a quien ha colocado primero el bien en dicho mercado, por ejemplo, quien ha invertido y colocado el faro. En este caso se darían 2 situaciones:
- El privado que coloca el faro comienza a cobrar un canon/peaje para su uso. Un neoclásico diría que al tener el monopolio podría fijar un precio alto, pero en realidad esto alejaría a muchos barcos y por lo tanto, su negocio del faro quebraría (esto le está pasando a Misiones con las retenciones de IIBB: cada vez menos empresas quieren vender productos y servicios en esa provincia).
- No cobra nada. En ese caso un neoclásico diría que el resto de los barcos sería el de los “free riders” y nadie querría invertir para colocar un faro, algo absurdo, porque al colocarlo se vería beneficiado por llegar primero a ese puerto y conseguir más clientes, que el resto de los barcos le llevaría tiempo hacer.
En esta postura neoclásica, queda en evidencia la falta de una teoría del capital, ya que, el que invierte en un faro, lo hará siempre y cuando el capital invertido tenga una renta que supere el costo de ese capital. Si la inversión en un faro le genera más clientes que antes de su existencia, y esto remunera el capital invertido, le resultará irrelevante si otros “usan” el faro para llegar al puerto (Bastiat dixit, nobleza obliga).
El caso de COVIAR
En el caso de COVIAR, el argumento es que si fuera privada (aunque jurídicamente lo es, no lo es en términos económicos por la obligatoriedad del aporte que genera un monopolio artificial), muchas bodegas y/o empresas del sector vino, se verían beneficiadas sin poner nada. Habría muchos “free riders”, que aprovecharían las acciones de COVIAR en beneficio propio.
Como se puede ver, utilizan el argumento de la obligatoriedad para internalizar una externalidad, al igual que hace el Estado. Por eso es que el aporte era como un “impuesto privado”.
La teoría muestra, como hemos señalado, el error de esa postura. Los privados podrían haber resuelto el tema de muchas formas. Incluso algunas de ellas ni siquiera las podemos imaginar hoy, dado que no se ha dejado que el mercado opere libremente. La clave es comprender que siempre, absolutamente siempre, si el mercado opera libremente sin intervenciones de ningún tipo, todo es eficiente.
Buchanan señala que siempre que el intercambio sea libre es eficiente dado que el valor es algo subjetivo. Por lo tanto nadie puede decir lo que es eficiente o no. Aún cuando el resultado pareciera negativo, existen acciones que son eficientes. Para un neoclásico, lo que hacían los Medici con Miguel Ángel sería ineficiente desde el óptimo de Pareto, porque todos nosotros seríamos “free riders” de sus pinturas.
Por las dudas aclaro, difícilmente se pueda sostener mucho tiempo algo que da pérdidas, pero incluso allí, el mercado se encarga de señalar que debe quebrar.
Pero además de eficiente, es justo. Cuando asignación y distribución responden al libre mercado, se juntan eficiencia y justicia en un mismo acto. Quien acierta en el mercado y logra asignar recursos de forma eficiente, es justo que tenga la propiedad privada del resultado y de esa forma, seguirá teniendo la motivación de hacerlo. Y al contrario, siempre que alguien obtiene recursos de forma compulsiva, lo que obtiene es injusto (y agregaría no ético) y por supuesto ineficiente.
La ciencia económica, como vemos, se encarga de desestimar cualquier intento de darle fundamentos pseudo científicos a una violación de la propiedad privada, como es el caso de obligar a alguien a pagar por algo, como era el caso de COVIAR (y de tantos otros como los sindicatos, obras sociales públicas, etcétera). Los únicos “free riders” en esto son los que viven de dicha violación.