*El siguiente relato es extraído del expediente del noveno juicio por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura militar*
Un Ford Flacon, borceguíes y armas de fuego. Pocas imágenes puede ser tan icónicas sobre los secuestros ocurridos durante la última dictadura militar. Y los casos de Blanca Graciela Santamaría y María Silvia Campos no fueron la excepción.
Ambas tenían 23 años. Todos los días iban a la Universidad Nacional de Cuyo. Allí estudiaban Artes Plásticas y Medicina, respectivamente. Pero de todos sus puntos en común, el más trágico fue el 15 de mayo de 1976. Ese día fueron vistas con vida por última vez.
Graciela no tenía una participación política activa. Sí su hermana, quien también fue secuestrada pero sobrevivió a los tormentos. A los militares poco les importó la diferencia.
No querían tener margen de error. Cerca de las 2, al menos 24 hombres y 3 autos Ford Falcon llegaron hasta su casa del barrio Unimev II, en Guaymallén. Algunos se apostaron en los techos. Otros tiraron abajo la puerta y entraron.
Don Santamaría fue amordazado en una cama. Su esposa y sus hijos menores fueron encerrados en el baño. Y allí fueron contra el principal objetivo: Graciela.
La sacaron en camisón y descalza hacia la calle. Modus operandi de manual. Mientras, algunos vecinos miraban y olvidaban por las ventanas. Pero uno salió a la calle para defender a la joven. Sin éxito, rápidamente lo metieron al baño de la casa y le pidieron que se identifique. Terminó zafando.
Otro que se pudo salvar fue Osvaldo Zuin, un amigo de Graciela que también estaba en la casa pero logró escapar. Aunque por poco tiempo. Un año después sería baleado y capturado en Córdoba. Lo trasladaron al centro clandestino Las Lajas y no se supo nada más de él.
"¿Qué podía hacer yo frente a la desaparición de Santamaría?", declaró décadas después Luis Miret, el juez que cajoneó las denuncias de sus padres y que murió condenado a prisión perpeuta como cómplice de delitos de lesa humanidad.
Una hora después del secuestro de Graciela, la suerte de Silvia Campos se inclinó para el mismo lado. El operativo, probablemente formado por los mismos hombres y vehículos, derrumbó la puerta de su casa en San José. Se dirigieron a su habitación, pero allí también se encontraron con una compañera de estudio. Le pusieron una funda de almohada en la cabeza y la tranquilizaron: "Quedate piola que con vos no es".
Esta joven declararía años que después que escuchaba a Silvia gritar y reclamar que los secuestradores dejaran de tocarle los pechos. Fue lo último que se supo de ella.
Sus padres jamás se cansaron de preguntar en el Ejército sobre su hija. "Ustedes los padres no saben lo que hacen sus hijos". "Señora, no venga tanto porque peligra que usted desaparezca", les respondían.
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