*El siguiente relato es extraído del expediente del noveno juicio por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura militar*
Compartían los mismos ideales. Vivían en el mismo barrio. Fueron secuestradas el mismo día. Sobrevivieron a las torturas. Estuvieron conectadas hasta el final.
Liliana Tognetti, Graciela Leda y Silvia Schvartzman pueden ser tranquilamente la misma persona. En sus juventudes no sólo se conocían porque las tres vivían en distintos domicilios ubicados en calle Videla Correas de Guaymallén, entre el 200 y el 400, sino que militaban en la Juventud Guevarista.
Esto último fue lo que terminó convirtiéndolas en víctimas del Operativo Mayo de 1976. Fue el 13 de ese mes, en distintas horas del día, cuando personal policial armado y de civil las secuestraron.
Primero fue Liliana. Graciela observó cómo cuatro sujetos la subían a un auto, sin saber que pocas horas después correría la misma suerte.
Privadas de su libertad, todas vivieron la misma pesadilla. Fueron trasladadas al D2, condenadas por el Consejo de Guerra, alojadas en el penal de Boulogne Sur Mer y fueron trasladas a Villa Devoto hasta recuperar sus libertad, cuando el gobierno de facto agonizaba.
En el centro clandestino, como muchos otros, vivieron lo peor. Graciela, por ejemplo, recordaría cada día su antigua operación de apendicitis. La picana eléctrica, que le aplicaban mientras estaba desnuda, le abrió los tejidos abdominales sobre esa vieja cicatriz y tuvo que ser internada más de una vez. Algunos días el dolor no la dejaba caminar.
En otra ocasión recibió un golpe de puño tan fuerte que terminó con las costillas fracturadas. Hasta la amenazaron con introducirle un elemento en la vagina que anularía para siempre sus chances de ser mamá. Las vueltas de la vida la recompensarían con dos hijas varios años después.
Silvia también fue torturada y picaneada. Las sesiones serían tan gráficas que décadas después recordaría detalles escabrosos, como que las paredes tenían manchas de sangre y cabellos pegados.
Los años en libertad y la vuelta de la democracia las reencontraron sentadas en una sala frente a un gran ventanal. Del otro lado, con arrugas y canas, los genocidas y la Justicia señalándolos.
Lograron sobrevivir a la pesadilla. Tal fue el vínculo que ya en 2018, cuando a Graciela le diagnosticaron una enfermedad terminal, fueron aquellas vecinas de calle Videla Correas quienes terminaron cuidándola hasta sus últimos días.
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