Crónicas de la infamia: "Operativo Mayo de 1976" – Capítulo I

Por UNO

*El siguiente relato es extraído del expediente del noveno juicio por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura militar*

Uno tenía 22 años recién cumplidos, era joven y estudiaba para ser periodista. Soñaba con un futuro donde pudiera hablar en un medio y de decir todo eso que ahora discutían a hurtadillas con sus compañeros de la Juventud Guevarista de Mendoza. Ideas que él mismo había traído tras un breve paso académico en La Plata.

El otro era distinto, pero parecido. Nunca militó activamente pero sí formó parte de esa organización que conformaban los jóvenes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Tenía 33 años, trabajaba en el Ministerio de Trabajo, vivía con su esposa y sus dos hijos.

Las tareas de inteligencia “contrasubversivas” avanzaban en la provincia y el más joven de ellos lo sabía. Por eso, Jorge Daniel Moyano le pidió a su amigo Víctor Manuel Sabattini si podía vivir en su casa.

Manuel habló con su esposa. Nélida Lucía Allegrini era docente. No puso objeciones. Hicieron un lugar en una habitación de la casa ubicada en el barrio Santa Ana de Guaymallén y allí se instaló durante un tiempo Moyano. Seguramente, sin saber que aquella propiedad de calle Chile iba a ser el último hogar que conocería.

El ruido llamó la atención de los vecinos. Era la 1.30 del 12 de mayo de 1976. Una frenada de un vehículo, ruidos de borcegos y una puerta que se abría. “Somos de la Policía”, dijo uno de los ocho. Sin más preámbulos, ingresaron a la propiedad. Algunos uniformados. Otros de civil. Todos armados.

Moyano fue el primero en ser sacado. Vendas en los ojos y la boca contra el piso del pequeño auto. Luego fue el turno de su amigo. Primero recibió la orden de que se vista y después corrió la misma suerte. A su esposa le dijeron que se quede con los dos niños.

En el procedimiento no sólo se llevaron personas. “Una impresora que luego vi en la sede del Comando, un grabador, un tocadiscos, una guitarra profesional, una máquina de escribir, una máquina de coser, prendas de vestir”, recordaría décadas después Sabattini ante la Justicia.

El destino final sería el luego tristemente célebre Departamento de Informaciones 2 (D2). En el camino les anticiparon lo que vivirían durante los próximos días. El auto se detuvo y la boca de las armas de fuego apuntó contra sus cabezas. Pero más miedo les dio la otra boca, la que hablaba y decía: “Bueno loco, se les acabó la joda, se van a ir a jugar al truco con el Che y San Pedro”.

Llegaron al D2. Cada uno quedó alojado en una celda del segundo piso. Lo único distinto a las paredes que los rodeaban era un hueco en el suelo, de ahora en más, sus baños. Pero lo peor era cuando los venían a buscar para llevarlos al sótano. Picanas y submarinos. Incluso hasta los enfrentaron cara a cara para ver quién mentía.

La información militar indicaba que Moyano era activo miembro del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Al tercer día de detención, su amigo no volvió a encontrarlo nunca más. Los otros secuestrados lo veían mal físicamente hasta que un día no se quejó más.

Sabattini estuvo allí hasta el 8 de junio, cuando fue juzgado por el Consejo de Guerra. Le dieron 25 años de cárcel por una decena de delitos. Cuando esperaba la sentencia en su contra, no puedo evitar sonreír. Vio a su esposa nuevamente después de aquella madrugada de mayo.

Ella también fue detenida el mismo día del operativo, pero en horas de la tarde. También estuvo en el D2 y sufrió torturas. Además de los golpes en los pechos y la vagina, un día la ingresaron a un ascensor y le dijeron que se trataba de una cámara de gas, al mejor estilo nazi. “¿Por qué no tenés un crucifijo en tu casa?”, fue alguna de las tantas preguntas que escuchó de los torturadores. También fue condenada por el Consejo de Guerra, aunque a una pena de 3 años y medio.

Se volvieron a ver las caras cuando fueron trasladados a la cárcel de Boulogne Sur Mer. Cinco meses después, Sabattini fue derivado a un penal en La Plata y allí estuvo hasta abril de 1984, cuando recuperó su libertad. Allegrini tuvo como destino Villa Devoto. Encarcelada injustamente recibió la noticia de la muerte de uno de sus hijos. El 9 de septiembre de 1979 quedó libre, aunque nunca dejó de ser perseguida durante el resto del gobierno de facto. “Nos están vigilando”, le dijo un hombre meses después mientras trabajaba en un café.