*El siguiente relato es extraído del expediente del noveno juicio por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura militar*
Vivían a escasos metros. Más que un hola y chau, no habían cruzado palabras. Claro, la diferencia era evidente: él policía y ella militante de partidos de izquierda en plena época de persecución.
La mujer vivía en una casa ubicada en calle Barraquero al 762, en Godoy Cruz. Allí también estaban su hermano, su madre y su abuelo. Todos juntos se sorprendieron aquella noche que llegaron luego de pasear y se encontraron con huellas. El camino era claro: desde el garaje hasta la casa de su vecino policía.
Otra noche, cerca de las 2, la madre de Vivi, tal como le decían sus amigos, despertó y vio al hombre espiando desde una ventana. Señales que vaticinaban lo que iba a pasar semanas después.
Era mediados de mayo de 1976. Días donde los secuestros fueron moneda corriente y los aggionaron con el nombre de "Operativo Mayo de 1976". Un día antes, Jorge Daniel Moyano, uno de los amigos de Virginia, también fue secuestrado para luego nunca más aparecer.
La madrugada del 13 de ese mes fue el turno de la mujer. No sólo las tareas de espionaje de su vecino policía anticipaban al situación, sino su propio estilo de vida: estudiante de periodismo y militante en la Juventud Guevarista. Pecados mortales para la lógica represora.
Veinte hombres de civil escalaron los techos de la propiedad e ingresaron. Tenían pelucas. Todos los moradores con la boca al suelo y los fusiles apuntando a sus cabezas. Vivi fue interrogada en el mismo lugar. Le preguntaban dónde tenía las armas de fuego y dónde estaba su compañera de estudios, Vilma Rúpolo.
Nadie podía suponer que décadas después esta última sería una referente de la cultura mendocina. Nadie podía suponer que décadas después algunos de esos hombres serían juzgados como genocidas. Nadie podría suponer que esa sería la última vez que Virginia Suárez tendría contacto con su familia.
Su madre intentó por todos lados. Múltiples hábeas corpus fueron cajoneados. Lo último que se enteró fue ver el nombre de su hija en una lista de 80 detenidos que daba vueltas por el Comando de la VIII Brigada de Infantería de Montaña.
En octubre siguiente, otra mujer detenida la vio. Desabrigada, demacrada, según pudo describir. Ahora, Virginia Adela Suárez, el nombre de esta joven de 24 años docente de una escuela de Gutiérrez se unió a los otros desaparecidos -entre ellos, seis de sus compañeros de estudio- y se transformaron en sinónimo de lucha.


