*El siguiente relato es extraído del expediente del noveno juicio por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura militar*
Era jueves. El día agonizaba y varios jóvenes se habían juntado en el bar Bull & Bush, ubicado en San Martín y Vicente Zapata, uno de los más populares en los albores de 1976. Allí, con sus 18 años, estaba Vivian Acquaviva.
El reloj casi marcaba las 23 y la joven vio cómo tres civiles armados se llevaban a Keno, su amigo. "Cagué", le dijo al pasar. Inmediatamente le pidió ayuda a otro amigo para perseguir el auto. Se subieron a un Fiat 125 y llegaron casi hasta el Palacio Policial, el epicentro de las detenciones y torturas conocido como D2.
El conductor se arrepintió y dejó a Vivian a unas cuadras. Pero minutos después fue interceptado por personal policial, aunque vestido de civil, y le quitaron el vehículo. Las mismas personas y el mismo auto llegaron minutos después hasta la casa de Vivian, en Luzuriaga.
Allí se encontraron con la joven y sus padres. Pero el objetivo era otro. "¿Dónde está el paquete? Tu hermano pertenece al ERP", dijeron. Se referían a Rául Acquaviva, un empleado público de 22 años, estudiante en Ingeniería en Petróleo y militante de la Juventud Guevarista.
Los secuestradores mantuvieron a la familia cautiva hasta las primeras horas de la madrugada, cuando Raúl llegó a su casa y perdió su libertad. Nunca se imaginó lo que vendría después. Historia cíclica: torturas, golpes, picanas eléctricas y condena por parte de un Consejo de Guerra.
Volvió a ser libre en 1983, tras deambular por varias penitenciarias en todo el país. Murió en mayo de 2018, pero no sin antes dejar su huella. El Puntano, el Caballo Loco, el Porteño fueron algunos de los apodos que recordó y ayudaron a identificar a sus torturadores décadas después.
Vivian corrió una suerte similar meses después de la detención de su hermano. Fue vigilada. Iba al colegio y allí estaban. Subía al colectivo y allí estaban. Hasta octubre de 1976, cuando la detuvieron y la llevaron a Campo Las Lajas. Fue la última en ver con vida a Vivi. Estaba desnuda y la habían violado. Luego dejaron libre a Vivian, grave error. También fue una testigo fundamental de las atrocidades que se juzgaron ya en democracia.
Pero Vivian y Raúl no fueron los únicos que tenían en la mira de ese clan familiar. Ese mismo 13 de mayo de 1976, su primo Carlos Alberto Roca (22) escuchó ruidos en la puerta de su casa. Militaba para el Frente Imperialista por el Socialismo y sabía que eso era excusa suficiente para lo peor.
Carlos escapó por los techos y se refugió en la casa de un tío. Pero otro familiar, de formación militar, le recomendó que se entregara. Consejo que nunca debió escuchar. Al día siguiente quedó detenido en el D2. Lo picanearon al menos cuatro veces. Las torturas duraban hasta 45 minutos. Un médico constataba que sufriera, pero que no muriera.
Los tres sobrevivieron. Los tres recordaron.
Los tres fueron testigos Ninguno olvidó.
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