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Crisis educativa

Escuelas y adolescentes en tensión: qué ven y qué les preocupa a docentes y familias

Historias reales muestran un escenario atravesado por la desconexión, las redes, adultos sin tiempo y sin herramientas y chicos desbordados

Los adultos que pasan tiempo con los chicos, coinciden en una sensación difícil de ordenar: los adolescentes están más solos, sus vínculos son más frágiles y el sistema -familias y escuelas- intenta sostenerse en medio de una realidad económica, social y emocional que desborda. Sin respuestas únicas ni explicaciones cerradas, los testimonios intentan trazar un mapa de preocupaciones que se repiten.

Diario UNO consultó con profesores, madres y padres para que contaran en primera persona lo que ven que les pasa a los adolescentes y sus propios miedos y frustraciones para tratar de comunicarse con ellos y enseñarles.

La soledad y la desconexión de los adolescentes: un punto en común

“Los chicos están más solos, literalmente solos y emocionalmente solos”.

Gonzalo, profesor con 25 años de experiencia y padre de adolescentes, resume así una idea que atraviesa distintos relatos.

No se trata solo de ausencia, sino de una dificultad para conectar. “Los adolescentes tienden a cerrarse y los adultos no encontramos las herramientas para hablar con ellos, para que te cuenten cosas. Ese ida y vuelta se tiene que construir y lleva tiempo”, explica.

Ese tiempo, dicen varios, no siempre está disponible. “Hoy la prioridad en el hogar es traer plata a la casa”, plantea Marcelo, docente en distintas escuelas secundarias. “Los padres salen a trabajar con problemas y vuelven con problemas. Y en el medio se pierde esa conexión con los hijos”.

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Adolescentes cada vez más solos: una realidad que perciben padres, madres y docentes.

En esa misma línea, Carla, mamá de adolescentes, marca una paradoja: “Los veo muy solos, a pesar de que están rodeados de gente, de likes”. Para ella, hay “mucho dolor y mucho abandono, a veces sin querer”, en un contexto donde los adultos están absorbidos por el trabajo y los chicos pasan gran parte del tiempo a la deriva.

La situación se vuelve más visible en algunos contextos. Elizabeth, profesora en escuelas de distintos sectores, describe realidades diferentes pero con un punto en común. En establecimientos más vulnerables, cuenta, hay chicos que “se crían solos” y con escasa conexión con sus familias. En otros, con mayor acompañamiento, el problema aparece por otro lado: “viven conectados al celular”.

La desconexión también se cuela en la vida cotidiana. “Desaparecen los momentos de almuerzo o cena para hablar”, señala Gonzalo. Y suma otro factor: familias ensambladas y rutinas fragmentadas, donde los chicos “van de un lado para el otro” y muchas veces quedan en el medio de conflictos entre adultos.

Desde la mirada docente, ese vacío impacta en la escuela. “El chico se termina educando en la calle o entre pares”, plantea Marcelo, donde circulan códigos y formas de vincularse que muchas veces escalan en violencia.

Sin embargo, los testimonios no apuntan a culpables. Maru, madre de adolescentes, lo resume en una frase: “La adolescencia es una etapa compleja y no hay un manual. Uno va haciendo lo que puede”.

Adultos sin tiempo ni dinero tratando de conectar con chicos en su mundo

En los relatos aparece otra capa: el desborde.

“El aspecto económico no se puede dejar de lado”, dice Gonzalo. “Muchos padres no tienen tiempo para dedicarle a sus hijos porque están concentrados en llegar a fin de mes”. Marcelo lo plantea en términos similares: “La prioridad es traer plata a la casa”.

Ese contexto atraviesa la crianza. No como excusa, sino como parte del escenario. “La gente llega cansada, filtrada. ¿Qué ganas va a tener de poner orden en la casa?”, se pregunta Carla, que igual aclara: “No es una excusa, pero es una realidad”.

padres ocupados

Querer estar y tener tiempo y espacio para hacerlo no siempre son situaciones coincidentes en los padres de adolescentes.

También aparecen tensiones en el rol adulto. “Hay adultos que no quieren ejercer como tales, porque implica resignar tiempo personal”, observa Gonzalo.

Las contradicciones se vuelven visibles, sobre todo en el vínculo con las pantallas. Elizabeth intenta limitar el uso del celular en su casa, pero reconoce lo difícil que es sostenerlo. “Si se los quitás a ellos, también tenés que quitártelo vos”, dice.

Carla describe ese equilibrio inestable: acercarse -compartir música, series- y al mismo tiempo poner límites. “Hay que estar más cerca de los adolescentes, aunque a veces te pateen”, resume.

En ese marco, Maru suma otra mirada: “Confío en el vínculo porque paso tiempo con ellos, pero igual no hay un manual. Vas resolviendo a medida que aparecen los temas”.

La escuela como sostén tiene un límite

aulas vacias

La escuela como sostén no puede abarcarlo todo: las familias tienen que integrarse a la comunidad escolar.

En medio de ese escenario, la escuela aparece como un espacio clave. A veces, incluso, como uno de los pocos lugares donde los chicos encuentran escucha.

“En la escuela tienen un tiempo y un espacio donde son protagonistas. Muchas veces confían más en un docente que en su familia”, señala Gonzalo.

Ese vínculo se construye en lo cotidiano. Algunos docentes destinan parte de la clase a hablar de lo que les preocupa a los adolescentes. Y hay figuras que resultan centrales. “El preceptor sabe todo lo que les pasa a los chicos, es un sostén”, agrega.

Raquel, preceptora y madre, lo confirma: “Hay padres muy atentos, pero también otros que no se involucran”. En ese contexto, la escuela intenta sostener un trabajo conjunto. “Se les pide que hablen con sus hijos, que reflexionen y que bajen la ansiedad ante la difusión de mensajes”, explica.

También advierte sobre el uso de redes: “Saben lo que hacen, pero no dimensionan el daño ni el alcance”.

Sin embargo, ese rol de contención tiene límites. “Los gabinetes psicopedagógicos han crecido, pero no dan abasto”, señala Gonzalo. Y Marcelo suma: “La escuela además de enseñar ahora tiene que contener, mediar, evitar conflictos”.

Cómo enseñar en una realidad violenta que alcanza a los adolescentes

Maltrato. La violencia social se traslada a las aulas y es en uno de los temas que preocupa a la Dirección General de Escuelas.

Las aulas son el reflejo de la violencia que los chicos absorben en el mundo que los rodea y a través de las redes sociales.

En algunos relatos, la situación dentro del aula aparece con más crudeza.

“Hay una violencia muy grande”, describe Elizabeth. Cuenta escenas de agresiones entre adolescentes y un clima que, por momentos, vuelve difícil sostener la tarea docente. “No se pueden ordenar, no se pueden sentar, no se puede dar la materia”, resume.

Marcelo también habla de una escalada: “Si no es violencia, es amedrentamiento”.

Los conflictos, además, no terminan en la escuela. “El chico puede zafar del bullying en el aula, pero cuando llega a su casa abre el celular y sigue ahí”, explica.

Elizabeth, que trabaja en contextos distintos, marca diferencias. En escuelas más vulnerables, aparecen problemáticas sociales más profundas. En otras, el foco está en la hiperconectividad y la dificultad para despegarse del celular. Dos escenarios distintos, con tensiones propias.

Las redes sociales reflejan y agigantan los conflictos de los chicos

Las pantallas atraviesan todos los relatos.

“Viven conectados al celular”, dice Elizabeth. Y marca que el cambio fue rápido.

Para Carla, el impacto está en la forma de vincularse. “No hay contacto humano. Todo pasa por el like, por la aprobación”, señala.

niños con celulares y redes sociales

Una imagen más que común: gran parte del mundo y las relaciones de los adolescentes pasan por las redes sociales, un espacio al que los adultos raramente acceden.

Raquel lo plantea desde otra perspectiva: “No miden las consecuencias de lo que reenvían”.

Marcelo suma otro punto: el conflicto no termina en el aula. Se traslada y se amplifica en redes, donde aparecen el bullying, el hostigamiento y nuevas formas de violencia.

Mientras tanto, los adultos intentan acompañar, regular o entender ese mundo. “Es como ir contra la corriente”, sintetiza Elizabeth.

La crianza no tiene manual: se trata de acompañar

Sin recetas ni soluciones cerradas, los testimonios también muestran intentos de acompañar, sin demasiadas herramientas,a los adolescentes.

Algunos buscan acercarse desde lo cotidiano: compartir intereses, escuchar, estar. Otros ponen el foco en los límites, en la presencia, en marcar reglas.

También aparece la idea de comunidad. “Hay que apoyarse en la escuela y participar”, plantea Maru. “Los chicos pasan gran parte de su vida ahí y ese vínculo es clave”.

Desde el lado docente, se repite la búsqueda de generar espacios de escucha, incluso cuando el contexto es difícil.

En todos los casos, hay algo que atraviesa los relatos: la sensación de que no hay respuestas simples. Que se trata, más bien, de acompañar en un escenario que cambia rápido y que, muchas veces, resulta difícil de leer.

“Uno hace lo que puede, para mi lo importante es estar, acompañar”, dice Maru. Y en esa frase, se condensa una experiencia que no es individual, sino compartida.

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