A veces parece que, cuando a un chico se le saca el celular, se le termina el mundo. Pero quizás pasa algo mucho más interesante: empieza a aparecer otro mundo.
El mundo de la mirada, de la palabra, del recreo, del juego, del compañero que está al lado. Ese mundo que no necesita batería, ni señal, ni notificaciones, pero que sigue siendo fundamental para crecer.
Desde esta semana comenzamos a implementar en nuestras aulas el guardado de celulares durante la jornada escolar. No lo pensamos como una prohibición fría ni como una medida contra los chicos. Al contrario: lo pensamos como una forma de cuidar mejor el ambiente escolar.
Winnicott sostenía que para crecer hace falta un ambiente suficientemente bueno. La escuela también tiene que ofrecer eso: un espacio que sostenga, que ordene, que permita estar, aprender, jugar y encontrarse con otros.
En este sentido, el reciente documento Magnifica humanitas nos plantea que la escuela hoy se encuentra frente a retos impostergables y nos recuerda cuál es su rol central: “La escuela es el lugar donde las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse el sentido de la vida y la dignidad de cada persona” (MH, 143).
Para que las familias encuentren en la escuela esa aliada valiosa en la que depositan grandes esperanzas, es necesario recrear las condiciones que hagan posible este aprendizaje profundo.
Y para que eso ocurra, hoy más que nunca, hace falta atención, presencia y disponibilidad interior.
Vivimos en una época donde todo compite por nuestra atención. El flujo permanente de estímulos muchas veces reemplaza el silencio, la reflexión y el encuentro verdadero. Por eso, el texto advierte sobre un fuerte desafío intelectual y sapiencial: el riesgo de un sistema educativo donde el flujo incesante de información sustituya al ejercicio de la investigación y el discernimiento, generando una deshumanización donde las personas “saben muchas cosas” pero tienen dificultades para dar un sentido a su vida. Frente a esto, se nos invita a promover una verdadera “higiene de la atención: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado; sin estos elementos, la libertad interior puede verse comprometida” (MH, 146).
No se trata de negar la tecnología ni de demonizarla. Nuestros chicos van a vivir en un mundo digital y necesitamos ayudarlos, como pide el documento, a no sufrir pasivamente su influencia, sino a hacer un uso responsable, crítico y creativo de ella. Pero también necesitamos enseñarles que la prisa del algoritmo no puede regular la vida escolar. Como concluye bellamente Magnifica humanitas, “la escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que lo digital por sí solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables” (MH, 147).
Lo más lindo empezó a verse rápidamente en los recreos. El patio volvió a llenarse de movimiento: fútbol, básquet, vóley, risas, grupos, charlas, corridas y juego. Lo que antes muchas veces quedaba atrapado en una pantalla, ahora circula en el cuerpo, en la palabra y en el encuentro.
Porque un chico también necesita aburrirse un poco, inventar, frustrarse, resolver, mirar a otros a los ojos y descubrir que la vida real sigue ocurriendo ahí.
En definitiva, a través de esta alianza renovada entre la escuela y las familias, buscamos recuperar algo simple y profundamente educativo: que la escuela vuelva a ser un lugar donde el mundo aparezca. Y donde nuestros alumnos descubran que la vida compartida, con sus vínculos, sus desafíos y sus alegrías reales, sigue siendo infinitamente más rica que cualquier pantalla.
- Fernando Bertonati es psicólogo y profesor de Filosofía, con estudios superiores en Teología. Además, es apoderado legal de los colegios del Arzobispado de Mendoza.






