¿No será mucho? Completo el interrogante. ¿No será mucho que las nuevas tecnologías nos condenen a poner y/o actualizar claves y contraseñas en el celular a cada rato hasta para comprar un café en vasito descartable?
La tarde en que vencí al monstruo (por un ratito)
Las nuevas tecnologías nos facilitan la vida ¿o nos la complican hasta dejarnos exhaustos?
Creo que tocamos fondo a manos de las nuevas tecnologías. Somos algo así como víctimas del abuso perpetrado por esos desarrolladores que imponen periódicas validaciones de nuestras cuentas. ¿Y así quieren que dejemos el celular al margen al menos por un rato? Ah, no quieren. Es cierto.
Banco lo de las billeteras electrónicas. OK. Nos facilitan la vida y hasta podemos pagar el alquiler o el resumen de la tarjeta desde el sillón de casa o durante una caminata, sin tocar un billete, pero siempre y cuando tengamos señal.
Merecen mis respetos y agradecimiento esos bots que contestan sobre lo que necesitamos resolver, como la contratación de un servicio. Sin embargo, ALERTA cuando tratás de renunciar a una prestación previamente contratada desde el celular o la web.
Introduzca su dirección de correo electrónico y le enviaremos un código para validar su aplicación, leo en el celular mientras estoy de pie frente a la bendita máquina expendedora de café.
La notificación de que el mail ha llegado a mi casilla me alivia.
Sólo quiero un café, pienso mientras me acomodo los anteojos.
Abro el mail y descubro los dígitos que debo pulsar en la pantalla del celular. Es decir, debo salir de la casilla de mail y entrar a la app de la cafetería. Cumplo y quedo en condiciones de pagar. Aún me queda crédito para tres cafés y medio.
Apunto el código QR, me dispongo a pagar los $800 pero... una leyenda en letras rojas destella en el visor de la máquina: Fuera de servicio.
- ¿Todo bien? -me pregunta un amigo ansioso por desayunar.
- Todo mal: comprar un café es más jodido que comprar una casa.
El mate me salva el comienzo del día. Moraleja: mañana traeré el café desde casa.
Retumba otra notificación en el celular. La factura del gas vencerá en 9 días, me advierte la compañía distribuidora del fluido. Y seguirá haciéndolo cada día. Sin embargo, cuando efectivamente venza el plazo de pago, seguramente lo habré olvidado.
Otro estruendo tecno me sacude. Abro la pantalla.
Te escribo al privado, me avisa, desde el grupo denominado Locos por la Filatelia, uno de los socios fundadores. ¿Y por qué no me escribió directamente al privado?
Al borde del agotamiento, recuerdo que el Madrid juega dentro de 5 minutos.
Enciendo la tevé smart que me ofrece más de veinte casilleros, cada uno correspondiente a una aplicación. Cuatro minutos faltan para que Vinicius toque para Mbappé y la pelota empiece a rodar en el Bernabeú.
Al fin encuentro la app de mi sistema de tevé. A esas alturas, el Madrid ya empezó a jugar contra el Arsenal de Juani Guillem. Si quería relajarme, me equivoqué: la pantalla me muestra un código QR para validar la aplicación y -con suerte a favor- ver de una vez por todas al bendito Real Madrid. De yapa, me exhibe cinco dígitos: el pasaporte al partido del Madrid.
Busco el celular, activo la función de detectar códigos QR y tecleo las tres letras y los dos números aleatorios con el cuidado de quien desarma una bomba a punto de estallar.
Has activado con éxito la aplicación, me avisa el celular.
La felicidad nunca es completa: el Madrid pierde 2 a 0 y yo me perdí 15 minutos del partido.
A los 23 minutos, el turco Arda tira el centro para Mbappé y... la imagen se congela y se detiene y el francés queda suspendido en el aire. Se tildó la app.
Tomo el control remoto, reactivo la señal y un circulito naranja gira como en un sinfín.
Me rindo. Seguiré las alternativas del partido por Google. Al instante.
Mala nueva: tercer gol del equipo inglés. Fin del primer tiempo.
Muere, monstruo, muere
La batería del celular indica 3% de batería. Se apagará de un momento a otro. Lo miro fijo, como quien mira a un adversario derrotado.
La batería muere y el celular queda en negro.
Muere, monstruo, muere, pienso valiéndome del título de la película del tunuyanino Alejandro Fadel.
Sonrío de costado.
Siento que le he ganado al monstruo. Al menos por un ratito.




