Facundo García lleva "Era esto o poner bombas" a la la Feria del Libro de Buenos Aires. Es la segunda obra del periodista de Diario UNO. Una recopilación de crónicas que empujan hacia lugares totalmente disímiles e increíbles: desde urbes y desiertos del África hasta poder penetrar en la mismísima biblioteca de Stalin, vivir un piquete en el corazón inca del Perú, conocer los días previos al doble homicidio que ejecutó Nicolás Gil Pereg en Mendoza, o bien trajinar una tarde de verano en el interior de un traje de Shrek, sólo para conocer cómo es la vida adentro de esa piel. Disertará este lunes a las 17, en el stand de Mendoza en el predio de La Rural.
El periodista de UNO Facundo García presenta "Era esto o poner bombas" en la Feria del Libro de Buenos Aires
El título refiere, y bien lo cuenta él en las páginas iniciales, a alguien que está a punto de sucumbir ante el asedio de dolor y tristeza que vivimos los argentinos en el 2001. García estuvo entre la espada y la pared. Entre caer frente la ira y generar aún más terror en un país que se desmoronaba, o expiar toda esa bronca a través de su talento. Como entre la espada y la pared, uno siempre puede elegir la espada, lo hizo: se volvió periodista, se echó a andar por la vida y recopiló algunos de sus mejores trabajos en este libro, que ahora vuelve a ver la luz.
Vuelve a verla porque "Era esto o poner bombas" fue publicado en plena pandemia, a finales de 2020. Y por eso el autor no pudo presentarlo en carne y hueso, frente a sus lectores y a la gente que quería escucharlo. Posibilidad que ahora sí va a tener: contar cómo se fundieron el periodismo, las aventuras y la literatura bajo una mirada y una pluma absolutamente especiales. ¿Y cómo fue? "Cuando se publicó mi primer libro, 'Preguntas de los Elefantes, hizo algo de ruido. Entonces me llamó Alejandro Frías, que estaba abriendo Ediciones del Retortuño y me preguntó qué más tenía. Y bueno, lo más redondito que tenía era este trabajo, mis notas entre 2005 y 2020".
Y adentro de esas notas se puede viajar. Se está sentado en un camilla, esperando junto a una pequeña del África a quien le están por mutilar los genitales -siguiendo un guion ancestral de su tribu-; o bien lejos de ahí, en la pista de una histórica bailanta mendocina, porque al autor se le ocurrió retratar a sus personajes. O en la Bristol de Mar Del Plata, oyendo historias de ahogados y de "clavados" al agua que terminaron siendo mortales.
Así, mucho más. Buena parte de su recorrido y de cómo vive García a la profesión está encerrado en "Era esto o poner bombas". Historias a las que en cuestión de horas volverá a ofrecer. Algunas son casi nuevas y otras son de sus primeros pasos en el periodismo. De hecho, permiten trazar cómo fue evolucionando como escritor. Aunque los textos son tan contundentes, incluso los de hace veinte años, que uno acaba preguntándose si esa prosa fulminante no lo perseguirá desde el mismísimo día de su nacimiento.
►TE PUEDE INTERESAR: Araújo Gámir expone en su premiada novela el "después" de un trauma ocasionado por una violación sexual
Crónicas, reportajes y aventuras por el mundo entero
- ¿Era esto o poner bombas?
- Absolutamente. Terminé el libro y no tenía título. Y siempre me pasa, con los libros y con los prólogos, que termino de escribirlos a las dos y media de la mañana, más o menos. Generalmente con una birra al lado. Y ahí me vino la idea de que, efectivamente, era esto o poner bombas. Yo creo que está relacionado con esta etapa que estamos viviendo, también. Donde todo el mundo quiere dinamitar todo, volar todo. Yo también sentí eso en algún momento; pero te das cuenta de que, como decía Laiseca, la vida es una lucha cósmica entre el Príncipe de las Tinieblas, que quiere destruir todo, y las fuerzas creativas. Entonces era esto (escribir, hacer, pensar, tratar de pensar, desarrollar sensibilidades) o romper todo. En esa bifurcación se posiciona el libro: también está pensando en un lector que sienta eso, ¿no?: ¿Qué hago? ¿Me pegó un corchazo? ¿Meto una bomba en el Banco Central y exploto todo, o qué?
- ¿De verdad está pensado para ese lector, específicamente?
- Sí, de verdad. De hecho no sé si lo conté, pero en el prólogo empiezo diciendo que mi vida era horrible; estaba en un momento horroroso y es ahí cuando te van salvando cosas concretas: o conectas con una caricia que te hicieron de chico, o algo, lo que sea, te va salvando.
- Un momento de humanidad.
- Claro. Mirá, te pongo un ejemplo tonto: una vuelta en que estaba realmente mal en Buenos Aires, me fui a comprar una hamburguesa, que en esa época salían un peso cada una. Debo haber tenido unas ojeras zarpadas, porque comía muy salteado en esa época. Entro al McDonald's, pido, y el chabón que atendía me miró la cara, me semblanteó, digamos, y sin decir nada me dio tres hamburguesas en vez de una. Mientras me las daba me susurró "atención de la casa". Cuando nos miramos, nos entendimos. ¿Viste esas cosas chiquititas? Eso me fue salvando. Los budistas dicen algo que me encanta: "Donde hay humanos, hay budas y moscas". O sea, donde hay un ser humano, va a haber tiniebla y va a haber luz. Todos los días nos levantamos con la opción de poner bombas o de hacer otra cosa. Y entonces, cada día que no pusiste una bomba, es una victoria.
- ¿Y cuál era el título provisorio del libro? Viste que algunos autores trabajan con ideas alternativas mientras van creando.
- No, no tenía. No sé… no tenía otro título. No sabía qué decir; no sabía cómo englobar todo el laburo, que era viajar por Perú o contar sobre los bichitos que viven adentro de los libros. La única forma era darse cuenta de que lo que lo unificaba era un punto de vista: un cristal a través del cual, quien escribe mira el mundo. No sé, cuando escribí Preguntas de los Elefantes, el provisorio era “Gastasuelas”, por ejemplo. Y tuve otros similares. En este caso fue más claro: me llegó el nombre como si fuera un llamado desde otro lado, que me decía “bueno, era esto o poner una bomba”. Y ahí quedó. Me parece que hay algo que el título busca, y que no me da vergüenza, que es tener potencia en el lenguaje. Es re importante rescatar eso: que el lenguaje te produzca algo. Hay escritores muy cosmopolitas que tienen pudor de algunos efectos en la escritura; por ejemplo, les molestan los finales sorpresivos, o intentan que haya displicencia en la escritura. Yo creo que eso es un lujo de los que viven en la metrópoli. Como decía Fontanarrosa: si me compras el libro, yo voy a comprar mi cena y mi almuerzo, entonces necesito un cross en la mandíbula para que te enganches y no puedas dejar de leer. No tengo ningún pudor de eso: mientras no vendas el alma, no me da pudor comprar ni vender. Y una cosa más, ya que hablamos de toda esa cocina, y de todo ese momento de construcción del libro, quiero rescatar a Alejandro Frías, que fue el editor, y a su vez a mi novia, Agustina (NdR: la periodista Agustina Fiadino), que fue mi editora más increíble. Gran lectora.
►TE PUEDE INTERESAR: Luis Liberti repasa los claroscuros y los débitos de la Iglesia durante los años más violentos del país
De paseo por la sabana y el Universo Pereg
-¿Por qué hay historias del África en este libro? ¿Quedaron afuera del primero, que era sobre aquellos viajes, o son inspiraciones posteriores?
- Bueno, la composición de los libros se parece a la composición de un disco. Vos tenés los tracks (que ahora se olvidó eso, porque ya pocos escuchan discos enteros) y tiene que haber una sensación orgánica. Lo que me pasó con “Preguntas…” es que yo tenía todos los tracks, pero había algunos que no me pareció que tuvieran que ver con ese disco. Tenían otro sonido, otra sonoridad, otro punto de vista. Una de las notas, que se llama “Viaje por tiempo indeterminado” era la parte más oscura del libro. Porque me encontré con que en un momento empecé a enojarme mucho con la que estaba en África. Porque me engañaban, me estafaban. Te vendían… no sé, un triple, por ejemplo, y estaba fallado o no servía. Y en un momento te cansas. Cotidianamente me querían cagar. Eso, en el contexto de “Preguntas de los Elefantes” quedaba raro, porque no es que fue una situación permanente del viaje. Pero sí fue algo que me pasó. Como te digo, un momento de oscuridad. Ese pedacito de África, que es como una coda del otro libro, es igual de honesto, porque habla de cosas que realmente sentí y que sigo sintiendo sobre la experiencia africana. Me gusta eso: hay como un “Preguntas” escondido dentro de este libro.
- Hay una serie de crónicas sobre Gil Pereg en el libro. Por lo espeluznante del caso, se hacía muy interesante contar esa historia. Estuviste ahí: en el cementerio, en la casa. ¿Qué fue lo que más te llamó la atención? ¿Cuál fue el shock más grande al entrar en esa atmósfera?
- Lo que pasó con Gil Pereg fue muy llamativo. Yo estaba en la playa cuando ocurre el asesinato y veo la noticia en los diarios: “Doble asesinato en Mendoza”. Y cuando lo leí, sentí que iba a escribir sobre eso. Como algo que sabés que te va a caer en algún momento. Y pasaron 6 meses y me encargan una crónica sobre el tema. Fue muy loco: yo sabía que, por algo, iba a conectar con ese caso, y lo que sí me pasó que me enseñó mucho. A veces, una historia, por haber sido contada mucho, no necesariamente ha sido contada de forma definitiva. No digo que la mía sea definitiva, ojo, pero en este mundo de diarios digitales, donde siempre hay noticias, había 20 mil de Pereg. Y sin embargo, nadie había ido, como hice después, un mes entero a hablar con el de la esquina, a mirar a los perros, a hablar con el quiosquero, con el del cementerio, y todo eso.
- Religiosamente.
- Exacto. Y la lección que yo saco de ahí es que no importa cuántas veces haya sido contada una historia: lo que tenemos que pensar es si se puede mirar desde otro lado, y eso es lo que traté de hacer. Y voy a decir algo que de ninguna manera quiere exculparlo, porque además está condenado. Pero lo que me dejó todo su caso es la certeza de que no hay crímenes individuales, sino que se producen adentro de una red. Acá, lo que me decían los vecinos es que lo habían escuchado aullar durante años en la madrugada. Aullar o llorar. Y yo hice una pregunta a una vecina: le digo “¿y nunca fuiste a preguntarle qué le pasaba?”. Me dijo que no y se le saltaron las lágrimas. Claro, en realidad, lo que estaba viendo era que la locura es general. Tenemos un barrio populoso de Mendoza donde una persona estuvo llorando durante muchas madrugadas a los gritos y nadie le tocó la puerta para ver qué pasaba. Esto, insisto, sin exculparlo, pero eso fue lo que sentí: que la locura no se termina al juzgarla individualmente. Es tranquilizador que haya un juicio; tranquiliza la conciencia, pero la verdad jurídica no es la única verdad.. Hay otras. Y entonces uno tiene que ser capaz de armar esa verdad compleja, incluyendo otras verdades no sólo jurídicas, sino la social, la emocional, todo eso. Es lo que sentí cuando llego a cubrirlo. Tarde, encima, porque vos sabes que en este mundo se habla mucho de ver quién tiene la primicia, y sin embargo, creo que lo que importa no es solo haber llegado primero, sino haber llegado con la disposición subjetiva de captar cosas. Eso fue lo que traté de hacer :a veces me paraba en la esquina sólo a escuchar. Abría las manos como si fuera una antena, a ver qué me pasaba con ese lugar. Y bueno, eso me fue cargando de cierta energía para poder contar la historia. Re pretencioso todo lo que digo, pero bueno, yo en verdad trato de ir más allá. Después lo que salga como resultado es otra cosa. Pero en serio, intento que lo que escribo, cada nota, me atraviese el corazón.
- Esa historia es una demostración más de que en Mendoza ocurren historias increíbles. Algunas, a veces parece que están reservadas a las grandes ciudades, pero no es así. Acá de repente vino Cortázar a dar clases de literatura, por ejemplo. ¿Hay otro hecho fuerte de la historia local que te den ganas de narrarlo? ¿U otro personaje que te esté, digamos, burbujeando en las lapiceras?
- Sí. Para mí las provincias de Argentina tienen una deuda narrativa gigante. Primero, porque no nos leemos entre nosotros. Y nos tenemos que legitimar más, mucho más, entre nosotros. Acá pasa, ¿sabes qué? Como el juego de las sillas: como hay pocas sillas, nos peleamos un montón. Cuando lo que tendríamos que hacer es potenciarnos. En eso los porteños la tienen muy clara: se leen entre ellos, se recomiendan entre ellos, se citan entre ellos… Y en cuanto a los personajes, está lleno de gente impresionante. Está Roig, por ejemplo, (NdR: el pintor Fidel Roig Matons), que recorrió el secano lavallino pintando a los huarpes y dejó una historia alucinante; una historia que la podría filmar Isabel Coixet, por ejemplo, que es una directora catalana que hace eso: captura lugares que parecen olvidados en el mundo. Locche todavía está esperando la gran historia, a lo mejor. O la gran novela, ¿por qué no? Eso Tomás Eloy Martínez lo hace muy bien en La Novela de Perón, por ejemplo: se da cuenta de que en el universo argentino podés contar los hechos y está muy bien, pero si no tenés en cuenta la gravitación del mito, no estás entendiendo lo que pasó.
- O sea, contar más allá de la realidad material.
- Sí, es que sobre las dos cosas se puede hacer periodismo: sobre la realidad simbólica y sobre la realidad material. Argentina, para mí, es un mapa igual o más interesante desde lo simbólico que desde lo que consideramos “real”.
► TE PUEDE INTERESAR: La singular relación de Virginia Woolf y Victoria Ocampo, pioneras del feminismo en plena era victoriana
Zombies en Casa de Gobierno
- Algunos escritores sufren y gozan su tarea en partes iguales. O a veces sufren más: porque no les va gustando lo que producen, porque tienen que organizarlo y es muy largo, o lo que sea. ¿En vos cómo se reparte eso?
- (Piensa) A mí me ocupa el 50% de mi cabeza, todo el tiempo, todos los días, la sensación de que tendría que estar escribiendo. Ahora que estoy trabajando mucho más, me puse un chip para no pensar constantemente en eso, pero en mi estado natural, siento que tendría que estar escribiendo prácticamente siempre. Y es importante porque, para mí, la escritura es una herramienta para vivir atento; para que no te pase el día como si nada hubiera ocurrido. Para que las cosas logren mayor penetración sobre vos y vos sobre ellas. Y tiene que ver con la intensidad de vivir, para mí, la escritura. Es darle una intensidad, subirle el volumen, a las cosas de la existencia. Por eso: no es que me lleve esfuerzo escribir, sino más bien el sufrimiento de no poder hacerlo. Siento culpa. Y eso que yo no escribo mucho y tiendo a ser lento, pero me la paso pensando todo el tiempo en lo mismo. Pero bueno, uno no puede hacer nada contra eso: pasa en la vida en general.
- Lo que me lleva a preguntarte en qué material estás trabajando ahora.
- Te voy a ser honesto. Yo quería agarrar la política mendocina y trasladar ese paisaje, que lo laburamos cotidianamente, a un escenario catastrófico. De pronto hacer un ejercicio de género: como una historia de zombies tipo The Last of Us, pero con troskos, peronistas y radicales de Mendoza. Y contar cómo reaccionaría cada uno.
- Ja, ja, ja. ¿De verdad?
- ¡Pero sí! Bueno, es una idea que tengo.
- ¿Pero lo pensás con intenciones de publicar?
- Claro. Siempre hay que pensarlo así. Porque aparte soy tan lento que, si no lo encaro de esa manera, no publico. No hay que tener miedo: hay que leer autores vivos y no hay que tener tantos pudores. Si lo escribís y te gusta, publicá. Tampoco es que uno sale a exponer absolutamente todo lo que escribe, claro. Eso también está bueno, porque le da profundidad a lo que creas: la sensación de que, como pasa con los seres humanos, no mostramos todo todo lo que somos, sino que siempre hay algo detrás. Te pongo un ejemplo tonto: para “Preguntas de los Elefantes”, me leí “Los Siete Pilares de la Sabiduría”, de Lawrence de Arabia, que son como 800 páginas, sólo para hacer una nota al pie. Y cuando estábamos editando el libro con la Agus, me dice “che, esa nota al pie no va”. ¡Y la saqué! Y entonces a veces pienso que es muy loco, pero en algunas líneas del libro, igual seguramente estará esa profundidad.
- Entre las narraciones y caminos que sigue este libro, en un momento aparece Robin Wood, el genial historietista paraguayo. Está ascendiendo una montaña del Asia y va con su máquina de escribir, capturando historias para contarlas. ¿No hay como un guiño autobiográfico escondido ahí? Es lo que vos hacés.
- Ja. Si, lo de Robin Wood, sin dudas puede serlo. Lo que pasa es que sería autobiográfico avant la lettre, porque lo escribí mucho antes de viajar. Mi primer avión lo tomé a los 25 años. Aunque es cierto que había recorrido mucho el país con mis abuelos, que eran camioneros, transportistas. Pero sí, cuando lo entrevisté y me contó eso me di cuenta de que era lo que quería hacer: quería estar en esa intersección entre la vida y las aventuras.
- Y hablando de viajar. Danos un momento en el recuerdes que conectaste realmente con el lugar en el que estabas y en el que sentiste especialmente que podías transformarlo en literatura.
- (Piensa) Si tuviera que elegir un momento, creo que fue una tarde frente al Nilo. Estaba en el sur de Egipto, ya bastante mimetizado con el mundo del norte de África, y me voy a un balcón que daba al río, donde había cocodrilos chiquititos y barcos atravesando ese cauce milenario. Y me pongo a escribir, y tenía una radio vieja. La enciendo y empieza a sonar La Cumparsita. ¡Ahí, en el medio de Egipto y frente al Nilo! Y en ese momento dije: esto es tan inverosímil que merece ser contado. Esto es súper remanido, pero el periodismo te permite contar esas cosas que, si las ponés en ficción, pueden no ser creíbles. En este caso las contas así, porque ocurrieron. Y bueno, el momento fue especial. Churchill decía que en esas zonas, la belleza se concentra en un solo momento. Y ahí, en ese casi límite con Sudán, en ese atardecer egipcio, mientras sonaba La Cumparsita y pasaban los barcos por el Nilo, yo tuve la sensación de que no era una decisión individual, sólo mía, escribir o hacer lo que estaba haciendo. Sino que tenía que ver con otras cosas que no tienen explicación racional. Me quedo con esa magia, con esa escena.
- ¿Alguna vez pensaste en poner una bomba de verdad?
- Bueno…anduve con molotovs durante mis veinte, veinte y pico. Leíamos mucho al Severino Di Giovanni de Osvaldo Bayer, que era un referente del anarquismo extremo, aunque a la vez era un idealista. Entonces la idea juvenil como que sí estaba dando vueltas. Pero con el tiempo, lo que uno descubre es que puede poner otras bombas. Que no lastimen inocentes, pero que demuelan estructuras de formas más inteligentes, más estratégicas. En algún lugar seguimos poniendo bombas, pero logramos que no fueran reconocibles. Que fueran simbólicas. Un buen libro también nos puede hacer estallar el mundo, por ejemplo. No digo que el mío lo haga, ojo. Pero ojalá que aparezcan muchos libros que demuelan un poco este mundo tan injusto. Esa me parece una linda misión.
► TE PUEDE INTERESAR: Andruetto, maestra lectora: "Siempre vi esa luz, ese resplandor de lo humano aun en las personas más rotas"







