El vapor del aliento hace el clima más espeso. Las bocas vociferan alaridos que no distinguen fronteras. La pelota quema, no tanto como el pasado.
A lo lejos asoman los créditos. Es un desenlace doloroso pero a mucha honra.
La película deja todas las viñetas sobre el césped. Y de ahí, a las casas y a los bares. Asoman las anécdotas de gestas imposibles y cotidianas. Maldita rutina anacrónica.
Hay un nene sentado en el piso que no entiende alemán, una mirada clavada en un mundo dorado que lo aplasta y lágrimas de impotencia en cualquier ubicación en tiempo real.
Las cámaras gatillan mil idiomas mientras se acerca el precipicio.
Hay una caminata que es ajena al mundo y no conoce de contexto y hay también un pique corto al que le sangran las jeringas (Mamá: ¿qué son las hormonas).
Ese centro vuela hacia la eternidad mientras el ruido de los alaridos se torna ensordecedor.
No hay revancha para tapar el dolor que sangra a borbotones y se incrusta de lleno en el ayer sombrío.
El silbato se pierde entre los gritos y los brazos apuntan al cielo.
Pasó de nuevo, como tantas veces. Otro día en el planeta tierra.
