Volar es el sueño de todos. El simple hecho de soñar que uno vuela, hace que el despertar sea un comienzo del día agradable. Y quizás sea porque el ser humano puede andar por la tierra y el agua sin auxilio de artefacto alguno, pero no ha podido volar sin ayuda de ellos y solo el inconsciente y la imaginación se lo han permitido. Entonces, lo más parecido al sueño que ha logrado el hombre, es volar en parapente. "El parapente te transforma en un pájaro, tus manos están conectadas a las alas directamente, no hay ninguna cosa mecánica entre medio", dice Emiliano Favero.
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Emiliano, un ingeniero agrimensor alvarense de 32 años, sabe bien de qué habla. El sábado 12 de octubre pasado, junto al profesor de Educación Física Marcelo Retamales (48), volaron cada cual en su parapente desde la cima del Cerro Arco hasta los suburbios de la ciudad de San Juan. Recorrieron en línea recta 151 kilómetros, volaron 7 horas y batieron el récord mendocino de vuelo en parapente. "Fue el primer vuelo del año y terminó siendo el más largo de la historia", cuenta orgulloso Emiliano.
Aprovechando esta época del año, la mejor de todas por sus corrientes de aire cálido ascendentes, los dos parapentistas despegaron a las 11 del Arco y llegaron casi 7 horas después a San Juan. "Luego nos tomamos un colectivo de transporte urbano que nos dejó en la terminal y más tarde un micro de larga distancia que nos trajo de regreso", recuerda el alvearense.
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"Nos organizamos con Marcelo, me tomé el micro en Alvear y subimos al Cerro Arco temprano, a eso de las 9.30, con una camioneta que iba para arriba. A las 11 despegamos. El clima no estaba del todo bueno y a las cuatro horas de vuelo llevábamos apenas 50 kilómetros, pero después mejoraron las condiciones, todo fue bastante más rápido y a las 7 horas estábamos aterrizando en los alrededores de San Juan, hacia la montaña, porque no podemos aterrizar en el centro. Fueron 151 kilómetros, en línea recta, y el récord es de los dos", cuenta Emiliano.
"Cada uno fue en su parapente, volando todo el tiempo juntos, pegaditos. Eso ayuda bastante porque aumenta las posibilidades de encontrar corrientes ascendentes. Cuando uno encuentra aire ascendente el otro se le acopla y permite ganancia de altura. Llegamos a volar a 2.800 metros, en transiciones de acenso y descenso de entre 5 y 15 kilómetros”, relata.
Emiliano es nativo de General Alvear. Estudió en Mendoza y aquí empezó a volar y ahora regresa, cada tanto, para seguir asiéndolo.
"Empecé a volar en parapente hace unos 8 años, pero lo he deseado desde que tengo uso de razón, desde los 4 o 5 años. Ya quería volar cuando cumplí 9 y les pedí un parapente de regalo a mis padres, pero eran caros. Lo deseé hasta los 24 cuando, con ayuda de mis viejos, pude comprar uno, usadito, y empecé a volar", expresa el agrimensor.
Dice que el Arco es uno de los mejores lugares, "porque es de fácil acceso, que puede despegarse desde casi cualquier cerro, porque uno tiene la posibilidad de llevar el equipo en una mochila".
El parapente cabe dentro de una mochila y pasa unos 12 kilos. Para hacer vuelos largos el parapentista necesita llevar agua, algún alimento energético y una sonda para poder orinar.
No todos los parapentistas hacen vuelos largos. Algunos, la mayoría, prefieren los vuelos recreativos. "Hacen un vuelo más corto, disfrutan y cuando aterrizan se beben una cerveza y se comen un asado", relata.
Los parapentistas están nucleados en la Federación Argentina de Vuelo Libre, que extiende tres licencias distintas, de acuerdo al nivel. Además otorga la de instructor y la que permite volar en biplaza, llevando a un paseante y que son las utilizadas para turismo.
En Mendoza hay cerca de 50 parapentistas y "en el país somos bastantes y tenemos mucho contacto entre nosotros, somos muy unidos. Hay muchísimos pilotos de Buenos Aires, Santa Fe… Ellos no tienen montaña, pero viajan mucho a Mendoza, La Rioja, las Sierras de Córdoba, o usan otra técnica, la del remolque, que los remonta como un barrilete”, explica Emiliano.
Asegura que la práctica no es riesgosa. "El riesgo está más en la persona que en el deporte. El límite lo pone cada uno. Cuando se es alumno, se vuela en condiciones muy suaves, óptimas, y es difícil que pueda pasar algo. En cambio, cuando uno es más experimentado, extiende los límites y comienza a asumir más riesgos y se va tornando más peligroso. Pero volar en parapente es muy seguro y solo depende de cada uno”.
Mendoza, especialmente teniendo el Cerro Arco como punto de despegue, es uno de los mejores lugares del país para la práctica del paramente.
"El único problema de Mendoza es que está el aeropuerto, no podemos meternos en ese espacio aéreo y esto restringe la zona para volar a la montaña, hacia el norte o el sur. Lo normal son unos 35 kilómetros hacia Villavicencio y unos 30 hacia Cacheuta", dice.
Añade que ahora, ya superado el desafió de los 150 kilómetros, "ya estamos pensando en los 200" y acota que "a veces el desafío no son vuelos no tan largos, sino algunos más cortos pero con más desafíos. Yo he sido el único que ha logrado llegar a Uspallata, en una ruta que tiene montaña altas y no hay caminos".
No hace muchos días también se ha batido el récord mundial de vuelo en parapente. Fue en el norte de Brasil, en donde se llegó a los 582 kilómetros, en 11 horas de vuelo.
Emiliano destaca: "El parapente es transformarse en un pájaro con las manos conectadas a las alas, sin ninguna cosa mecánica entre medio". Es el sueño de todos.
De todos.
