Detrás de la Fiesta Nacional de la Vendimia, la celebración más importante de Mendoza, hay miles de historias silenciosas. Historias de manos anónimas que planchan, cargan, trasladan, ordenan, limpian y sostienen. Historias de gente común que hace que el espectáculo brille. Entre ellas está la de Mariana Torres, su esposo Leonardo Soria y su hijo Lautaro Soria, una familia de Las Heras que hace cuatro años encontró en Vendimia no solo una fuente de trabajo, sino también un motivo de orgullo compartido.
Vendimia puertas adentro: la familia mendocina que hace años lo da todo por la fiesta máxima
Detrás de la Fiesta Nacional de la Vendimia hay miles de trabajadores que hacen posible el espectáculo. Mariana, su esposo y su hijo forman parte de ese engranaje

Mariana es planchadora de las prendas de la Fiesta de Vendimia. Su esposo Leonardo y su hijo Lautaro trabajan en servicios generales. Dylan, el menor, espera tener la edad para sumarse.
Fotos: gentileza“Mi marido y yo hace cuatro años que trabajamos en Vendimia. Él trabaja en servicios generales y yo en planchado y este año se incorporó mi hijo. Un orgullo”, cuenta ella con orgullo.
La historia comenzó en un momento difícil. Ellos tenían un negocio, pero debieron cerrarlo. En medio de la incertidumbre, una vecina les comentó que estaban necesitando gente para trabajar en Vendimia. Mandaron un mail con sus currículums y esperaron. “Gracias a Dios quedamos los dos”, dice Mariana.
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Ese ingreso marcó un antes y un después. Porque la Fiesta Nacional de la Vendimia no es solo un espectáculo. Es una maquinaria enorme que durante semanas da trabajo a cientos de mendocinos. Para muchas familias, representa un alivio económico y una oportunidad.
Mariana es planchadora y su marido e hijo trabajan en servicios generales para Vendimia
Este año, además, sumaron a Lautaro. Como ya tenía 18 años, enviaron su currículum cuando faltaba gente en servicios generales. Quedó. Y así, por primera vez, los tres comenzaron a compartir el mismo espacio de trabajo.
Trabajan en el mismo sector, pero en áreas distintas. Mariana está en planchado, una tarea tan invisible como fundamental. Por sus manos pasan los vestuarios que luego se lucen en el escenario del anfiteatro.
“Me dijeron que iba a amar la Vendimia cuando estuviera adentro, y es verdad. Es otra cosa verlo desde adentro. Una cosa es mirar la fiesta por televisión y otra es vivir cómo se arma todo”, explica.
El planchado implica jornadas largas, repetitivas, agotadoras. Prendas que llegan arrugadas, telas delicadas, tiempos que apremian. “Hay días en que no das más. Este año lo sentí pesado, hubo días en que estaba agotada. Pero cuando ves el resultado final… cuando ves esa prenda en el escenario y decís ‘eso lo planché yo, eso pasó por mis manos’, es muy gratificante”.
Esa frase resume todo. El orgullo silencioso de quien no aparece en cámara pero sabe que su trabajo está ahí, brillando bajo las luces.
Leonardo y Lautaro, en cambio, forman parte de servicios generales. Su tarea comienza incluso antes de que el resto arranque. Preparan aulas, trasladan máquinas y rollos de tela, acomodan sectores para que las costureras puedan trabajar. Llevan y traen vestuarios, embolsan, cuentan, cargan camiones.
“Cuando termina todo, después de que nosotros guardamos la ropa, ellos se quedan. Tienen que cargar el camión con las máquinas que cada costurera se lleva. Son muchísimas bolsas”, describe Mariana.
Es trabajo físico. Es fuerza. Es organización. Es logística pura. Y es también compañerismo, porque detrás de cada vestuario hay una cadena de personas que depende unas de otras.
Una Fiesta de la Vendimia que lleva trabajo y esfuerzo en familia
Pero si algo volvió especial esta Vendimia fue compartirla en familia.
“La verdad que no me lo hubiera imaginado. Siempre pensé que me hubiera gustado que mi hijo estuviera, pero vivirlo los tres… es muy gratificante”, dice Mariana.
Para Lautaro, que la semana próxima cumple 19 años, es su primer trabajo formal. Su primer sueldo ganado con esfuerzo propio. Su primer contacto con el ritmo intenso de jornadas largas y responsabilidades reales.
“Queremos que vea cómo se hace todo. Que no es solo el show. Que detrás hay corte, costura, planchado, traslado. Que cada vestuario tiene un proceso. Y que cuando lo ves plasmado en el escenario es emocionante”.
Como padres, esa es la enseñanza que desean dejarle. Que nada viene de arriba. Que el trabajo dignifica. Que el sueldo se gana.
“Siempre trabajamos juntos con mi marido. Hemos llenado containers con pala, los dos acarreando. Siempre luchando para salir adelante. Y eso es lo que queremos transmitirle a nuestros hijos: que como pareja hay que ayudarse, salir a trabajar todos los días, empujar juntos”.
La vida de la familia Soria-Torres no termina cuando salen de Vendimia. Allí empieza otra jornada.
La familia que trabaja en Vendimia y que durante todo el año amasa pizzas
Mariana limpia una casa desde hace diez años, tres veces por semana. Muchas veces, sale de Vendimia y se va directo a ese trabajo. Leonardo la acompaña. Y cuando vuelven a su hogar, lejos de descansar, comienza la producción nocturna: pizzas caseras.
En su casa amasan, preparan pedidos y organizan el delivery. Es su emprendimiento familiar. “Llegamos y nos ponemos a trabajar. Tenemos pedidos, salimos a repartir. Así todos los días”, cuenta.
Es una rutina intensa. Pero también es un proyecto compartido.
Vendimia, en ese esquema, representa algo más que un ingreso extra. Es una oportunidad, un orgullo y una experiencia que fortalece la unión familiar.
“Es muy lindo, pero es todo esfuerzo. Hay días que vamos con más ganas y días que no damos más. Pero cuando termina y ves la fiesta arriba, todo cobra sentido”.
Para Mariana, uno de los momentos más fuertes fue subir al anfiteatro y ver desde adentro ese mundo que antes miraba por televisión. Entender la magnitud del trabajo colectivo. Reconocer en cada detalle el esfuerzo acumulado.
La Fiesta Nacional de la Vendimia no sería posible sin esas manos anónimas. Sin quienes planchan, cargan, limpian, acomodan, trasladan y vuelven a empezar.
"Esa ropa la planché yo", dice Mariana cuando empieza el show
En Las Heras, esta familia de 43, 40 y casi 19 años encarna esa Mendoza trabajadora que no baja los brazos. Que combina empleos, amasa de noche, limpia casas. Que se presenta a una oportunidad cuando otra puerta se cierra.
Y que, aun cansada, sonríe cuando las luces se encienden y el escenario estalla de aplausos.
Porque entonces Mariana puede decir en voz baja, mientras mira el espectáculo: esa ropa la planché yo.
Y Leonardo y Lautaro pueden reconocer, en cada estructura montada y cada bolsa trasladada, el rastro de su propio esfuerzo.
Esa es la Vendimia que no se ve. La que se construye desde abajo. La que deja enseñanzas.