Ocurrió este lunes, casi en horas de la siesta, cuando el frío comenzaba a hacer pie en Mendoza.
¿Usted sabe quién atropelló y abandonó a Lucía Villouta en el Acceso Sur?
Ocho años después, la familia Villouta revivió esta semana el drama de Alan Villouta, el chico arrollado en el Acceso Sur. Compromiso con la verdad se necesita

Lucía Villouta fue atropellada en el Acceso Sur por un conductor que huyó. El caso de Alan, el hermano, fue recordado esta semana por tener puntos de contacto.
El hombre atendió el celular y de a poco su humanidad entera se fue endureciendo a medida que escuchaba cada palabra que le llegaba del otro lado de la línea.
Y no era para menos: Lucía, la hija, había sido atropellada mientras circulaba en motocicleta.
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Que la chica de 23 años estaba viva y -dentro de todo- bien, no fue suficiente para tranquilizarlo porque otros dos datos objetivos que acababa de escuchar le habían atenazado las tripas: había ocurrido en el Acceso Sur y el conductor del camión se había fugado.
Entonces, el hombre, llamado Andrés Villouta, revivió interiormente el momento más doloroso de su vida cuando, en agosto de 2017, supo que Alan Villouta -otro de sus hijos- había sido atropellado fatalmente, casi de madrugada, mientras cruzaba el Acceso Sur, a la salida del trabajo, por un conductor que también huyó sin dejar rastros.
Alan Villouta, la historia que vuelve
Casi 8 años después, la tragedia de la familia Villouta volvió a ser noticia esta semana y aunque Lucía iba camino del hospital en buen estado general, hubo indignación porque otro conductor desaprensivo se había cruzado en la vida de esa familia de Guaymallén.
Aquella madrugada de 2017, se supo finalmente, el responsable fue el empresario Alejandro Verdenelli, detenido 72 horas después y luego juzgado y condenado por la Justicia por la muerte del joven Alan.
Pero esta vez, el interrogante sigue vivo: ¿Quién atropelló a la motociclista Lucía Villouta y hasta se permitió verla caer al pavimento sin asistirla ni asumir su parte de la responsabilidad?
La víctima y testigos oculares contaron que el accidente había sido provocado por el chofer de un camión de gran porte, cargado con una lancha y otros elementos de uso náutico. Pero de ahí en adelante, nada más.
La chica fue hospitalizada, tratada y ya recibió el alta médica. Dicen que le duele todo, incluso el alma, porque también a ella se le vino encima el triste recuerdo del hermano Alan, atropellado por otro desaprensivo conductor en el mismo y trágico Acceso Sur.
Ni las cámaras de videoseguridad ni la colaboración de otras personas han permitido dar con el camionero que atropelló a Lucía Villouta. ¿Tantos camiones con una lancha a bordo circulaban el lunes a la siesta, en dirección al sur por el recargado Acceso Sur, como para no identificarlo y señalarlo? No, definitivamente. ¿O vamos a dejar que la impunidad se la lleve de arriba?
Me pregunto si el compromiso social y -esencialmente- el compromiso con la verdad se van devaluando tanto como nuestra moneda nacional. Me resisto a creerlo.
Compromiso y ejemplo de Vicente Fabriani se necesitan
Prefiero creer que en esta historia aparecerá, de un momento a otro, una persona comprometida con la verdad. Alguien que sea como Vicente Fabriani en el caso del crimen del maestro Avelino Maure en Guaymallén.
Vicente Fabriani, ¿le suena? ¿No? Entonces, le cuento.
Era agricultor y no sabía leer ni escribir. Había formado una familia maravillosa y la noche del 18 de septiembre de 1969 -al cierre de una jornada de mucho trabajo en la tierra-, descansaba en la entrada de la casa donde vivía como contratista de finca.
Mi investigación para escribir el libro Avelino Maure-50 años (Editorial UMaza, 2019) me permitió saber que la noche era tibia en la zona de la calle Las Cañas y que Vicente Fabriani se daba uno de sus mayores gustos antes de irse a dormir hasta el amanecer siguiente: escuchar la radio.
Estaba el hombre entregado a ese disfrute cuando, en medio de la música y de las voces de cantores y locutores profesionales, escuchó otras voces. Distintas. Cargadas de violencia y dolor, que llegaban del otro lado de los cañaverales. En medio de la oscuridad apenas mitigada por la luna llena.
Fabriani podría haber hecho oídos sordos frente a los gritos desgarradores de un hombre que pedía, por favor, que no le pegaran más. Pero no. El chacarero caminó despacio en dirección al origen de esos clamores dolorosos, se escondió en medio de uno de los tantísimos y espesos cañaverales y desde allí vio cómo el maestro Avelino Maure era salvajemente apuñalado y golpeado por la esposa, Susana Arbues, y el amigo de ambos, Rodolfo Giménez Jáuregui.
Podría el horrorizado Vicente Fabriani haber dado media vuelta sin hacer ni decir nada. Pero no. Porque tenía principios y no podía dejar pasar semejante situación. Dicen que era recto y justo. Y actuó en esa sintonía.
Volvió a la casa y le ordenó a María, una de sus hijas, que dejara las tareas de costura y fuera a lo de Hidalgo, vecino de la zona, que le pidiera el teléfono y diera aviso a la Policía de que un hombre había sido golpeado por otro y por una mujer, que lo habían dejado tirado entre los carolinos antes de irse en un auto, un Fiat claro.
Tal vez ese hombre esté muerto, dijo, así que apúrese, hija.
Esa acción de Fabriani fue determinante. Dos horas más tarde, la Policía supo la verdad: Avelino Maure había sido asesinado por la esposa y el amigo de ambos. Atrás quedaba la declaración de la mujer de que un grupo de hombres los había asaltado y había golpeado a Maure mientras ella y el amigo alcanzaban a escapar en el Fiat.
Los perros de rastreo ayudaron a cerrar la hipótesis de Fabriani. El olfato los había mantenido en torno de la escena del crimen descripta por el testigo, ni un metro más allá. Ahí estaba la clave.
- ¿Qué vio? -le preguntó a Fabriani el oficial de la Policía, horas después.
- A un hombre golpeando a otro, que gritaba de dolor. Después, el primer hombre ordenaba a otra persona que acelerara el auto para tapar los gritos. Al hombre golpeado lo tiraron a una hijuela. Y lo taparon con el saco.
- ¿Hicieron algo más?
- Se subieron al auto y se fueron.
- ¿Había alguien más?
- No. Eran ellos tres.
- ¿Vio a alguien escapar entre los cañaverales?
- No.
La farsa de los asesinos había sido desmontada por un hombre comprometido con la justicia y la verdad.