Rosario Villajos, cordobesa de España (1978), acostumbra añadirle a su cuerpo un tatuaje por cada libro que publica.
Rosario Villajos, la "chica polilla" que aprendió a volar compartiendo los dilemas de una adolescente con su propio cuerpo

Rosario Villajos, autora de "La Educación Física".
“Es una forma de tunearme”, explica.
La educación física (Premio Biblioteca Breve 2023), su nuevo título, le aportó a su piel una figura de polilla.
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Nada más representativo de ella misma, que admite ser una “chica polilla”, asumiendo una reveladora metáfora de su novela: la de esa niña del cuento que pasa la etapa del capullo y la crisálida hasta abrir sus alas y dejarse llevar por el viento.
Quien asume toda la carga de la historia, como personaje central, es Catalina, una adolescente de dieciséis años en conflicto con su cuerpo, con su entorno familiar asfixiante, con sus relaciones sociales y escolares… con todo lo que la rodea y la angustia.
Rosario confiesa que, de joven, compartió algunos de los devaneos de Catalina, como, por ejemplo, las dudas sobre su orientación sexual. Pero “yo era bastante más espabilada que ella”, aclara riendo.
Si bien la obra le ha valido el reconocimiento y la gratitud de mujeres de diferentes edades, apunta su dardo y señala una dirección inequívoca: “Este es un libro para hombres”.
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Desde Madrid, a la misma hora en que el Barcelona y el Real Madrid están disputando el clásico de los clásicos español, Villajos dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-¿Te gusta el fútbol, Rosario?
-Me gusta cuando juegan las chicas. Soy más de la selección femenina.
-Justamente, el problema que tuvo su goleadora histórica, Jennifer Hermoso, con el entrenador Luis Rubiales, parece un capítulo de La educación física, ¿no?
-Lo sé, lo sé. Parece que el universo no para de mandar mensajes relacionados con los temas de La educación física, sí.
-Ese episodio de la selección remite a momentos que vive Catalina, la protagonista de tu libro, con algunos profesores en el colegio.
-Sí, sí, que, en vez de disculparse, le echan una regañina, lo mismo que hizo este hombre con Jennifer Hermoso.
-Podríamos decir que tu novela cuenta la historia de una chica de dieciséis años, pero, en realidad, es como un lente, una mirada femenina a todo el mundo en que vivimos, si bien la acción transcurre en los noventa, ¿no?
-Sí. Recordaba mucho aquella época y cómo yo leía siempre libros con protagonistas masculinos. Y me apetecía escribir uno que hablara de la adolescencia femenina desde el punto de vista del cuerpo, del cambio corporal.
-De acuerdo. El cuerpo es el protagonista a la par de Catalina. Más aun, ella se siente a veces separada de su propio cuerpo.
-El cuerpo es el narrador.
-¿Y cuánto de ese cuerpo en disputa y prisionero en un laberinto es tuyo, Rosario?
-Pues, a ver… Yo viví la misma época. Y la verdad es que no fue así. Yo no soy Catalina. Yo era bastante más espabilada que ella (risas).
-¡Menos mal!
-Pero sí que conocía a muchas chicas así, en las que me he inspirado. Y, luego, el trasfondo que hay de cómo cualquiera le toca el culo o le pone la mano en la pierna en el autobús, eso sí que lo he vivido. Y lo hemos vivido, creo, la gran mayoría de las mujeres de mi edad.
-Lo cual le da gran actualidad.
-Tenía ganas de dejar esto por escrito. Siempre digo que este es un libro para hombres.
-Coincidimos.
-Aunque muchas mujeres se puedan sentir identificadas, no es lo más importante a la hora de hacer literatura.
-¿Cómo es eso?
-No importa si te sientes identificada o no, lo que importa es que te transmita y que consigas conectar. Y a mí me apetece que lo lean los hombres, claro.
-Como decías, este es un libro muy instructivo para los hombres, porque hay cosas que uno las ve totalmente desde afuera, inevitablemente. Por ejemplo, resulta imposible meterse en las entrañas mismas de Catalina y su cuestionamiento físico.
-Y, además, no importa la época en la que vivas. El cuerpo te va a suponer lo mismo. Un dolor de cabeza es igual ahora que en la Edad Media. Entonces creo que, a través de las sensaciones corporales, se puede conectar muchísimo con los lectores y con las lectoras.
-Acá entra en escena otro protagonista, la familia. Muchos de los problemas de Catalina para ubicarse, para insertarse en el mundo, vienen de la familia, ¿no?
-Efectivamente. Pero si la familia ha recibido muy poca educación o ninguna educación, pues, al final, los problemas se van heredando. Y se convierte todo en una cadena en la que repites las mismas cosas que te han enseñado en tu casa. Por eso hay un momento en el que Catalina dice que no está segura de querer procrear, porque es como repetir la misma jugada una y otra vez.
-El tema del piropo, de decirle algo a una mujer en la calle por parte de un hombre, daría la impresión de que ha ido variando, de que ha disminuido, tal vez por influencia del feminismo. ¿Cómo está la cosa en España?
-Sí, ha hecho que disminuya, pero porque ahora la ley está en su contra, no porque hayan entendido realmente porqué no deberían hacerlo. Al final es como una especie de humillación.
-Como una imposición, digamos.
-Exacto. No veo el piropo. El piropo se le dice alguien que conoces. Si yo veo a alguien que conozco por la calle y que se ha arreglado, pues le digo: “¡Ah, qué guapa estás o qué guapo está!”. Eso es normal. En cambio, si eres una persona que no te conozco de nada, ¿por qué me tienes que dar tu opinión? Yo no te la he pedido.
-Sobre este tipo de temas hablamos, hace poco, con Lucía Lijtmaer, una escritora argentina que creció en Barcelona. Ella pone en duda de que exista realmente la cultura de la cancelación, pues la censura la ejerce siempre el Estado. ¿Cuál es tu punto de vista?
-Pues la verdad es que ni siquiera me he planteado lo de la cancelación. Hay tantos problemas muchísimo más graves como, por ejemplo, padres maltratadores que se llevan a sus hijos. Es decir, hay problemas muchísimo más graves que el que no te dejen decir una cosa.
-Apuntábamos, en el fondo, a preguntarnos si se estaba exagerando o no con este asunto.
-Creo que la mayoría de la gente que se queja es porque le están diciendo: ya no puedes ser racista en público, ya no puedes ser una mala persona en público. O sea, se están quejando de que los demás tengan derechos humanos. No quieren compartir. No quieren compartir su riqueza de poder decir lo que les dé la gana. Pues no. Ya no puedes decir lo que te dé la gana. Te aguantas.
-En tu libro juegan muchos elementos, entre ellos, permanentes alusiones a los mitos clásicos. Catalina, el nombre que le ponen a la niña protagonista, tiene un origen griego que significa pura, inmaculada. Como que el padre ya funciona, desde temprano, como un cancerbero, ¿no?
-Sí. Así se empieza cancelando, justamente, la sexualidad de tu propia hija. Le pones un nombre así y le explicas de dónde viene y lo que significa, como para que se vaya enterando de cómo tiene que ser.
-Una intencionalidad muy explícita.
-Y fíjate, eso sí que es una cancelación. La cancelación del deseo y de la sexualidad.
-Es muy fuerte, además, la presión de la mamá y del papá para que no salga de noche, para que no tenga novio, para que no se siente sola al lado de un hombre en el micro, etcétera. Tal vez hoy, a esta altura del siglo, no ocurran este tipo de cosas, pero es muy asfixiante lo que vive Catalina en tu relato.
-Yo creo que sí sigue pasando, a otros niveles, de otra manera. La madre tiene una enfermedad sin diagnosticar en ese momento, la bulimia y la anorexia. Tiene esas dos enfermedades. Ni siquiera sabe qué es lo que le pasa. Justo es uno de mis personajes preferidos, de los que más compasión siento.
-Está muy a la vista, porque su presencia en la historia es permanente. Con gran influencia sobre Catalina, por lo mismo.
-Creo que si tú misma no sabes lo que te pasa y tienes todos estos problemas, pues claro que vas a joderle la vida a tu hija. No te queda otra, ¡vamos!
-En esa misma dirección, a la chica no le enseñan nada en su casa sobre educación sexual. No conoce, siquiera, los nombres de su aparato reproductivo. Ella lo llama “ahí” porque palabras como vagina o vulva le resultan totalmente ajenas. Hoy, con toda la información que tienen los chicos en las redes y en internet, eso seguramente ya no es así.
-Creo que, en eso, sí, hemos mejorado bastante. Pero también piensa que los niños, a partir de los ocho años, tienen acceso incluso al porno, que sería como lo contrario de la educación sexual. Se está viendo en las estadísticas. Eso también es espeluznante, si lo piensas.
-¿Qué hacemos, entonces?
-Deberíamos haber llegado a un término medio. Todavía no hay una educación sexual realmente, sana, positiva, saludable, de los afectos, por ejemplo. Se habla mucho de sexo y no se habla mucho de educación emocional y afectiva.
-La educación sexual integral es un tema que suele permanecer todo el tiempo en el tapete. ¿Cómo es en España, teniendo en cuenta que aprender es un derecho de los chicos?
-Yo pienso igual que tú, que es un derecho. Pero no estoy segura de que eso pueda ocurrir en todos los colegios. Aquí hay muchos colegios concertados.
-¿Qué quiere decir colegios concertados?
-Que pertenecen a la Iglesia Católica, en parte, y en parte pertenecen al Estado. Yo no sé si en esos colegios hay educación sexual. Y, si la hay, no sé hasta dónde llega ni cómo es. Yo no tengo hijo ni hija, con lo cual estoy bastante desinformada de este tema.
-Pero, de todos modos, no te es ajeno.
-No. El mes que viene me han invitado a un instituto, porque me han hecho una actividad a través de la lectura de este libro. O sea, como que me llevan allí a hablar con la chavalada, con los adolescentes. Entonces voy a informarme un poco.
-¡Chavalada! Nos encantó la palabra. Nosotros no la usamos.
-(Ríe) Pues, a partir de ahora la usan.
-¿Bajo qué clima afectivo fuiste poniendo tu historia?
-Cuando yo estaba escribiendo esto me acordaba también de Carrie, ese libro de Stephen King que a mí me encantó. Y pensaba en una madre un poco así. Pero me dije: en vez de los setenta, la voy a colocar en los noventa con lo cual sabe un poquito más, pero no mucho más (sonríe).
-Catalina, con todos sus dilemas y sus complejos, tiene también problemas de aceptación frente al espejo, por usar una frase tuya. Tal cual le sucede a la mayoría. Ahora bien, en este momento nos enfrentamos a un segundo espejo social, que mete más presión: las redes sociales, mostrando el rostro de una felicidad impostada.
-Efectivamente. Y no solo eso. Cuando nosotros éramos jovencitos, pues nos hacíamos unas fotos, que salían, en su mayoría, borrosas y ya está. O te mirabas en el espejo. Pero ahora los niños y las niñas conocen todas sus posturas, sus selfies, todos los ángulos de su cuerpo. Y, claro, eso genera una presión porque, además, una cosa que ocurre ahora es que con lo del body positive, está como mal visto decir a alguien que está gordo o que está calvo. Está prohibidísimo todo eso.
-¿Con qué derivaciones?
-A la vez, si tú eres feo o eres gorda o eres calvo, es culpa tuya porque ahora, en cómodos plazos, tú puedes pagar para que eso se solucione. Y al final es una trampa mortal. Todo está relacionado, además, con lo que da dinero.
-Con el negocio.
-Porque lo que hay detrás de todo eso, del body positive, de que tú acabes siendo exactamente igual que todo el mundo, teniendo un cuerpazo etcétera, es que lo pagues.
-En tu novela, como decías, el cuerpo es el narrador. Ponés sobre la mesa, textualmente, temas como la anorexia, la bulimia o la dismorfofobia. A eso se les agregan asuntos como los tatuajes, la cirugía estética, etcétera, en donde el cuerpo está totalmente intervenido. Todo va sobre el cuerpo.
-Sí, sí, sí. En querer cambiarlo, en querer tunearlo. Yo tengo tatuajes, por ejemplo (ríe).
-¿Sí?
-Sí, tengo bastantes. Y la verdad es que forman parte ya de mí. Ha sido como una forma de tunearme, también. Es como que nunca estamos conformes. Somos el único animal que hace eso.
-El tatuaje es algo muy personal y busca distintas cosas. ¿Vos por qué lo has hecho?
-Yo me hago uno por cada libro que publico.
-¿Sí?
-Sí (ríe).
-¿Y cómo es el de este último, el de La educación física?
-Pues es una polilla.
-¡Claro! En el libro está el cuento de la “chica polilla”, metáfora de una chica que, en un momento dado, se transforma en crisálida y luego vuela. Representa a Catalina que, de alguna manera, también quiere volar, ¿no?
-Exactamente. Sí, todas las que hemos llegado hasta aquí, ¡vamos!
-¿Vos también sos chica polilla?
-Por supuesto que soy chica polilla. ¡Si tú supieras las cosas que he tenido que aguantar en mi vida! (ríe). Y mira… he salido bien parada. He tenido suerte. Suerte. De verdad.
-¿Y las chicas polilla son mejores o peores que las otras?
-Las otras no es que no sean peores. Las otras murieron. Y cuando digo morir, no me refiero solo físicamente, sino que son chicas que no se han enterado de nada de lo que ha pasado por encima de ellas y que han seguido la corriente de esto. No han luchado por cambiar un poco el mundo en el que vivimos; clamar por nuestra igualdad, por nuestros derechos.
-La mirada de este asunto se asienta en Catalina, pero a partir de ella se extiende sobre las madres, sobre las mujeres que no la pasan bien en los matrimonios. Algunas son mujeres golpeadas; y las que son tratadas más amablemente, según las vecinas, es porque tienen un marido medio bobo y no muy sexy.
-Así es como yo lo he escuchado en mi vecindario. Era algo que me aterraba. No veía afecto.
-¿Cómo era tu entorno?
-Yo provengo de un barrio bastante humilde, donde el afecto, la verdad, que no lo veía. Lo que sí veía era otro tipo de educación. Eran padres que habían sobrevivido a una posguerra, con mucha hambre y tal. Y, al final, para ellos el afecto consistía en que tuvieras abrigo, en que tuvieras de comer, en que pudieras ir a la escuela. Eso era afecto para ellos.
-Se entiende, claro, ese contexto bastante particular.
-Pero de todo lo que escuchaba en el barrio, cuando ya he podido compararlo de mayor, era bastante significativo el hecho de cómo las mujeres no eran amigas entre ellas. Se dedicaban a hablar mal unas de otras, a decir “esa es la maltratada y yo no”. Pero era una forma de sobrevivir a la vida que les había tocado.
-Rosario, ¿cómo te ha ido, en tu historia personal, con los hombres en general?
-Como los marineros, podría sacar la cartera y una ristra de fotos. Pero fotos, en vez de mujeres, de marineros (ríe). No sé… creo que he tenido bastante suerte.
-¿Qué tipo de suerte?
-Han sido parejas de poca duración. Y ahora tengo una pareja desde hace bastantes años. Pero, la verdad, no ha sido muy mala. También te digo que yo tengo dos hermanos. Son dos soles que han hecho que yo pueda salir para arriba y para abajo. Vamos a todas partes juntos. Y eso ayuda bastante.
-Al revés de Catalina, que no cuenta mucho con su hermano Pablito, ¿no?
-Exacto. A mis hermanos, también te digo que yo los reeduqué, ¿eh?
-¿Y se dejaron de reeducar?
-Sí, porque, bueno, supongo que les caía bien.
-¿Son mayores o menores tus hermanos?
-Son mayores que yo los dos.
-La pregunta venía a cuento de una entrevista que le hicimos hace poco a Mariana Travacio, una estupenda escritora argentina. Ella nos dijo que se lleva muy bien con los hombres. ¿Entonces por qué casi todos los hombres que figuran en tus cuentos son unos villanos terribles?, le preguntamos. “Tenés razón”, admitió riendo. Con La educación física pasa algo parecido.
-¡No es cierto! (sonríe). ¡No, no, no! Mira, te voy a hacer una lista de personajes que no son malos.
-A ver… Aparte de Guillermo y el chico de la moto, ¿quién más se salva?
-El primero que la recoge, que es el padre de Helena Sorní. Se preocupa por ella, la lleva a casa. Aparte de Guillermo, de Bernardo. El padre de Catalina no es malo.
-Pero el padre ejerce, en la casa, una especie de “monarquía inmunda”, según dice el mismo relato.
-No es un hombre malo. Es el patriarcado el que está mal.
-Sin embargo, la asfixia. No tiene trato con ella. ¡No le habla! Cada vez que tiene que dirigirse a Catalina lo hace a través de la mamá.
-Pero eso es culpa de la educación. El único malo, realmente, ahí, para mí, es el padre de Silvia.
-¿Y el acoso de los profesores de Educación Física y de Inglés?
-Son personas que no saben lo que están haciendo. No saben ni qué está mal. En cambio, el padre de su amiga Silvia es un grooming. Ha estado detrás de ella viendo cómo hacía lo que hace. Pero los demás son hombres de su época. Creen que es normal lo que están haciendo.
-Ok, admitamos que no son malos. Pero tampoco tiene, ninguno, un papel demasiado airoso. Hasta el primer novio, Juan, a los dos minutos de conocerla ya quiere hacer eso, quiere irse a la cama con la chica.
-¡Pero eso es normal! Lo normal sería que ella también quisiera hacerlo, pero es que no sabe nada de su cuerpo.
-Pero, en definitiva, todos esos personajes resultan unos pelmas para Catalina.
-Yo creo que no. Yo creo que, como decía, lo que está mal es la educación que ellos tienen. Pero la mayoría de hombres que salen ahí no son malos.
-Vale. Cuesta aceptarlo, sin embargo.
-Tendrías que decir también que todas las mujeres son malas, porque la madre de Catalina es odiosa, las mujeres del barrio son odiosas. Entonces, todo el mundo es malo.
-Y no…
-¡Es el sistema el que está corrupto, no las personas!
-Digamos, es lo que hay, somos lo que somos.
-Exacto, es la educación que nos han dado. Pero no creo que las personas sean malas por completo ni buenas por completo. Si acaso, como decía, el único que yo veo ahí que es un lobo con piel de cordero, es el padre de Silvia, que lleva un tiempo trabajándosela.
-Para Catalina, una manera de escapar a sus miedos y sus fobias es escribir. Y, en un momento, vos apuntás: “Cada cual que tenga su biblioteca de la farsa y que viva su patraña en paz. Mentir solo es otra forma de contar la verdad”. Ahí estás dándole una interpretación al oficio.
-Sí. La verdad es que yo empecé a escribir muy tarde. En 2019. Antes había escrito algunas cosillas, pero nunca le había dado importancia a la escritura. Estaba en otros lenguajes.
-¿Qué lenguajes?
-Estaba más interesada, a lo mejor, en la música o en la pintura o en otras cosas. Aunque sí había hecho historias en mi cabeza, desde hacía mucho tiempo. Y todas habían partido de mentiras. Lo que ahora se llama autoficción. Pero sí pienso que mentir es otra forma de decir la verdad. Es que, cuando la realidad te resulta demasiado dura, no tienes más remedio que inventarte otra cosa.
-Catalina y su amigo Guillermo están en una posición sexualmente ambigua. No saben bien dónde están parados. Ella duda si es lesbiana, al tiempo que le molesta que le digan tortillera o marimacho. ¿Cómo enfocaste este punto?
-Intenté acordarme de cómo fue un poco mi propia adolescencia, porque yo tampoco sentí atracción por nadie hasta muy, muy tarde. Y eso me causaba muchísimo estrés.
-¿De qué tipo era ese malestar?
-Si intentaba buscar en el instituto, pensaba: a ver si a lo mejor me gustan las chicas. Pero no encontraba ningún referente ahí, ninguna otra chica que fuera lesbiana, con lo cual no sabía cómo era eso ni podía compartirlo con nadie.
-¿Cómo se resolvió el asunto?
-Al final, acababas liándote con algún chico, solo para pasar por el aro y que te dejaran en paz, básicamente; para que no te dijeran que eras rara ni que pasaba nada. Era una presión terrible.
-¿Presión solo para vos o también para tu entorno?
-Para los chicos también. Yo he tenido amigos que también se echaban novias, chicas que ni siquiera les gustaban, porque eran homosexuales o simplemente ellas no les gustaban lo suficiente o no estaban preparados para tener relaciones sexuales. Esto parece que es solo una cosa que les pasa a las chicas y, en realidad, le pasa a todo el mundo.
-Queda muy patente en libro. Catalina tiene ese noviecito, Juan, que no le no la trae, pero, aunque le da asco, acepta besarlo por un largo rato simplemente para no desairarlo.
-Sí. Pobrecita. Pero hay un montón de gente, de chicas que me han escrito: “¡Me he sentido muy reflejada!”. Me digo, entonces, cuántas chicas habrá que se han liado con un chico solo por presión.
-Justamente, Rosario, teniendo en cuenta que La educación física aborda una temática tan íntima, tan recóndita, ¿qué te han dicho las mujeres, por un lado, y los hombres, que lo han leído?
-Una gran mayoría de las mujeres, sobre todo las que son más jóvenes, mucho más jóvenes que yo, todavía adolescentes, me han dicho que se sintieron acompañadas; por pensamientos que habían tenido, por algunas sensaciones que, a lo mejor, no habían compartido, con nadie.
-¿Y las mujeres de tu edad?
-Me han dicho que se sentían muy identificadas.
-¿Y los hombres, finalmente?
-El feedback que me ha llegado de ellos es el del descubrimiento de cosas que ellos no tenían ni idea, porque han vivido una adolescencia totalmente diferente en la que no necesitaban preocuparse de tener miedo, por ejemplo.
-Claro. Por eso decías antes que este es un libro para los hombres.
-Me han dicho también que había momentos en los que se sentían muy identificados, relacionado esto con el tema de sentir el cuerpo como un extra. El feedback, en general, masculino ha sido muy positivo también.
-¿Ninguna protesta?
-Gente que no ha leído el libro, que solo ha leído la sinopsis o mis entrevistas y tal, me ha llamado feminazi o equipo feminista o cosas así. En un club de lectura un señor me dijo: “Me ha encantado el libro, pero no estoy de acuerdo”. Y yo le dije: ¿cómo no vas a estar de acuerdo con una novela? (risas)
-Increíble. ¿Te entendió?
-El señor continuó: “Pero tú estás diciendo, por ejemplo, que te gustaría que este libro se leyera en los institutos”. Bueno, respondí, se está leyendo La Celestina, en la que todos los personajes femeninos son hechiceras o alcahuetas o brujas. ¿Por qué no se puede leer esto en un instituto?
-Pues bien… Catalina lee La Celestina y le gusta.
-A mí me gustó La Celestina en su momento. Pero considero que debería haber libros también en los que los personajes femeninos no acabaran muertos.
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