Aurora Venturini, como escritora y, también, como personaje, está coronada por una gran extrañeza. Desde temprano.
Liliana Viola busca diferenciar verdad de mentira en la fascinante Biografía de Aurora Venturini
Produjo, con férreo determinismo, una copiosa obra, pero fue reconocida en el mundillo intelectual después de los ochenta años gracias a su novela Las primas.
Fue peronista apasionada, al servicio de Evita y de los pobres, pero con muchos rasgos conservadores o de “derecha”.
Hizo estudios de psicología, en su La Plata natal, con maestros de categoría, pero se dejó ir, también, por vericuetos afines a la brujería y la invocación de los espíritus.
Fue una joven amante del fundador de Estudiantes de la Plata y una veterana esposa del historiador Fermín Chávez, a quien después lapidó.
Ha contado su versión en los libros, pero todo lo que dice sobre sí misma está puesto en duda. No hay una separación nítida entre verdad y mentira, entre realidad y ficción.
En suma, una autora tremendamente atractiva para una biografía. Para una atrapante biografía como Esta no soy yo, de la periodista y editora Liliana Viola, con quien charlamos para el programa La Conversación de Radio Nihuil.
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-Hola, Liliana. Aurora Venturini, en tu libro, es un personaje fascinante. ¿Lo inventaste vos o era realmente así, con tantos ingredientes?
-Yo creo que quien ha leído Las primas y ha tenido la oportunidad de cruzarse con ella o de leer las entrevistas, algo pensaba al respecto. Ella había dejado pistas de que era un personaje tan fascinante. Yo traté de dar cuenta, ¡un poco!, de tanta intensidad.
-Puede haber sido fascinante para el grupúsculo que la conocía, pero no para el gran público. Hasta el premio de Página 12, en 2007, a Las primas, como vos contás al principio de la biografía, era una autora medio secreta.
-Sí, sí, era totalmente desconocida. Muy conocida en La Plata, aunque no muy valorada en La Plata por, justamente, sus rasgos de personalidad, también.
-¿Como cuáles?
-Era una mujer que no se callaba nada y, cuando hablaba, tal vez no lo hacía en el momento más oportuno. Era un gran personaje en La Plata. De hecho, llegó a ser ciudadana ilustre antes de que fuera conocida. Pero, bueno, en su círculo.
-Es bueno, para nosotros, en este programa, haber recuperado la figura de Guillermo Enrique Hudson y ahora hacer más visible a Venturini.
-Hablando de Hudson, ¡ella lo ha tocado todo! Hudson es de La Plata, estuvo ahí. Eso no lo puse en la biografía porque no llegué a tanto, pero ha escrito sobre él. Es un personaje importante en sus poemas.
-Sí, se advierte en ella un amplísimo campo de acción.
-Aurora es alguien que vivió durante todo el siglo XX. Eso es importante también. Nació en 1921 y trató de relacionarse con todo lo que ocurría en ese siglo.
-Es un puente interesante el que trazás, porque cuando Hudson andaba por nuestros pagos, era la época fundacional de Dardo Rocha en La Plata.
-Sí, sí. Ella le dedica un poema larguísimo sobre las golondrinas y estudia su biografía también. Es muy orgullosa de La Plata, así que cualquiera que haya pasado por allí merece una biografía o un poema de Aurora Venturini.
-Los distintos matices de Venturini pasan por la psicología, la literatura, la docencia, etcétera y hasta se mete en la historia futbolera con su affaire amoroso con Luis Jorge Hirschi, fundador de Estudiantes de La Plata. Fue el gran amor de su vida, ¿no? Y pecaminoso.
-Totalmente. Pensemos que, a fines de la década del treinta, es una chica soltera, estudiante de secundaria, que se enamora de su profesor, que tiene como más de treinta años que ella. Es un prócer que le da hoy el nombre a la cancha de Estudiantes, pero también había sido intendente un tiempo, un médico casi tan importante como Favaloro.
-Y encima, ¡casado!
-Casado, con dos hijos de la edad de ella. Y Aurora tiene un romance que no oculta. Era de esas muchachas que, si lo veía por la calle, le estampaba un beso. ¡Imaginate lo que habrá sido en La Plata esta relación!
-Tu trabajo deja planteada, finalmente, una pregunta central: ¿qué es mentira y qué es verdad en la vida de Aurora Venturini? Pero respecto de la historia con Hirschi no hay ninguna duda.
-No, de eso no hay duda porque toda su familia y los sobrevivientes recuerdan que, efectivamente, fue un escándalo. Y fue un escándalo que terminó mal porque ese señor jamás se separó de su mujer. Digamos, la que quedó estampada en La Plata con esa historia fue ella.
-¿Cuán largo fue el romance?
-Fue algo que terminó pronto. Habrán durado tres años, cuando ella tenía 19. Y es algo que quedó para siempre en su literatura y en sus obsesiones. Ella decidió que ese había sido su gran amor, más allá de que luego se casó más de una vez.
-Ahora bien, teniendo en cuenta que vos misma no sabés si lo que cuenta Venturini es ficción o realidad y que, incluso, tampoco te pusiste a investigar para desmentirla, ¿tu libro, técnicamente, es una biografía, un ensayo o termina siendo una novela?
-(Ríe) No. No es que no me haya puesto a investigarla. Lo hice. Tengamos en cuenta que es algo público que Aurora Venturini, no sé si mentía, pero sí exageraba sus verdades.
-Justamente. Sus anécdotas son copiosas.
-Por ejemplo, cuando decía que era amiga de Simone de Beauvoir, tal vez solo la había visto y habían conversado alguna vez en París. Cuando decía que había estado veinticinco años en el exilio, en realidad había sufrido la situación de tener que irse de la Argentina en el '55. Eso es cierto. Pero había estado, a lo mejor, un año en París y no veinticinco.
-Toda una maraña a desbrozar.
-Entonces, eso lo investigué. Pero, teniendo en cuenta que hay muchas cosas que ella dijo que no son así, lo que no quise fue hacer una biografía donde los lectores se encontraran diciéndose “esto no, esto tampoco y esto otro tampoco”.
-¿Por qué eso?
-Porque me pareció muy cruel para con ella, muy pobre de mi parte. Entonces, lo que yo preferí es mostrar esas irregularidades, pero tratando de averiguar por qué, en cada caso.
-Por eso mismo, tu actitud, como biógrafa, fue no ponerte a desmentirla en cada capítulo.
-Exacto. No quise desmentirla. Si bien, por ahí, la hermana (Ofelia Venturini de Castro) sí la desmiente en muchas cosas…
-¿Cosas como qué?
-Ella, por ejemplo, todo el tiempo hablaba de un hermanito.
-Que nació fallido. Este es un buen ejemplo. Uno termina el libro sin saber, a ciencia cierta, si tuvo ese hermanito o no.
-¿Viste? Y no podemos saberlo porque yo decido seguirle un poco el tren o creerle. Pensá que, en la primera entrevista que yo le hice, ella me habló pésimo de toda la familia.
-¿Diciendo qué tipo de cosas?
-Diciendo que todos los de la familia eran personajes de Las Primas; que las hermanas eran minusválidas y que a lo mejor estaban muertas. ¡Esto era un delirio! ¡Las hermanas hablaban con ella! Vivían a cuatro cuadras.
-Y, además, se sintieron ofendidas con ella las hermanas.
-Pero, claro. ¡La querían matar! ¡Y eso es algo que ella seguía sosteniendo! Me decía: “Mis hermanas son un desastre, todas”. Entonces me habló de un hermanito, cuando ella tenía, más o menos, cinco años. Y como le había contagiado rubéola a la madre, ese niño nació con problemas. Por su culpa. ¡Imaginate el trauma!
-Aurora te cuenta eso, pero ¿qué otras fuentes alternativas tuviste?
-Después veo que hay un montón de libros, previo a que yo la conociera y a la escritura de Las primas, donde ese hermano aparece. Digamos, yo no dudé de que ese hermano existía.
-¿Entonces?
-Aparece la gran duda cuando hablo con la hermana que me dice: “Por favor, eso no lo pongas porque no es verdad”.
-¿Y la palabra de la hermana te resultó más confiable?
-Esa hermana, a su vez, nació catorce años después que Aurora. A lo mejor no lo conoció.
-Pero, si no lo conoció, a lo mejor era un secreto familiar, no solo de Aurora, porque tampoco se lo contaron sus padres.
-Claro. Esa es una presunción mía. Pensá que había una época en que era un secreto familiar un niño enfermo, el niño que no se podía mostrar. Entonces, yo podría haber decidido confiar en lo que dice la familia y decir que no existió el hermano o dejar esta presunción de que a lo mejor existió y de que esta mujer por ahí no lo conoció.
-¿Pero no debería haber un registro hospitalario o civil sobre la existencia de este niño?
-No. Yo decido creerle a Aurora, pero también les cuento a los lectores que en el Registro Civil no está ese niño.
-Hablando de sus eventuales historias personales, sorprende, por ejemplo, el capítulo donde se cuenta que en París conoció a Simone de Beauvoir y Sartre y que ¡hasta fue amante de Ionesco! ¿Es cierto eso?
-A Ionesco tampoco podemos ir a preguntarle.
-Supuestamente, además, Ionesco escenificó una obra de ella.
-Ahí tenés. Esas son cosas que ella contaba. No me las contaba a mí. Las había contado durante su vida. Está en los archivos y en entrevistas viejas. Ahora, la obra que ella nombra no hubo modo de encontrarla en la bibliografía de Ionesco. Te diría que no, entonces. No es así.
-Por otra parte, expresa que en París compartió piso un tiempo con Violette Leduc, una autora “maldita”, rodeada de polémica y hasta censurada. ¿Vivió realmente con ella?
-Ahí tenemos otra cosa. Violette Leduc es alguien que ella nombra constantemente. Quienes hayan leído Las primas y hayan leído a Leduc, van a encontrar una gran similitud en cuanto a la figura de la madre, sobre todo; la idea de la bastardía, que está en Leduc; y también las relaciones lésbicas que aparecen en su literatura. Son realmente una influencia importantísima en la literatura de Venturini.
-Por eso preguntaba, porque queda muy patente en tu relato.
-Sobre todo, mencionemos las partes lésbicas, porque estamos hablando de una escritora argentina que se mete con ese tema bastante a fondo, ¡en la década del sesenta!, cuando acá no se escribía sobre ese tema.
-Justamente vos te preguntás, en este punto, si Aurora tenía tendencias lésbicas o era lesbofóbica.
-Y… era las dos cosas. Sobre todo, en la literatura. Lo que podría decir es eso. Por ejemplo, en cuanto al lesbianismo, hay una influencia increíble de Violette Leduc. Se parece mucho en las descripciones que hace. Creo que es la que le da coraje para escribir sobre ese tema. Y no puedo comprobar el lesbianismo para nada de Aurora Venturini.
-Otro punto en donde, al menos, tenés alguna certeza.
-Pero por eso voy tanto hacia su literatura, porque lo que me parece más interesante es ver que ese tema es una obsesión para ella. Es algo que aparece constantemente como algo feliz y como algo monstruoso, de las dos maneras.
-Qué aguda esa caracterización.
-Por eso hay que leer Las primas. Ahí te vas a dar cuenta de la capacidad de doblez que tiene Aurora Venturini.
-¿Doblez de qué tipo?
-En un momento decís: ¿pero esta mujer es una políticamente incorrecta o no? ¡Más que eso! Es una reaccionaria. Está hablando pésimo de la discapacidad de un modo tan abierto que pensás: ¡tiene que ir presa! Y después no, todo lo contrario. Está mostrando una narrativa donde la discapacidad es protagonista, es sacrificial y también es inteligente.
-¿Cómo le ponés el moño a esta elucubraciones?
-Es muy complejo. No podés nunca saber. Y logra algo muy importante para estos tiempos que vivimos, donde nos están obligando a estar tremendamente en contra o a favor de algo. Ella está siempre en las dos cosas.
-Totalmente. Es peronista y, a la vez, dice que Perón es un viejo verde, por ejemplo.
-¡Exacto! Es peronista y puede estar enojadísima con el peronismo y con Perón. Sí te diría que tiene un faro, que es Eva Perón. Ahí no hay dobleces, más allá de que hable de su mal carácter y de que era una maltratadora.
-¿Pero le escribía discursos a Evita, aunque ella no los leyera, o es un bolazo?
-Eso lo veo muy posible. Ahí es muy sincera Aurora Venturini. No la contrataron para escribir los discursos. La contrataron, y esto es absolutamente cierto y comprobadísimo, para trabajar al lado de Eva Perón en la Fundación y también en Minoridad, por su carácter.
-¿Cómo era su formación, para esta tarea?
-Ella había estudiado Ciencias de la Educación. Eso también es muy interesante. Es decir, tenemos una mujer, en la década del cuarenta que, en La Plata, se pone a estudiar en la universidad. Y lo hace, nada menos, que en los comienzos de la psicología en la Argentina. Y eso la convierte en un personaje muy útil para Eva Perón.
-¿Por qué?
-Porque trabaja con niños tratando de descubrir su coeficiente intelectual, para que ellos puedan salir de la pobreza o, sobre todo, de los hogares donde están y puedan estudiar en lugares mejores. Esa es la gran función que tiene Aurora en ese tiempo.
-Eso explica la cercanía entre ambas.
-Por eso, conociéndole la onda, la energía y la intensidad, es muy verosímil que ella, estando al lado de Evita, le encontrara fallas; porque ella era una ilustrada y Evita no. Le habrá dicho: “Evita, te escribí esto. ¿Qué te parece?”. Y Evita lo miraba y lo tiraba a la basura (risas).
-Ella misma lo reconoce.
-Eso es lo bueno, justamente; que ella lo cuenta.
-Es muy atrapante esa faceta de los estudios psicológicos porque ella tuvo grandes maestros de la talla de Alfredo Calcagno, Christofredo Jakob y Bela Székely. Por otra parte, Aurora dice en un momento que los psicoanalistas de diván son unos chantas y se reconoce como psicómetra.
-Sí, totalmente. Pensemos que ella estudia en la época de oro de la psicología y del positivismo en La Plata, que tiene la disciplina no como la entendemos ahora.
-¿De qué manera la abordaba?
-Si bien es una de las primeras lectoras de Freud, la que ella aplica es una psicología de test. Quienes tenemos cierta edad recordamos que era algo muy común. Los test aparecían hasta en las revistas femeninas para saber si sos o no celosa, si vas a conseguir novio, etcétera.
-Pero ella aplicaba métodos científicos, ¿no?
-Claro. Aquellos no eran el tipo de test que hacía ella. Ella hacía el test de inteligencia, vocacionales y, sobre todo, el de Rorschach.
-Tiene todo un relato con este asunto.
-Sí. Es una novela es que se llama Nanina, Justina y el doctor Rorschach. Y te digo la primicia de que va a salir el año que viene.
-Qué buena noticia.
-Es una novela buenísima, muy delirante donde, justamente, ella cuenta su vida como psicómetra. La edita Caja Negra. Es una manera de hacerla circular, también, por editoriales independientes, además de Tusquets.
-Puesto que estamos en temas psicológicos, Aurora también es carne de diván. Al padre le va dando distintos destinos de mal proceder y a la madre, directamente, la despedaza.
-Sí, sí, sí. Era muy cruel o decía que su familia había sido muy cruel con ella. Yo imagino que ese momento de la adolescente que se enamora y los padres que la tratan de prostituta porque es para ellos la vergüenza de la familia; y ella que también está todo el tiempo queriendo diferenciarse; más las lecturas de Leduc, han hecho que Aurora realmente se aferrara a esta idea de madre y padre terribles, no solo en las entrevistas, sino particularmente en las ficciones.
-Dos fuentes que confluyen.
-Aquí hay algo que le dio más fama, justamente, de mentirosa, ya que hablamos del papá. En una gran nota de Leila Guerriero, una crónica, muy larga, ella empieza enumerando las cosas que ha dicho sobre el padre en otras entrevistas. Por ejemplo, decía que estuvo preso, que jugaba a los caballos, que la echó de la casa, que nunca le echó de la casa sino que fue él quien se fue de la casa…
-Con este antecedente, ¿cómo manejaste vos el argumento?
-A Aurora Venturini la entrevisté bastantes veces y nunca le hice estas preguntas porque me di cuenta de que le molestaba mucho hablar de ciertas cosas. Era bastante esotérica, también. Entonces tenía esa idea de que, si había ocurrido algo tremendo con el padre, que nunca sabremos qué es, ella prefería no nombrarlo.
-¿Pero no le insistían?
-Le insistían un montón en las entrevistas. Entonces, bueno, se revelaba y ahí inventaba algo.
-¿Puede ser que, en algún momento, ella dejara traslucir que sufrió un abuso sexual?
-Sobrevuela. Dejo que sobrevuele y que un lector como vos pueda entender eso. Ella lo que dice es que encontró a su padre golpeando más de una vez a su madre. Es una de las últimas versiones que da.
-Complicado transitar por ese laberinto, ¿no?
-Me parece interesante entender esto. Cuando a alguien le preguntan sobre el padre y si, voluntariamente, porque no estaba loca y no era ninguna tonta, da versiones diferentes todos los días, algo nos está queriendo decir.
-¿Y a vos qué te dice, en definitiva?
-A ver, ¿tengo que pensar que la última versión, que es la que me dio a mí, es la verdadera? La verdad que no. Sí hay unas declaraciones medio extrañas, más que de abuso sexual, sobre violación y golpes cuando ella va presa en el '55.
-Vos mencionaste que era esotérica. Hay todo un tramo relativo a su interés por la brujería, los textos sibilinos y sus sesiones para comunicarse con los muertos. Uno de sus intentos fue hacer contacto, nada menos, que con uno de los grandes poetas malditos de la historia, François Villon.
-(Ríe) Sí. También. ¿Creía o no creía? Sí, creía. Con François Villon es una de las primeras y grandes biografías que ella escribe. Se pone a estudiar su vida. Y no estudia a cualquier poeta. También estudia a Lautréamont.
-¡El Conde! Lo podemos poner a la par de Villon.
-Exacto. Lo podemos poner a la par en su malditismo. Y ahí tenemos a los verdaderos padres de Aurora Venturini. Se va apropiando de características de ellos. Los estudia. Y la referencia que estás haciendo respecto del tema de comunicarse con Villon, es que, en esa biografía, en un momento, dice, sin ninguna vergüenza y sin ninguna ironía, que, cuando la estaba terminando, hizo el juego de la copa para a ver si él se aparecía.
-¿Y?
-Efectivamente Villon se aparece y le critica algunas cosas que está escribiendo, pero, en general, la felicita.
-Genial.
-Obviamente es un recurso poético, literario. Pero tengo que agregar que, cuando presentó el libro, hizo ella misma ese mismo juego adelante del público. Digamos que iba a fondo.
-Esa ambivalencia total de Venturini le da un toque especial. Muestra su perfil peronista, criollista y gauchipolítico. Al mismo tiempo está encantada con París, con Villon, Lautréamont y Rimbaud. Son como dos almas distintas.
-Sí. Muy de época y muy platense. Aurora Venturini tuvo siempre la sed de pertenecer. Es una muchacha que nace en las afueras, en City Bell. La intelectualidad de la época, y te diría casi hasta hoy, era mirando hacia Europa. Entonces se preocupa por aprender francés. Pero, a su vez, viene de una familia radical.
-¿Qué significa eso?
-Cuando decimos una familia radical en esa época se trata de una familia muy progresista porque estaban gobernando los conservadores.
-Decir radicales era sinónimo de yrigoyenistas, ¿no?
-Exactamente. Pero es una familia que también sufre mucho por eso mismo. Y ella quiere ir un paso más atrás y se hace peronista, en una ciudad que no es peronista.
-¿Cómo lo decodificamos, entonces?
-Yo diría estas dos cosas: por un lado, quiere pertenecer y quiere ser una señora de la sociedad, perfecta, bien vestida, respetada. Pero no lo logra. Entonces se desbarranca por todos lados.
-Hay una cosa curiosa. Ella había estado casada con un intelectual reconocido como Fermín Chávez. Pero vos contás que, cuando le dan el premio de Página 12, algunos sabios de la tribu como Sasturain, Saccomanno o Alan Pauls casi que no la conocían. ¿Cómo se entiende esto?
-Acá tenemos que poner una lectura feminista del tema. Se había casado con Fermín Chávez, estaba publicando con él. Pero como se trataba de un matrimonio grande, de viejos, pasando los 75 años, era una sombra. Salvo en el mundo muy, muy, muy peronista, que los veía juntos en las reuniones, el haberse casado con Fermín Chávez no le sirvió de nada en cuanto a poder salir de la oscuridad.
-¿Cómo era la onda entre ellos, en ese sentido?
-Chávez no es que la nombrara mucho. No es que la hiciera participar ni nada. Sí tenían dos escritorios juntos, uno al lado del otro, y se la pasaban escribiendo, leyendo y publicando. Por otra parte, Fermín Chávez era muy respetado, pero tampoco diríamos que salía en la televisión ni lo publicaban las grandes editoriales.
-Aquí, en este tramo, se reafirma el rasgo cruel de Venturini porque, además de hablar muy mal de su clan familiar, termina enterrando a sus dos ex maridos, el juez Eduardo Varela, con quien vivió treinta años, y Fermín Chávez, del que termina diciendo que era sucio, bebedor y otras iniquidades. Eso no hace, ¿no?
-Sí, sí, sí. La verdad es que tiene un ejercicio de la crueldad y, en un punto, de necedad con las historias amorosas, tanto con la familia como con sus maridos con los que, en algún momento, por lo pronto, a partir de los testimonios, se casó entusiasmada, aunque ella después lo niegue.
-¿Por qué tanto revanchismo con Chávez?
-Te quiero decir que, respetando la figura de Fermín Chávez, lo que yo puse en la biografía es una décima parte de todo lo que decía y de todo lo que escribió en una de las novelas.
-¿Mucho peor, entonces? ¡Tremendo!
-Tremendamente peor. Lo defenestra de un modo terrible. Obviamente es una novela. No dice la palabra Fermín. Estamos hablando de ficción. Pero es obvio que se está refiriendo a él, como es obvio en muchas otras historias en las que decide centrarse en sus hermanas o en personajes reales. Sí, tenía mucho rencor.
-Es muy ingrato todo esto porque, además de la convivencia, una vez que el juez falleció ella terminó viviendo de la pensión que le dejó.
-Bueno… qué le vamos a hacer. Ella te diría: “¡Viví treinta años con ese monstruo!” (risas). Yo no digo que lo fuera, pero es algo legal eso.
-Cabe preguntarse, teniendo en cuenta las mentiras que hacen más atrayente y compleja todavía la historia de Venturini: ¿vos creés que tiene una doble personalidad tipo el doctor Jekyll y el señor Hyde, o ella es, como en la película de Tim Burton, el gran pez?
-No tiene una doble personalidad. He intentado que no pareciera eso: ni que era una mentirosa compulsiva, ni que tenía doble personalidad, ni que estaba loca. Esa particularidad la tuvo siempre, no en la vejez. Digo esto porque la conocimos de 85 años y siempre está la tendencia, en la que me incluyo, de exclamar: “¡Ahí viene la vieja loca!”.
-Entonces, ¿cuál sería la calificación final?
-Aceptaría la figura de El gran pez porque, como en el final de esa película, de pronto te vas encontrando con personas o testimonios de cosas, de las más inverosímiles que dijo, que resulta que eran ciertas. Esto es lo que pasa en El gran pez: todas las fantasías, de pronto, tienen carne y hueso.
-¿Con Venturini también?
-En el caso de Venturini, ¡todas tienen carne y hueso! Respecto de la alusión que hacías al marido, hoy en La Plata, según dicen los hijos de quienes han sido sus vecinos, el tipo era un tremendo golpeador. Qué sé yo. Capaz que son habladurías. Pero, bueno, es lo que se dice. A lo mejor ella tiene esa revancha.
-Aparte, era medievalista, supersticiosa, católica. ¡Tantos rasgos! Era vecina de John William Cooke, de quien luego se separa. Es parte del itinerario de cierto peronismo. La izquierda de Cook no le cuadra porque se define como católica. O sea, es como una peronista conservadora, ¿no?
-Ahí tenemos el gran abanico peronista. Y, si querés, te digo, casi, por momentos, que resultaba una peronista de derecha. Tenía una filiación con los cabecitas negras, con los pobres. Está todo ese trabajo real y muy interesante, que aparece en toda su obra, con la infancia y con la adolescencia minusválida, donde se comprometió tremendamente.
-Pero también era crítica de otros jóvenes.
-Sí, por supuesto. Estaba en contra de los imberbes.
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