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Miguel Vitagliano rescata vida, obra y época de Guillermo Hudson que, hasta hace poco, se leía en las escuelas

Miguel Vigliano habló sobre su última novela "Viaje a las cosas", donde se rescata la obra de Guillermo Enrique Hudson, que testifica una época y fue hasta hace poco material de lectura obligatoria

Para Miguel Vitagliano la vida es una novela.

Hasta tal punto lo apasiona esta vocación de escritor que enseña teoría literaria y semiótica en la universidad con el fin de enriquecerla lo más posible.

Su mirada es amplia, englobante en todos los sentidos posibles. Lo demuestra en su nuevo libro, donde, a partir de la vida y la obra de Guillermo Enrique Hudson, elabora un consumado panorama intelectual de su época.

Ratifica esto afirmando que "las novelas tienen un modo particular de captar las sensaciones de un tiempo".

Hudson, que alguna vez fue lectura obligatoria en las escuelas argentinas, es un eje a partir del cual rotan idearios, estampas sociales, títulos canónicos y personajes de la talla de Darwin, Humboldt, Conrad, Melville, Flaubert, Cunninghame Graham, Borges y un muy variopinto etcétera.

Un cuadro fascinante.

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Viaje a las cosas es, apenas, el segundo capítulo de una trilogía, comenzada con Enterrados (2018) y que no tiene demasiado interés, por ahora, en dar por terminada.

Charla apasionante

“No me apuro. Estoy disfrutando con la escritura”, avisa sobre el final de esta charla con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Miguel, es tremendamente atractiva la compaginación que hacés de temas, de personajes y de tiempos en tu libro.

-Muchas gracias. Las novelas tienen ese poder, ¿no? Y no hablo de mi novela, hablo de “las” novelas.

-Sí, como género.

-Esto que llamamos novelas tiene ese poder de captar sensaciones y captar relaciones que, a veces, los discursos, en las disciplinas, por separado no las pueden ver.

-¿Cuál es su mayor riqueza en ese sentido?

-Hay una cuestión. La novela tiene mucho que ver con la sensibilidad de un tiempo. Es como una máquina que capta sensibilidades. Es el poder de la novela, creo yo.

-En tu entramado, te tomás algunas arbitrariedades que le agregan encanto a la narración. Por ejemplo, tu personaje central es Guillermo Enrique Hudson, de quien vas desarrollando la historia. Pero, de repente, pasás lo más campante a contar la vida y la obra de Joseph Conrad, entre otros.

-(Ríe) Sí, sí. Era un desafío hacer eso. Y a mí me gustaba entrar en ese desafío.

-Pero volvamos a tu protagonista.

-La novela recorre, sí, la vida de Hudson que durante treinta y tres años vive en Argentina. Es hijo de estadounidenses y al llegar a esa edad viaja a Inglaterra y se queda a vivir allí, donde hace toda su obra literaria y científica.

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Guillermo Hudson (4 de agosto de 1841-18 de agosto de 1922), hijo de un granjero estadounidense, nació en Quilmes, Buenos Aires, y plasmó magistralmente para la posteridad su época.

Guillermo Hudson (4 de agosto de 1841-18 de agosto de 1922), hijo de un granjero estadounidense, nació en Quilmes, Buenos Aires, y plasmó magistralmente para la posteridad su época.

-Es importante resaltar esto porque, como Hudson desarrolla toda su obra literaria en Londres, uno tiende a pensar que era de descendencia inglesa y no norteamericana.

-Es cierto, es cierto. Pero, esos estadounidenses, justamente, tenían la sensación de que su casa, home, era Inglaterra. Entonces, todo el mundillo, toda la comunidad británica en Argentina, que era muy importante y que después siguió siéndolo, sentía que había que volver a casa. Y ese hogar era Inglaterra.

-Clarísimo. La madre patria, para ellos.

-Por eso es interesante, hablando de estas relaciones que hace la novela, recordar a todos los argentinos que participaron en la Segunda Guerra Mundial, como voluntarios. La mayoría eran descendientes de británicos que sentían que estaban peleando por eso que también era su país.

-Una cuestión de raíces.

-Claro. Su país era Argentina, pero también a su sangre la tiraba Inglaterra. Es esto que nos pasa a otros con Italia, con España. Tiene que ver con nuestra ascendencia.

-Es que en aquella época fundacional estaba todo más mezclado. Hace poco entrevistamos a Federico Lorenz que, en La balada de Jimmy Cross, relata cómo eran las Malvinas en los albores del siglo XX y al protagonista de su historia le ocurre algo similar: siendo malvinense siente que tiene que ir a pelear por el país de sus ancestros, Inglaterra, en la Primera Guerra Mundial.

-¡Claro! Sí, sí, sí. Son estas vueltas de la vida. Volviendo a lo que decíamos en un comienzo: si las novelas tienen un poder es porque se lo captaron a la vida que vivimos. Y esa vida que vivimos a veces se olvida de su propio poder.

-¿A qué te referís con esto, siendo un teórico de la novela?

-A las tramas que parecen azarosas, imposibles, mágicas, que nos suceden en la vida.

-¿Qué se hace con eso? ¿Cómo se trabaja?

-Esas relaciones mágicas, extrañas y sorprendentes que suceden en la vida, la novela las toma. Y a veces lo hace con mucho cuidado porque le parecen imposibles. En esas relaciones está lo que la novela sabe de la vida y que la vida olvida de sí misma.

-Le has dado forma a un concepto clave.

-Bueno… yo confío en que las novelas tienen un modo particular de captar las sensaciones de un tiempo.

-Por otra parte, tu libro le hace justicia a Allá lejos y hace tiempo, que alguna vez fue un libro canónico, a la par, tal vez, de Facundo y Martín Fierro, pero hoy es una novela olvidada en la Argentina.

-Sí. Se la deja bastante de lado. Yo lo planteo un poco en mi libro. Hasta finales de los años sesenta, principios de los setenta, Allá lejos y hace tiempo era una lectura en las escuelas. ¡Se leía en las escuelas! De a poco fue quedando atrás.

-¿Por qué, según vos?

-Porque el campo adquirió otro tipo de significaciones. Esto es increíble, cómo un espacio también se va cargando de sentidos diferentes, ¿no? Y el campo ya no significa lo mismo, tampoco la relación Buenos Aires con las demás provincias. Va cambiando. Es muy dinámico, es cruel, es difícil, es complejo y no podemos ser ajenos a eso.

-Lo cual arrastra a algunos autores.

-La literatura de Hudson también cayó en la volteada o en la boleada, y se quedó un costado. Y sin embargo es un escritor muy potente, muy potente, más allá de si lo consideramos un escritor argentino. ¿Viste? ¡Esas cosas son tan raras!

-Sí. Hasta Piglia, ¡nada menos!, entró en esa.

-Sí, pero lo de Piglia estaba anclado en su época. Él lo plantea en el 78, primero. Pero después tiene una lectura muy potente acerca del valor de Hudson, hasta que, en su última novela, El camino de ida, Hudson está dando vueltas por allí, tiene un lugar clave.

-¿Qué queda, entonces?

-Yo creo que Hudson es un escritor que, para los porteños, y perdón, que haga esta marca; para los porteños, a veces Hudson es solamente un lugar de paso que está en la ruta para ir a la costa (risas). Pero él es mucho más que eso.

-Pongámoslo en valor, pues.

-Hudson es un escritor notable, que se cruza con la literatura gauchesca; que, como científico, hasta discutió con Darwin. En fin, un escritor maravilloso que yo acá relaciono con la vida de los escritores con los que él participó a fines del siglo XIX en Londres.

-Hay otro matiz que pone en relieve tu libro y es que el Hudson de Argentina todavía no entra en la literatura. Eso ocurre recién en Londres. Aquí es el personaje dedicado a la ciencia, que se lía con un tótem como Darwin, con Humboldt a la vera de todos ellos.

-Sí, claro. Vos sabés que uno de los problemas que tenía Hudson era que, cuando estaba con los escritores, decía yo no soy un escritor, yo soy científico; pero, al mismo tiempo, con los científicos decía yo soy un escritor.

-¿A qué obedecía ese ir y venir?

-Un juego de contradicciones. Digamos, no tenía el perfil clásico del hombre de letras de fines del siglo XIX. Y este no tener el perfil clásico es lo que hace que hoy nos resuene mucho más contemporáneo. Justamente ese es uno de los aspectos que a mí me interesaba en la composición de la novela.

-A partir de ese dato, de esta iluminación del personaje, ¿Cómo planificaste el sentido general de tu libro?

-Mi libro es una novela que trabaja sobre cuestiones literarias y juega a ser ensayo y es ficción y bueno… estos juegos que tiene mi novela y la novela en sí, eran un poco los mismos planteos que tenían los textos de Hudson.

-¿De qué manera se componían esos “juegos” de Hudson?

-Las narraciones tenían elementos de mirada del naturalista. Y las miradas del naturalista, los textos naturalistas, tenían elementos de narración ficcional. Entonces, ¿cuál es el límite?

El amor por los pájaros

-Llama la atención, por otra parte, que habiendo nacido en La Pampa y moviéndose todo el tiempo a caballo, Hudson se enamora de los pájaros. Los que se enamoran de los caballos, en cambio, son algunos de los escritores ingleses que lo rodean.

-Podríamos decirlo de otra manera. Él también está enamorado de los caballos. Lo que pasa es que él es un pájaro.

-(Risas) ¡Qué singular retrato!

-Él es un pájaro enamorado de los caballos. Entonces, no está enamorado de los pájaros. Es un pájaro más.

-¿Se daban cuenta de eso en su entorno?

-Jessie Conrad, la esposa de Joseph Conrad, llega a contar algo que él menciona en otros textos y que le escucha decir; y es que Hudson no creía en las personas que no se parecían a los pájaros.

-¿De qué manera funcionaba eso?

-Si una persona no tenía algo de pájaro, no había un vínculo. Se sabe que, en determinados momentos de su vejez, lo que hacía era calcular cuántos eran los cantos de pájaros que recordaba. La cuenta llegaba a ciento cincuenta y pico. ¡No sabía cuántos había olvidado! Ahora bien, ¿Cómo vos podés recordar lo que olvidaste?

-Aprovechando que abriste esa puerta con tu imaginación de novelista, si Hudson era un pájaro, ¿Cuál tipo de pájaro?

-(Ríe) En la novela yo planteo que la calandria de tres colas era el pájaro de su mujer, porque es el pájaro que imita voces. En cuanto a él, no sé… no sé… Le podría gustar un cóndor.

-Pero es un ave más nuestra, de la montaña, no de la pampa.

-Sí, claro. En su casa, la última casa, que hoy existe, yo la visité y tiene en Londres una placa que dice: “Aquí vivió el escritor William Henry Hudson”; él tenía allí el Illimani.

-Sí, está muy bien mencionado en tu libro.

-Él llamaba Illimani al altillo donde él pasaba todo el tiempo. Y le había puesto así porque era la casa del cóndor.

-Toda una metáfora. Y con resonancia boliviana.

-El Illimani está en Bolivia, sí.

-Ya que estamos, ¿vos qué pájaro serías, Miguel?

-¡Ay, ay, ay, ay! No lo sé. No tengo una verdadera atracción por los pájaros. Me asombran los pájaros. Pero si yo te tuviera que decir que a mí me gusta un animal, ese es el elefante.

-¡El elefante! ¿Y por qué?

-En mis novelas aparecen mucho los elefantes. Me gustan mucho. No sé… me interesa la torpeza del elefante; una torpeza que, al mismo tiempo, es muy graciosa. Y no graciosa de chiste, sino que tiene gracia su torpeza.

-Te da ternura, también.

-Sí, sí. Me parece que hay una cuestión de elegancia en los movimientos. Es alguien que es demasiado grande y que no entra en ningún lugar.

-Entendido.

-Ah, fijate qué interesante cuando vos me decís esto de los pájaros. Cuando yo te defino mi interés por los elefantes, en realidad estoy hablando de un poema de Baudelaire, “El albatros”, otro pájaro.

-¡Claro! El torpe al que fustigan los pasajeros del barco.

-Exacto. El torpe albatros, cuyas alas son tan grandes que, cuando está en la tierra mundana o en los barcos, tropieza con sus alas, ¡porque es demasiado grande! Tal vez sea eso lo que me gusta de los elefantes y también de los albatros.

-Hablando de Baudelaire, también entra lateralmente Flaubert, por ejemplo. Madame Bovary o Salambó terminan siendo novelas bastante significativas en tu trama.

-Absolutamente. Siempre. Es un escritor que me gusta mucho.

-¿Qué querés decir con “siempre”?

-A lo que me refiero es que esta novela forma parte de una trilogía. Esta es la segunda parte.

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Portada del libro de Miguel Vitagliano sobre Guillermo Hudson.

Portada del libro de Miguel Vitagliano sobre Guillermo Hudson.

El origen de la trilogía

-Recordanos el origen de la saga.

-La primera novela de esta trilogía se llama Enterrados, que apareció hace tres o cuatro años.

-¿A qué apunta el conjunto?

-La trilogía, lo que pone en juego, son cuestiones que tienen que ver con la novela. La primera, ponía en relación la historia y el poder de la ficción. Esta segunda pone en juego, más que nada, el lugar de los escritores. Y la tercera es sobre la novela misma, la forma novela.

-Son juegos, como vos decís. ¿Cómo están organizados?

-La trilogía no está atada por una temática, sino por un problema. Y una de las cosas de los problemas que me interesa es ver la situación de la novela. Entonces, Flaubert aparece en todas.

-Está a la vista. Flaubert es uno de tus escritores fetiche.

-Ciertas problemáticas de Flaubert aparecen en todas, como Robinson Crusoe aparece en todas, lo mismo que Darwin.

-¿A la tercera parte de la trilogía la centrás en un personaje como Hudson o no?

-No. No está centrada en un tipo de personaje. Transcurre en el presente, después del Covid y se desarrolla en el sur de Italia, con argentinos allí. Tiene que ver con Robinson Crusoe.

-En Viaje a las cosas también pasás por el Covid y llegás, incluso, a Ucrania, en ocasión del regreso de Conrad a su pueblo natal, que en ese entonces pertenecía a Rusia.

-Sí. Estas cosas me encantan.

-Obvio. Son tus juegos.

-A mí me gusta mucho un escritor inglés que se llama John Fowles. Él escribió una novela maravillosa que muchos de nosotros conocimos por el cine, La amante del teniente francés, con guion, nada más y nada menos, que de Harold Pinter. ¡Como si fuera poco!

-¿Qué te atrapó de esa novela “maravillosa”?

-Es de fines de los años sesenta. Vos vas leyendo y se corta, se interrumpe y te dice: claro, este es el momento en que el novelista tendría que presentar a los personajes. Pero ¿cómo hacer eso en la época de Brecht, de Barthes?

-¿Cómo?

-Entonces empieza a cambiar las cosas. Bueno, a mí esas interrupciones me encantaban. Me gusta que la novela, cuando ya tengo atrapado al lector, o creo que está atrapado, en una trama del siglo XIX, de repente aparezcan Ucrania o el Covid, porque eso tiene que ver con este presente nuestro que nos desangra.

-Justamente, esas arbitrariedades tuyas logran sorprender. Por ejemplo, en algún momento estás hablando del pasaje de Hudson por Buenos Aires y hacés un flash dirigido a la última dictadura y a una persona desaparecida.

-Sí, sí, sí, totalmente. Con Adriana Laborde.

-¿De qué manera establecés la conexión?

-Hudson creía en la telepatía por la conexión que tenía con los animales. Estaba convencido de que, hasta los ocho o nueve años, las personas teníamos una vinculación con todos los seres vivos, muy directa y que después empezábamos a olvidarla. Y él se propone, no solo mantenerla presente, sino ser un chico de ocho años toda la vida; mantener ese contacto con los seres.

-¿Qué significó en su vida?

-Él pensaba en la telepatía en las personas, pero sobre todo pensaba también en la telepatía con los animales, con los seres vivos, en las conexiones. Él creía profundamente en eso. Digo esto porque, en la novela, lo recorre al personaje constantemente. Y él escucha voces.

-¿De qué manera escucha voces?

-Escucha voces como los escritores, generalmente, escuchan voces, ¿no? También los locos.

-¿Y cómo lo afecta?

-Él escucha voces y no sabe qué son, si tienen que ver con sus miedos, con sus cosas. Y en un momento se pone a pensar si las voces no pueden ser del futuro. Tal vez no pertenezcan del pasado.

-¿Y qué hacés vos con eso?

-Lo que figura en la novela es que él está yendo para su casa, por un camino de la zona donde también estuvo Adriana Laborde, secuestrada. La llevaron maniatada cuando estaba embarazada para parir. Entonces, lo que propongo es por qué esa voz del futuro no pudo ser la de Adriana Laborde.

-Sí, es un “juego” muy sugerente. ¿Con qué grado de verosimilitud?

-Al final, yo aclaro que es imposible que haya sido la voz de ella. Pero, sin embargo, la voz de ella también sirvió, después de muerta, para los juicios a los genocidas. Las cosas que puede hacer la novela, ¿no?

-¿Vos escuchás voces como escritor?

-Y… digamos… un poquito, sí.

-¿Pero te torturan o no? A Hudson lo torturaban algunos sueños.

-Yo siempre escucho voces. “Quien habla solo espera hablar a Dios un día”, decía Machado. En fin, me parece que uno habla con uno todo el tiempo. Y cuando uno habla con uno, es porque está poblado de voces.

-También merece destacarse la relación de Hudson con los artistas plásticos de su entorno. Era una época, además, donde se acostumbraba editar los libros ilustrados, ¿no?

-Los libros naturalistas, sí, por supuesto, tenían ilustraciones. Pero también los textos de ficción estaban ilustrados. Y no porque se los considera infantiles, sino porque era una compañía que tenía el texto. Era bastante frecuente en las ediciones.

-Claro, como los gauchos y las escenas campestres que acompañan a algunos títulos de Hudson.

-Lo que me gustaba plantear era que él mismo también había posado. Y si alguien podría pensarlo como una ficción, yo ahí pongo, justamente, algunos ejemplos donde él está posando para unas novelas. Tengo la reproducción.

-Al mismo tiempo que vas desarrollando a tu personaje central, en tu libro se despliegan, por ejemplo, los crímenes de Jack el Destripador, surge el detective Sherlock Holmes o hay reflexiones en torno a El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde como metáfora de la hipocresía de la sociedad londinense. Toda una lectura cultural y sociológica.

-Sí, claro. A mí me interesa mucho. Es que mi trabajo de novelista está atravesado por mi tarea de profesor universitario, en teoría literaria y en semiótica. O sea, que me decidí a estudiar eso porque, en definitiva, mi vocación de novelista me lo estaba reclamando.

-En definitiva, te da por escuchar voces del mundo entero.

-Es esto de escuchar voces. Y quien escucha voces, está escuchando signos por todos lados. El semiólogo es un enamorado del lenguaje o un paranoico (ríe).

-Así es y, entre tantos títulos canónicos que vas poniendo en relación, como Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, no podía faltar la presencia de Melville, habiendo tantos protagonistas que se movían en barcos en ese entonces.

-Por supuesto. Melville tiene un lugar muy preponderante porque también le llamaba la atención al mismo Hudson.

-¿Qué, específicamente?

-Melville, Moby-Dick, el color blanco. Qué implicaba el blanco, con toda la trama religiosa que tiene atrás Moby-Dick. Y, a su vez, esa trama religiosa que lo afectaba a Hudson familiarmente.

-¿Cómo era esa relación?

-La mamá de Hudson pertenecía a una familia de cuáqueros. Entonces ahí tuvo una marca. Uno de sus hermanos va a ser pastor. Él toma distancia, pero, bueno, fue criado en un hogar con ese peso religioso.

-Justamente este tipo de iluminaciones, que parecen secundarias, son parte de la riqueza de tu trabajo.

-Es cierto lo que vos decís de algunas novelas que nosotros leímos de un modo y, en realidad, tenían otro tipo de significación en el contexto en que aparecieron. Doctor Jekyll y Mr. Hyde, que podía considerarse como una novela de terror con su dualidad, en su momento estaba leída como que pertenecía al juego del “mal inglés”.

-¿Qué era el “mal inglés”?

-Tenía que ver con la homosexualidad. Por lo tanto, lo que se sospechaba era que ese hombre extraño, con rostro muy raro, que parecía un criminal y que salía del gabinete del doctor Jekyll, en realidad debía ser su amante y todo el mundo tenía que callarlo.

-Finalmente, pensando hacia adelante, ¿para cuándo el tercer capítulo de la trilogía?

-Supongo que, tal vez, para el año que viene o para el otro. No me apuro. Estoy disfrutando con la escritura. Así, de paso, les damos tiempo a los lectores, que, ojalá, también se puedan encontrar en el libro.

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