Terrorismo de Estado

Marco Bechis y el síndrome del sobreviviente de la dictadura: "Es una marca en el alma que te queda para siempre"

Sobreviviente de las cárceles del terrorismo de Estado en Argentina, Marco Bechis, cineasta destacado por la película Garage Olimpo, acaba de publicar "La Soledad del Subversivo". Allí cuenta su historia

Marco Bechis soporta un enorme peso sobre sus espaldas, una herida abierta en su conciencia: el haber salido vivo de las cárceles de la dictadura argentina.

Pese a lo afortunado de esa circunstancia, el hecho de que muchos de sus compañeros, amigos y conocidos de entonces hayan muerto o figuren entre los desaparecidos, lo colman de fantasmas.

Se trata del lacerante “síndrome del sobreviviente”.

La mejor manera que él ha encontrado para escaparle al vacío existencial y reencontrar el camino es producir, crear. Tiene una sólida carrera como cineasta, con Garage Olimpo (1999) como uno de sus hitos.

Ahora acaba de debutar como escritor con La soledad del subversivo, donde cuenta su historia y expone todas sus reflexiones, sus angustias y sus cuentas pendientes.

Nacido en Chile y de nacionalidad italiana, de padre oriundo de Torino y madre chilena de origen suizo francés, se apresta a dialogar con el programa La Conversación de Radio Nihuil. Se encuentra, precisamente, en Italia, a las afueras del Museo Egipcio de la ciudad natal de su padre.

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Marco Bechis y el libro que lo estrenó como escritor: La Soledad del Subversivo.

Marco Bechis y el libro que lo estrenó como escritor: La Soledad del Subversivo.

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-Hola, Marco. ¿Cómo sobrellevás tantas “patrias” en tu acervo afectivo?

-Yo no me siento italiano. Me siento bien en un aeropuerto porque yo me fui y todavía no llegué. Pero no me siento ni tan argentino ni tan italiano.

-En definitiva, vos constituís todo un menjunje, porque sos chilenos, sos italiano y sos argentino al mismo tiempo. Un blend interesante.

-Nací en Chile, sí, pero al año me mi padre se mudó a la Argentina. Crucé varias veces los Andes, para ir a Chile, desde Mendoza, en unos colectivos que me gustan mucho. De hecho, me crié en la Argentina hasta los 20 años, cuando estuve desaparecido y expulsado. Así que, de alguna manera, mi identidad mayor en América Latina es argentina.

-¿Y tu país actual?

-La Italia, naturalmente, me cobijó. Fui refugiado acá por muchísimos años. Ahora ya no. Y me fui quedando, por más que mi padre fuera italiano y me empujó mucho a esa decisión.

-Como creador hiciste todo un camino en el campo audiovisual, tocando un pico, acá, con tu película Garage Olimpo, en el 99. De repente, hacés tu aparición como escritor. ¿Cómo es esa doble vida? ¿Cuál de las dos disciplinas te da más satisfacciones?

-Ojo. No entré en el mundo de la literatura. Escribí un libro, que no es lo mismo.

-Pero un libro bien potente.

-Pero puede ser también dos en uno, ¿viste?, el primero y el último. Así que vamos a ver. De hecho, me dio muchísimas satisfacciones mi viaje a la Argentina, a Buenos Aires en particular. Me hubiera gustado también hacer un tour por las provincias, pero las editoriales no lo acostumbran.

-¿Con qué miras afrontaste su escritura?

-El libro apuntaba a un público argentino, aunque lo escribí en italiano. Esta es un poco la contradicción de mi identidad, ¿no? Y no lo traduje yo sino que lo hizo una muy buena traductora.

-Sí, Ana Miravalles. ¿Y respecto al cine?

-Respecto a eso, bueno, no se puede vivir de la literatura. Eso lo acabo de entender.

-¡A menos que seas Stephen King!

-(Ríe) Si sos Stephen King o John Le Carré, se podría intentar. Si no, olvídalo. Y, al mismo tiempo, tampoco se vive tan bien con el cine que hago yo.

-Obvio. Particularidades del cine independiente.

-Ahora bien, es apasionante. Si yo no necesitara trabajar para ganarme la vida, escribiría, porque ¡es tal la libertad, en relación al cine!

-Explicame esa libertad.

-La obra uno la escribe y después la va a vender. Es el caso de un pintor o de un escritor. En el caso del cine, hay que venderla antes de hacerla. Porque si uno no vende la película, no la hace. Es todo otro mecanismo de conseguir “clientes”, entre comillas. Muy diferente.

-Entonces, ¿con cuál te quedás?

-Yo creo que me interesan las dos formas. Pero si pudiera elegir, elegiría la escritura. Pero no se vive de eso, como dijimos.

-El hecho de que no seás Stephen King en los libros ni seás Steven Spielberg en el cine, te obliga a ganarte la vida por otro lado. ¿Eso jode a un creador como vos o lo enriquece?

-Este tipo de dificultades son básicas. O sea, yo no me considero un profesional del cine. Un profesional es alguien que está todo el tiempo en eso, piensa solo en eso.

-¿Qué sos, en resumidas cuentas?

-Yo soy un amateur. No en el sentido de alguien que hace las cosas como hobby, sino en relación a la palabra amar.

-¿Qué significa eso?

-En la desesperación del tema, si no amo, si no estoy relacionado íntimamente con lo que tengo que contar, no hago nada; no escribo, no hago cine. Así que paso mucho tiempo investigando, leyendo, viviendo, porque la vida no está hecha de cine ni de libros. Y, al mismo tiempo, voy tratando de encontrar el camino que me lleve a una nueva obra.

-Eso te define como “amateur”, ¿no?

-Un artista amateur en el sentido de amar las cosas que hago, no de ponerme en escritor profesional o en director de cine profesional, un lugar donde ya estuve, por otra parte. O sea que no tengo esa necesidad.

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Bechis estuvo secuestrado en el centro clandestino de detención Club Atlético, en Buenos Aires. Después lo "legalizaron" y lo llevaron al penal de La Plata.

Bechis estuvo secuestrado en el centro clandestino de detención Club Atlético, en Buenos Aires. Después lo "legalizaron" y lo llevaron al penal de La Plata.

-La soledad del subversivo es como una especie de recreación final de los diarios que fuiste escribiendo a través de los años.

-Sí.

-Allí, además de ir contando tu vida, reflexionás, hacés cuentas con vos mismo. Sobre el final decís: “Cuántas personas diferentes fui durante estos últimos treinta y tres años”. Decís: “Mi piel cambia siempre”. ¿Seguís mutando, siendo un camaleón o ya te encontraste, en algún punto?

-El libro me ayudó mucho a encontrarme. Por ejemplo, a reconocerme como víctima después de mi experiencia como desaparecido en el Club Atlético, en Buenos Aires, en el '77, algo que fue breve. Después estuve cuatro meses y medio preso en una cárcel militar, en la Unidad 9 de La Plata. En fin, esa experiencia, digamos, tuvo un “final positivo”, entre comillas.

-¿Por qué ponés positivo entre comillas?

-Porque yo estoy acá hablando todavía de aquella experiencia, mientras muchos otros no están. O sea, que el síndrome del sobreviviente lo tuve siempre y lo sigo teniendo. Fue lo que me empujó a hacer mi obra cinematográfica y ahora literaria.

-¿Y cómo se lleva ese peso que sentís?

-Se puede decir que ser un sobreviviente te obliga a permanentemente a cuestionarte un poco todo. Es como haber sido judío en un campo de concentración y haber zafado. ¿Por qué yo estoy acá y los demás no?

-Pero vos tenés razones bastante claras que llevaron a tu liberación.

-Por más que estén las razones por las cuales yo fui secuestrado, algo que cuento en el libro, es un hecho que va más allá. Es una marca en el alma, se podría decir un poco románticamente, que te queda para siempre.

-¿Con qué consecuencias?

-Eso hace de vos un personaje un poco atípico, que puede ser artista o no. Pero, al mismo tiempo, te pone en una visión crítica respecto de todo lo que pasa. Yo no puedo dejar de analizar la evolución de la sociedad en la cual vivo acá. Cuando voy a la Argentina veo los desastres que están pasando allá. Y entonces es, como te decía al principio, estar en un aeropuerto, donde ya te fuiste de tu casa, una casa que por ahí no tenés y todavía no llegaste al lugar del que no sabés dónde es.

-El aeropuerto, entonces, cobra otro sentido.

-Ese aeropuerto se vuelve tu nueva identidad; un lugar, digamos, que es un limbo, en el cual yo me siento bien. Y eso me llevó a ser un artista. No hubiera sido un artista sin esas heridas, sin ese recorrido.

-Hay una secuencia muy emotiva en tu historia cuando, después de haber zafado de la dictadura y ya en Italia, están viendo en tu casa la final Argentina-Holanda del '78. ¡Vos y tu papá hinchaban por los holandeses, para que la Junta Militar no recibiera un nuevo envión! ¿Cómo lo viviste?

-Yo no soy un hincha de fútbol. Empecemos por ahí. Así que no soy muy técnico.

-Pero te preguntaba más bien por el aspecto sociológico del asunto. Vos sabrás lo que significó el último Mundial para los argentinos.

-Sí. Me gustan las finales, me gustan los Mundiales porque, justamente, desde el '78, sé que se mueven más cosas que un partido. En aquel momento, claro, mi padre, que obviamente también hubiera hinchado por la Argentina y no por los holandeses, estaba un poco conmigo porque, debido a lo que me acababa de pasar el año anterior, entendía lo que yo estaba sintiendo.

-Sí, era más mucho más importante para vos la situación de la dictadura que la justa deportiva.

-De hecho, me acuerdo de una anécdota. Yo estaba en el exilio, en Italia, y fui a Madrid a visitar a unos amigos. Un tiempo después del Mundial. Y me crucé en el aeropuerto con el equipo nacional de la Argentina. Todos con la escarapela, con el saquito. ¡Yo tenía una rabia contra estos tipos que iban y venía de Argentina como si no pasara nada, cuando había miles desaparecidos, en los campos de concentración había torturas y se robaron los bebés y las mujeres eran violadas en los subterráneos!

-¿Y que hiciste?

-Les pasé al lado, a propósito, y dije: “¡Huy! ¡Argentinos!”. Fue lo único que me salió, porque en ese momento, para mí, el argentino que viajaba y que estaba de turismo, era corresponsable de la cosa. Era mi visión. Y un joven jugador, que por ahí no tenía nada que ver y que ni sabía bien lo que estaba pasando, me dijo, todo ofendido: “¡Como vos, pibe! ¡Como vos!”. Ese fue mi encuentro, en Madrid, en un aeropuerto, justamente, con la selección argentina.

-Viniendo un poco más acá en el tiempo, ¿cómo te resultan los reencuentros con el país?

-Me cuesta. Estuve ahora, un mes. Me cuesta, también, imaginar de volver a vivir a la Argentina. Nunca lo he hecho. Siempre he vuelto a trabajar, a hacer mi obra. Pero, claro, sigo por las calles, miro las baldosas, que ya no son las mismas de aquel entonces, y trato de reconocerlas porque eran los caminos que hacíamos con los compañeros que ya no están.

-Un sentimiento que no te abandona.

-Es un poco un cementerio sin tumbas, ¿no?, porque son tumbas anónimas. Y, sin embargo, el lugar me recuerda, cuando voy, a todos mis amigos de la época... a las Madres de Plaza de Mayo, que son muy amigas mías, a los hijos de desaparecidos... Estoy en esa. Estoy en esa.

-Se entiende. Se entiende cómo te movés por acá.

-Por lo cual es difícil que yo llegue a la Argentina y me vaya a la cancha o a hacer algo demasiado frívolo en una ciudad, para mí, importante, que está muy, muy atada a esa memoria, a esos momentos.

-¿Y el país de hoy cómo te pega?

-Cuando leo lo que está pasando ahora que se empieza a cuestionar el tema de los desaparecidos, etcétera, etcétera, con esta gente de extrema derecha… Yo no los nombro.

-¿Por qué?

-Porque mientras más se los nombra, más se les hace el juego.

-¿Te inquieta qué pueda pasar?

-Creo que es una señal preocupante, pero no me asusta porque, de hecho, con lo que ha pasado con los juicios en Argentina, se ha avanzado tanto: hay más de quinientos militares o exmilitares que están con condenas; algunos, la mayoría, con prisiones perpetuas, están en la cárcel común.

-Sí. Es un diferencial argentino.

-Videla se murió en una cárcel. Pinochet se murió en su cama, en su casa. Entonces, hay ejemplos de justicia que yo creo que las nuevas generaciones captan y ya tienen como asentados en sí mismas.

-Pese al ruido circundante, ¿no?

-Todo este jueguito, ahora, de decir “ah, no, era una guerra, pero qué sé yo”, no me asusta. Yo no creo que vaya a ir más allá de los eslóganes. Es una campaña política desastrosa que está atomizando y no sé cómo va a terminar. Pasados los debates, llega el día de la verdad.

-El tema de los setenta siempre vuelve y se metió en la campaña. Lo ha hecho, sin ir más lejos, esta gente que no querés nombrar, como Milei y su vice Villarruel, que acusan a Patricia Bullrich de poner bombas en los jardines de infantes como montonera, etcétera. ¿Cómo lo tomás vos, que también fuiste crítico de algunos extravíos de la guerrilla como, por ejemplo, el “costo político” de inocentes en algunas acciones?

-Sí. Esa mirada crítica ya estaba, por ejemplo, en Garage Olimpo, porque allí hay dos figuras femeninas que son militantes; una, en la villa y la otra es una guerrillera que pone una bomba debajo de la cama de un militar, que muere. O sea, que la visión crítica siempre estuvo en mi visión política de lo que había pasado en los setenta.

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Garage Olimpo, la película de Marco Bechis.

Garage Olimpo, la película de Marco Bechis.

Garage olimpo di Marco Bechis

-¿Qué cambia en La soledad del subversivo?

-Ahora, en el libro, soy más explícito. Y lo hice también porque, cuando lo escribía, estaba muy afianzado sobre el hecho de que los juicios avanzaban y avanzaron y hubo más de quinientas condenas. O sea, llegó el momento de decir cómo fueron las cosas, sin miedo.

-Sin pausa, también.

-Hay que seguir haciéndolo. Digamos, mi visión crítica respecto a los setenta no tiene nada que ver con la de esta gente que acabás de nombrar. Es como el agua y el aceite.

-¿Qué te separa, en definitva, de ellos?

-Ellos dicen lo suyo por motivos políticos, por motivos electorales o porque, en una de esas, por cuestiones de familia, les conviene para que alguno se vaya a la domiciliaria. Pero lo máximo que pueden obtener es eso: que algún militar de la cárcel vaya a domiciliaria, que es una injusticia porque no le corresponde. Pero seguro que no se van a poder ir de vacaciones a Saint Moritz, como hacían alguna vez los militares.

-Un momento muy impactante es cuando te encontrás en Milán con Juan Gelman, el poeta al que muchos leíamos en aquella época, que te quiere enganchar como correo entre Europa y los cuadros guerrilleros en nuestro país. Y ahí dejás una reflexión significativa: “Pensé en la torpeza de los poetas incorporados a las organizaciones armadas”.

-Yo quise nombrarlo a Juan Gelman, también con cariño, porque yo mismo participé, como cuento en el libro, aunque muy lateralmente, del movimiento guerrillero, por más que yo no fuera un guerrillero que está estructurado adentro de la organización.

-O sea, había alguna comunidad de espíritu.

-Yo también estuve enceguecido por la misma fiebre que tenía Juan Gelman en ese momento. Después se le pasó.

-¿En qué sentido se le pasó?

-Casualmente yo estaba en Italia, por dos meses, para visitar a mis padres. Y me volví a la Argentina. No sé por qué me volví. Pero ese es otro tema. La cuestión es que, al año siguiente, todas las críticas que yo hice frente a él sobre la situación argentina que había vivido en Buenos Aires, Gelman repitió las mismas cosas.

-Lo concreto es que en ese momento vos estabas lleno de dudas.

-Era evidente que la contraofensiva, todo lo que fue la vuelta de los montoneros desde España, fue una masacre. Todos desaparecidos, todos muertos, familias enteras. Hubo inclusive madres que dejaron a los hijos en España y se fueron y desaparecieron. Entonces, esa locura militarista habría que profundizarla.

-Vos lo vas planteando todo el tiempo en el relato.

-Yo en el libro lo trato. Y lo hice a través de mi experiencia personal. No quería hacer un tratado sobre cómo los montoneros se equivocaron en muchas cosas. Hay un libro ahora de Daniela Slipak, que presentó muy amablemente el mío en Buenos Aires, que se llama Discutir Montoneros desde adentro, y que analiza eso mucho mejor que yo.

-Bien. Son lecturas complementarias.

-Yo no lo quise hacer de manera sociológica ni política, sino desde el punto de vista personal. Volviendo a mi encuentro con Gelman, un hombre maduro, para mí, que tenía veinte años, era el encuentro con un maestro, un artista. Yo también había leído sus poesías.

-¿Y qué pasó cuando te hizo su proposición?

-Me imaginé otra cosa cuando le decía, mirá, yo no estoy capacitado para hacer lo que vos me pedís, pues lo que quiero es ser un maestro primario, irme al Norte, trabajar en las escuelas indígenas y competir con los curas que les lavan la cabeza, porque quiero que se mantengan sus tradiciones originarias. Esa era mi idea en el '76.

-Correcto. Esa era tu idea de base. ¿Y qué pasó?

-Imaginé que, siendo un poeta y un hombre sensible, como todo poeta de su nivel, me habría entendido. Y, sin embargo, lo que primó en ese momento fue su encuadre, su militancia, su jerarquía. Me trató como un coronelcito trata a un soldado de mierda.

-¿Qué quedó, a fin de cuentas, con el tiempo, de esa experiencia?

-Me pareció que había que contarlo. Pero yo no tengo nada contra Juan Gelman, al que adoro y sigo leyendo sus poesías.

-Se volvieron a ver en México, ¿no?

-Como vos recordás, cuando me volví a encontrar con él unos veinte años después, ni se acordaba de mí. Pero vio Garage Olimpo conmigo en la sala. Había mucha gente. Pasamos la noche comiendo y chupando como si nada.

-Y no le dijiste nada.

-No le quise decir. No quería meter el dedo en la llaga. Aparte que, en aquel momento, yo no sabía que él estaba completamente enloquecido. Le habían secuestrado al hijo y a la nuera. Digamos, no se puede juzgar. Yo lo que quise fue, simplemente, contar mi experiencia.

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A la primera persona que Bechis vio cuando terminó su secuestro fue al Premio Noble de La Paz, Adolfo Pérez Esquivel.

A la primera persona que Bechis vio cuando terminó su secuestro fue al Premio Noble de La Paz, Adolfo Pérez Esquivel.

-Otra instancia llamativa es cuando a vos te sacan de la reclusión clandestina y te llevan a una cárcel común. La primera persona que ves, fuera de los uniformados, es nada menos que Adolfo Pérez Esquivel, que te sirve un té. ¿Qué sentiste cuando le dieron el premio Nobel?

-Me pareció una muy buena noticia. Y lo asocié a su persona, que había sido muy solidaria conmigo en ese momento tan especial; la primera persona humana que yo vi cara a cara, después del secuestro donde estuve vendado siempre.

-Después de ese encuentro los llevaron a otro establecimiento, ¿no?

-Después fuimos trasladados juntos a la Unidad 9 de La Plata. Yo lo perdí de vista porque fue a otro pabellón. Y, como cuento en el libro, lo volví a ver desde lejos. Lo saludaba en las rondas que se hacían de recreo. Pero su cara había cambiado.

-¿Supiste por qué?

-Yo creo que, desde que lo había visto en la Coordinación Federal, cuando salí de la del Club Atlético, hasta que lo volví a encontrar en la ronda del recreo, parecía que le hubiera pasado algo muy grave. Seguramente lo torturaron, lo interrogaron y qué sé yo.

-¿La relación terminó ahí?

-Después nos volvimos a ver afuera, algunas veces. Fue después de su premio Nobel, que fue realmente muy importante. Como el que vienen de darle a una mujer iraní (Narges Mohammadi), que está presa en este momento por su protesta en favor de la libertad, especialmente de las mujeres, en Irán.

-Recién puntualizabas que Pinochet murió en su cama. Se recuerdan, este año, a los cincuenta años del golpe en Chile. Te pregunto, como cineasta y como chileno, ¿viste El Conde de Pablo Larraín?

-No lo vi. No lo vi todavía.

-Sería muy valiosa tu opinión porque se trata de Pinochet convertido en vampiro, toda una metáfora del Chile actual.

-Sí, sí, sí. Lo tengo que ver. Lo que pasa es que a mí me gustó mucho la primera película de Larraín, Tony Manero. Pero no me gustaron las últimas, así que estoy medio prevenido. Pero, bueno, la veré porque el tema me interesa.

-Hubo otra anécdota crucial en tu vida. Estabas en Estados Unidos, muy cerquita de donde mataron a John Lennon. ¡En el mismo momento! Muy impactante, ¿no?

-Impresionante. Sí, fue muy impactante para mí. Estábamos a dos cuadras comiendo algo. No nos enteramos de nada. Cuando volvimos a nuestra casita en Williamsburg, del otro lado del puente, prendiendo la televisión en blanco y negro nos sumergieron las noticias con lo que había pasado.

-¿Qué hicieron, cómo lo tomaron?

-Fuimos a Central Park. Hubo toda una noche de conmemoración de todos los fans de John Lennon. Esos son los años de mi vida en New York, que también están contados en el libro.

-Por último, Marco, cuando tu relato empieza a sacar conclusiones, Caterina, pareja tuya, dice que vivís “rodeado de fantasmas”. ¿Ya lograste expulsarlos de tu vida o te siguen rondando por la noche?

-(Sonríe) No, los fantasmas siguen estando. Pero, bueno, son como compañeros de viaje. Ya no son, digamos, del tipo de El Conde de Larraín. De alguna manera, me acostumbré a la presencia. Como todo el mundo. Yo creo que todo el mundo, todos nosotros, vivimos con nuestros pequeños o grandes fantasmas. Y hay que convivir con eso.

-¿Cómo?

-De eso hay que hacer algo. Y yo trato de hacer lo mío. Una película o un libro. Ahora estoy preparando otra película, medio en la Argentina, medio en Italia.

-¿Sobre qué?

-Sobre la historia de un sobreviviente. Entonces, me pongo en esa óptica. Cuando me siento un poco perdido, el camino lo encuentro produciendo una obra mía.

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