Rodolfo:
Ha pasado el tiempo. Mucho ha pasado. El tiempo y las cosas. Para escribirte busqué tu imagen, para verte y tener fresca tu cara. Busqué tus fotos, esas que ahora pululan por Internet y que es un fenómeno al que seguramente le hubieras sacado más provecho que cualquiera, teniendo en cuenta que te las arreglaste bastante bien para difundir las ideas con lo que fuera. Basta con recordar lo que decías cuando creaste la Agencia Clandestina de Noticias, durante el Golpe: "Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información."
Busqué tu imagen. Vi varias. Siempre con esos lentes cuadrados. Casi siempre frente a una máquina de escribir. Casi nunca mirando a la cámara, como ordena el manual del reportero gráfico. Muchas veces de saco y corbata desacomodada. Con la frente amplia que ya aseguraba que te ibas a quedar pelado en algunos años. ¡Tendrías que haberte quedado pelado, Rodolfo!, pero te llevaron recién cumplidos los 50 y tu calva fue apenas una premonición.
Busqué tu imagen y encontré varias, pero me quedo con una. Con la que se te ve con la camisa de mangas cortas desprendida. El sol te templa el costado derecho y tenés una media sonrisa, casi una mueca. No es difícil saber que estabas en la orilla de algo, un río quizás, tal vez el mar, pero seguramente un río. Porque te gustaba el agua, las riberas. Por eso escribiste Juan se iba por el río, ese cuento, el primero de otros que nunca fueron y que la Armada hizo desaparecer de tu casa de San Vicente el mismo día que te hizo desaparecer a vos y que, como a vos, jamás recuperamos.
Me gusta esa foto porque se te ve hombre, simplemente. Con pasiones sencillas, amores simples, sueños simples. Donde se te ve con esa cara que tenemos aquellos que, sin coraje para desvelos tan grandes como los tuyos, apenas nos animamos a pelear por la felicidad sencilla.
Te imaginé escribiendo algunas de tus cartas. Tres de ellas exactamente. Haciendo sonar la Olympia portátil sobre la mesa de madera, angosta.
Sé que llevabas varias copias de la última esa siesta del 25 de marzo de 1977. Esa tarde. Ese viernes, como a las 4 de la tarde. Habías estado en la esquina de San Juan y Entre Ríos y e ibas caminando hacia Combate de los Pozos.
Te habías puesto un pantalón marrón, una guayabera beige, zapatos y un sombrerito liviano, como de paja, porque hacía calor, demasiado para el comienzo del otoño. Llevabas en la mano un maletín negro y, adentro, la carta. Las copias de la carta. También la pistola calibre 22 corta. Una Walther PPK que acomodabas justo detrás de la hebilla del cinturón.
Ya habías ensobrado las copias de La Carta y te habías encargado de que llegaran a las redacciones, las corresponsalías y algunas embajadas. Otras todavía las tenías en el maletín y te quedaba la tarde para entregar las últimas. Dicen que esa última cita fue una emboscada.
Habías dedicado los últimos tres meses para escribirla. Y la escribiste con todo el oficio de periodista, que años después haría que Gabriel García Márquez te calificara como dueño de "una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por confrontación descarnada con la realidad".
Pero, además del oficio, La Carta la escribiste desde las tripas y lo dejaste claro al comienzo: “La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años”
Después decías: “El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades”.
Y seguías: “Invirtiendo ese camino han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan al pueblo y disgregan la Nación”.
Enumerabas, detallabas, abrumabas con datos: “Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror. Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio.”
Sabías lo que hacías. Sabías que te jugabas el pellejo. Esa mañana lo sabías. Siempre lo supiste. En la carta, firmando al pié, lo decías: “Éstas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”.
Y, a tanto después de haberla escrito, me cuesta ponerme en tu cuero e imaginar cómo hiciste para resignar tu deseo de felicidad simple junto al río, de sol sin urgencias y elegiste caminar hacia Combate de los Pozos con el maletín negro, consciente que podía ser lo último que hicieras. Que siempre podía ser lo último y que la supervivencia era solo una cuestión de suerte.
“Caer o no, a esta altura es una cuestión de azar”, le dijiste a un amigo una tarde antes de esa tarde. Y también le dijiste que estabas feliz de haber vuelto a escribir literatura y Juan se iba por el río era tu alegría. Hacía 4 años que no publicabas. “He vuelto a escribir, a ser Rodolfo Walsh”, le dijiste.
A veces me pregunto si pensabas en María Victoria esa tarde, la última, cuando caminabas por San Juan hacia Combate de los Pozos. Yo creo que sí, que siempre pensabas en ella. Como esa tarde de fines de septiembre del año anterior, cuando escribiste:
“Querida Vicky:
La noticia de tu muerte me llegó hoy a las tres de la tarde. Estábamos en una reunión cuando empezaron a transmitir el comunicado. Escuché tu nombre, mal pronunciado, y tardé un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empecé a santiguarme como cuando era chico. No terminé con ese gesto. El mundo estuvo parado ese segundo”.
Le dijiste en esa carta de desahogo que estabas aturdido y que “me gustaría verte sonreír una vez más”. Qué “no podré despedirte, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía”.
Le constate tu sueño. “Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que había una columna de fuego poderosa pero contenida en sus límites, que brotaba en alguna profundidad” y que “hoy en el tren un hombre decía: "Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año". Hablaba por él pero también por mí”.
Esa carta no la escribió el periodista en su Olympia. La escribió el hombre junto al río, que ahora se desgarraba.
Tres meses después le escribiste a tus amigos contándoles los detalles de cómo había muerto Vicky. Tan dolorosa como la anterior, pero sin negar el orgullo. Fechaste la carta el 29 de diciembre del 76. Les dijiste: “Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota de lo más profundo de mi corazón y quiero que mis amigos la conozcan. Vicky pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida.
No vivió para ella: vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy yo quien renace de ella. Esto es lo que quería decir a mis amigos y lo que desearía de ellos es que lo transmitieran a otros por los medios que su bondad les dicte”.
Tus amigos hicieron las cosas bien, Rodolfo. Ha pasado mucho tiempo, mucho ha pasado y las tres cartas están hoy a disposición de quien las quiera leer, de quien se anime a leerlas, a releerlas.
Es cierto que la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar tardó unos días en difundirse y el único medio que la publicó en ese momento fue el diario El Nacional, de Caracas, en el suplemento Papel Literario. Fue el domingo 24 de abril del año que te mataron.
“La carta que mató a Rodolfo Walsh” fue el título que le pusieron. Tuvo un texto introductorio, firmado con las iniciales L.A.C.. Años después Luis Alberto Crespo, responsable de ese suplemento, reconocería que eran suyas. Crespo escribió allí: “La pregunta ‘¿Quién mató a Rodolfo Walsh?’ no ha recibido una respuesta formal por parte del gobierno militar argentino, y probablemente no la reciba nunca. Walsh era uno de los más lúcidos escritores del país sureño y acaso el más brillante de sus periodistas. Sus tres libros de cuentos son otras tantas obras maestras; sus investigaciones sobre los fusilamientos obreros de 1956, sobre el asesinato del dirigente sindical Rosendo García y sobre el oscuro caso Satanowsky fueron el modelo en el que se apoyaron las mejores obras latinoamericanas de narración documental”.
¿Qué pensabas esa siesta calurosa del 25 de marzo del 77, Rodolfo? ¿Pensabas en tus cartas, en Vicky, en tus amigos muertos, en los que sobrevivían en el exilio que habías despreciado unos meses antes?
¿En qué pensabas cuando te emboscó esa tarde en el barrio de San Cristóbal el Grupo de Tareas 3.3. de la Escuela de Mecánica de la Armada, comandado por Alfredo Astiz y Jorge Tigre Acosta?
Tu hija Patricia, que sigue buscando tus escritos últimos y tus restos, dijo alguna vez que “esa última cita a la que concurrió era una emboscada. Que no lo advirtiera creo que también da cuenta del desgaste que él mismo padecía. Enseñaba a otros a cuidarse siempre, pero él ya no era capaz de hacerlo”.
Cuentan que, cuando caminabas por San Juan de contramano, Astiz quiso tacklearte pero no pudo. Dicen que conseguiste refugiarte detrás de un árbol, sacar la 22 y disparar al menos una vez. Que después te acribillaron. Algunos prisioneros de la ESMA contaron que te vieron llegar, mal herido o quizás muerto. Suponen que después llevaron tu cuerpo al campo de deportes “Ernesto del Monte”, de la Armada, y lo quemaron.
Tu compañera de esos días, Lilia Ferreyra, murió a fines de marzo de 2015. Cuentan que todavía recordaba el inicio de Juan se iba por el río: “Juan Antonio lo llamó su madre. Duda era su apellido. Su mejor amigo, Ansina, y su mujer, Teresa”.
Hoy algunos te recuerdan como el militante, otros como el periodista, muchos como el escritor. Varios como todo eso.
Hay que animarse a ver en tus cartas lo que pensabas, tu orden de intereses. Hay que animarse y no es para cualquiera. No todos podemos.
Hay que respirar hondo y aceptar que tu principal carta fue aquella a la Junta. La política como elemento transformador. La segunda a tus amigos. La comunidad, el todo. La tercera a tu hija. La familia.
No es simple aceptar ese orden para nosotros, los terrenales.
Yo busqué entre tus fotos. Quise ver al hombre detrás del hombre que fue todo eso. Alguna que conservara algo de ese niño de descendencia irlandesa y nacido en Lamarque, que seguro jugaba en la costa del Río Negro.
Encontré una donde se te ve con la camisa de mangas cortas desprendida. El sol en el rostro. A la orilla de un río. El sol en el pecho. El pecho sin balas. Vivo, con media sonrisa de hombre feliz.
Simplemente feliz.
Enrique Pfaab
En Mendoza, Junio de 2019
