La curiosidad le ganó. Entonces, el muchacho abrió esa bolsa negra que había mirado de reojo toda la mañana.
Alguien la había dejado ahí, como al pasar, en la calle Primitivo de la Reta. En un contenedor con desechos de materiales de construcción. Era llamativamente abultada como para tener basura en su interior.
Desde entonces, el cuidacoches no puede olvidar todo lo que había en esa bolsa que desató y abrió el lunes 24 de octubre de 2016.
Había un pantalón. Y un buzo. Y una campera negra. Y zapatillas deportivas. Todo de hombre. De hombre alto y de brazos largos. Pero también había sangre. Mucha. Y un pedazo de cuchillo tipo Tramontina escondido. Y un olor a muerte insoportable.
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La evidencia fue hallada en calle Primitivo de la Reta de Ciudad.
Diez minutos más tarde, el entonces fiscal de Delitos Complejos Santiago Garay supo del hallazgo y secuestro de todo lo que había en esa bolsa y que eran las pruebas más importantes para acusar a Daniel Zalazar de la masacre del barrio Trapiche.
Domingo trágico
La Justicia determinó que el domingo 23 de octubre de 2016 Zalazar mató con el cuchillo de cocina a tres mujeres: Lorena Arias (31), Marta Susana Ortiz (45) y Silda Vicenta Díaz (90).
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Lorena Arias (centro) entre la tía y la abuela.
Eran las 5 de la mañana, se leyó en la acusación fiscal. Hubo otras dos víctimas, que se salvaron tras una breve internación para curar sus heridas de arma blanca en la cabeza: un niño, de 11 años, y una beba de 9 meses. Ambos eran hijos de Arias.
Antes de irse de la casa de la calle Entre Ríos de Godoy Cruz, Zalazar dejó una vela encendida y las hornillas de la cocina abiertas echando gas para que la casa estallara y borrara sus huellas asesinas. Pero también dejó un cabo suelto: otro niño. De 8 años. Valiente y astuto. Que se escondió de las garras homicidas en el baúl del auto de la familia y supo esperar pacientemente antes de pedir auxilio y dar una pista esclarecedora.
"El sabón mató a todos" "El sabón mató a todos"
Del niño de 8 años cuando pidió auxilio
Un Sabon es un instructor de Taekwondo. Aquel domingo, el sabón al que se refería el chico era Daniel Zalazar, el hombre que le enseñaba esa disciplina.
El chivo en el lazo
Su captura fue simple, nada del otro mundo. Más propio de su propia torpeza que de alguna habilidad investigativa. Herido había llegado a la guardia del Hospital Central luego de cometer la masacre. Pasadas las siete de la mañana.
"Me asaltaron", justificó como si esas dos palabras hubieran sido suficientes.
"En la esquina de Vicente Zapata y San Juan", siguió.
Zalazar subestimó todo y a todos porque a esa hora los investigadores ya buscaban al asesino múltiple del barrio Trapiche. Y él, en esas condiciones, herido y con una coartada poco creíble, era la persona justa de quien la Policía podía sospechar. A tres cuadras de ahí, diez minutos antes, había dejado una bolsa negra y llamativamente abultada, sobre el cordón de la vereda. Como al pasar.
Ingresó al sistema penitenciario como interno número 100796.
Lo llevaron a Almafuerte y denunció una golpiza que las autoridades desmintieron.
Juicio abreviado
Zalazar, conocido como El Karateca luego de la masacre, fue condenado por la Quinta Cámara del Crimen apenas 11 meses después.
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Rafael Escot, de la Quinta Cámara del Crimen.
Vivía en un pequeño departamento situado en Ciudad, cerca del Correo Central.
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El departamento donde vivia Zalazar en calle Infanta de San Martín 34.
Había llegado a Mendoza procedente de la Patagonia. De Santa Cruz.
Hoy cumple la condena de prisión perpetua en la cárcel de Rawson (Chubut) adonde pidió ser trasladado para estar más cerca de su familia. No podrá acceder a ningún beneficio carcelario antes del año 2052, porque primero debe cumplir 35 años de prisión.
Tres mujeres y tres niños fueron sus víctimas. Con Lorena Arias había tenido una relación fugaz. La había conocido porque los niños de 8 y 11 años practicaban Taekwondo en el predio donde él enseñaba. El embarazo y nacimiento de la beba de Lorena Arias se convirtieron en el origen del drama. Ella le reclamaba la paternidasd; él negaba que la niña fuera suya. Horas antes de la tragedia Zalazar llegó a la casa de Arias. Primero conversaron. Después discutieron. Luego, la masacre.
La abuela de Arias fue asesinada en la cama. El niño de 11 fue herido en una de las habitaciones y la beba en la cuna. Pero el de 8 años alcanzó a huir. Entonces se escondió en el auto, tal como le habían aconsejado para algún caso de asalto o inseguridad. Allí estaría seguro. A salvo. Y así fue.
"El sabón mató a todos. Manden ambulancias", dijo el chico con el celular del hermano herido.
La contundencia de este relato más el hallazgo de la ropa y el pedazo de hoja de cuchillo sirvieron para acorralar a Zalazar. Un juicio oral y público de varias audiencias sería largo, costoso y demasiado inconveniente para su futuro. La alta exposición pública también le jugaría en contra, le explicaron. Entonces El Karateca aceptó declararse culpable de todo a cambio de una pena levemente menor.
La condena por partes
Zalazar fue autor penalmente responsable del delito de homicidio agravado por mediar relación de pareja entre autor y la víctima y por ser cometido por un hombre en perjuicio de una mujer mediando violencia de género en concurso ideal en perjuicio de Claudia Lorena Arias, su ex pareja. La beba de Arias no era hija de Zalazar, revelaría luego un ADN.
También cometió el homicidio agravado por ser cometido para procurar su impunidad en perjuicio de Ortiz, la tía de Arias.
Fue condenado por el homicidio agravado por ser cometido para procurar su impunidad y por alevosía en concurso ideal en perjuicio de Silda Vicenta Diaz, la abuela de Arias, asesinada mientras dormía.
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Familiares, amigos y vecinos de las tres mujeres asesinadas en el barrio Trapiche.
Acerca de los niños, dijo la Quinta Cámara del Crimen: "Zalazar fue responsable de tentativa de homicidio simple en perjuicio de una menor y tentativa de homicidio agravado por ser cometido para procurar su impunidad en perjuicio de dos menores (la beba y el chico de 11) en concurso real".