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Una historia de fe popular

La Lopecita, la muchacha venerada en el camposanto de Guaymallén

Editado por Enrique Pfaab
pfaab.enrique@grupoamerica.com.ar
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La fe es un don, hay quien lo tiene y quien no, y también hay quienes lo ejercen siempre y quienes solo lo cultivan en momentos de necesidad.

Hay creyentes de todo tipo. Desde los religiosos hasta los supersticiosos. Y también hay muchos, muchísimos, derivados de la religión que profesan creencias populares. Son los promeseros, que encarnan su fe en figuras tales como el Gauchito Gil, pasando por la Difunta Correa, San La Muerte, Santos Guayama y hasta también en personajes o figuras locales, que solo conocen los que viven en alguna zona determinada. El caso de “La Lopecita” es uno de estos últimos y quienes conocen el cementerio de Guaymallén pueden dar testimonio de esto.

La venerada fue en vida Mercedes Encarnación Genoveva Alejandrina Esparta Sanjurjo López de Gomara. Había nacido el 6 de octubre de 1884 en el barrio de Monserrat, en Buenos Aires, y murió el 4 de abril de 1902 en Villa Nueva, Guaymallén, cuando apenas tenía 17 años, afectada por fiebre tifoidea.

Era hija de Justo Sanjurgo López de Gomara, un inquieto madrileño nacido en 1859 y que había llegado a Buenos Aires en 1880 y ejerció el oficio de periodista. Vinculado con sectores acomodados, fue el fundador de Villa Nueva, además de varios diarios y organizaciones culturales en distintos puntos del país y autor de varios libros.

Mercedes, poco tiempo antes de morir, había sido madrina de bautismo de uno de sus hermanos menores y sus padres, que quedaron profundamente afectados, hicieron fundir una campana en su memoria y colocarla en la torre de la iglesia Sagrada Familia. Tenía una inscripción que recordaba a Mercedes y sus progenitores habían dicho que el objetivo era que el alma de la muchacha sobrevolara caseríos y viñas.

A “La Lopecita" también la conocen como “La Niña”, “Mechita” o “la López de Gomara”. Su veneración nació de forma espontánea hace ya muchos años y sus restos están ubicados en el mausoleo familiar, fácil de ubicar en el cementerio. Es el tercer mausoleo, apenas se ingresa al lugar y tiene la inscripción “Familia López de Gomara” que lo identifica claramente. Un banco de mármol invita a los fieles a sentarse un rato.

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Hay decenas de pequeñas placas, agradeciendo favores. También flores, velas, juguetes, y hasta algunos han dejado vestidos de novia.

La mayoría de sus promeseros son personas que van al cementerio de Guaymallén a visitar a sus muertos, pero también hay gente que viene de lejos a pedirle algún favor o dejarle una ofrenda.

En ese cementerio también está la tumba de Ayrton Brian Godoy, más conocido como Yoryi, que fue asesinado el 10 de junio de 1996, cuando tenía apenas 3 años, crimen por el que sus padres fueron condenados a prisión perpetua. Esa tumba también está siempre llena de ofrendas.

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Casos como el de La Lopecita también se repiten en otros cementerios. En el de Rivadavia está el mausoleo de Diógenes Recuero, venerado como el Ánima Parada.

Nació el 6 de marzo de 1861 y entre 1897 y 1901 llegó a ser presidente municipal de Rivadavia, lo que sería en la actualidad el cargo de intendente.

Murió el 30 de junio de 1906 y se cree que fue envenenado. Pero lo que generó el mito ocurrió en 1914. Ese año la Municipalidad dispuso que todos los difuntos de ese cementerio fueran trasladados a uno nuevo.

Nadie se preocupó en ese momento por el cuerpo de Recuero, pese a haber sido un hombre ilustre, popular y con familia.

Lo cierto es que debieron ser los empleados municipales los encargados de desenterrar el féretro y abrirlo para tirar sus huesos en el “reprofundo”, como llaman los sepultureros a la fosa común. Allí comenzó la leyenda o el milagro, según quien lo analice.

Cuando los obreros abrieron el cajón el cuerpo estaba intacto, su vestimenta impecable y el peinado como en sus mejores épocas de galán. Parecía que hubiera fallecido el día anterior y no 8 años antes.

El cadáver de Recuero fue tirado a la fosa y cayó parado. Los trabajadores debieron obedecer la orden de bajar y acomodarlo horizontalmente, pero fue en vano: a la mañana siguiente el cuerpo apareció nuevamente erguido.

Esto se repitió varios días y, ya al segundo, aparecieron las primeras velas y flores junto al foso. De allí siempre hubo flores y velas.

Un fiel le hizo un mausoleo, en agradecimiento por haber ganado la lotería.

Hoy el cementerio de Rivadavia tiene carteles indicadores que llevan al mausoleo, que está siempre lleno de ofrendas y también repleto de placas.

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