Un grupo de vecinos del barrio San Pedro, uno de los más emblemáticos de San Martín, se reunieron el mediodía de este martes para reclamar mayor seguridad por una sucesión de robos que se vienen registrando allí.
Sin embargo, la problemática del barrio es mucho más compleja que una racha de robos. Dos o tres puntos en donde se vende droga, grupos de jóvenes que roban para comprar y se presta a la distribución a cambio de un gramo, influyen directamente en los vaivenes delictivos del barrio, además de aquellos períodos en donde los rateros más activos están a la sombra.
“Ahora que cayó preso el mayor de los R (inicial del apellido), la cosa está más tranquila”, contaba en estos días una fuente policial. Y es cierto, la cosa está más tranquila, si la tranquilidad entra en el rango de un robo por día. Un robo sin armas, de esos que se cometen cuando la casa está sola.
Pero ese robo le produce a la víctima la misma o mayor cantidad de pérdidas, de daños, que cualquier otro. Es el delito más común en el San Pedro y también en muchos barrios del Este mendocino.
Este martes la que encaraba el reclamo era una vecina cuya casa había sido desvalijada el lunes a las 10 de la mañana. Pero antes pudo ser cualquier otra. Mañana puede ser cualquiera.
El San Pedro tiene razones sociales y hasta arquitectónicas que explican esta realidad delictiva.
Entregado a comienzos de los '70, son 1.200 viviendas en las que hoy viven unas 8.000 personas, cuatro veces más que lo que tiene la villa cabecera de Santa Rosa.
Son seis hexágonos regulares y otras 15 áreas que ocupan 10 hectáreas. Las casas de una misma área están todas unidas por sus techos de hormigón lo que las hace resistentes al sismo más violento pero, a la vez, permite que cualquier perejil camine tranquilamente por allí arriba y pase, de casa en casa, buscando la más solitaria para meterse y robar sin riesgo.
La Policía ha aumentado la frecuencia de patrullajes en el barrio, que es un verdadero laberinto para quien no lo conoce bien y que, además, tiene pasajes peatonales por donde los autos, y por ende los patrulleros, no pueden circular. Estos rondines evitan que el delito aumente, pero no que disminuya.
Hay unas 6 u 8 personas o pequeños grupitos dedicados al robo, pero hay dos o tres mucho más activos que los otros.
Hay 2 o 3 puntos donde se venden estupefacientes. Marihuana, cocaína y pastillas. Un par de ellos se han consolidado como vendedores y no solo proveen al barrio, sino que vienen a comprarle desde fuera del barrio, según denuncian los vecinos.
El San Pedro es un buen punto de distribución y venta. Ubicado en el ingreso oeste de la ciudad de San Martín y junto a la ruta provincial 50, a metros de la ruta nacional 7 y todo unido por el ex Carril Costa Canal Montecaseros (actual avenida Eva Perón), es una zona perfecta.
La droga, especialmente la marihuana, llega de diferentes maneras. Una de la más simple es en el transporte público, en la mochila de un pasajero común.
El grupo de rateros del barrio esencialmente roban para poder consumir. También hay arrebatadores, la mayoría menores de edad que están “aprendiendo”.
Suele surgir en el barrio una compra venta de artículos robados. También los botines directamente se canjean por marihuana o cocaína, si es que el dealer se tienta con algo.
Ha habido tiroteos y muertos en el San Pedro por el manejo de la droga en el barrio. Hoy la manejan los herederos de los muertos o quienes les han ganado el mercado.
Lo cierto es que la queja continua “la policía sabe, pero no hace nada” es una verdad relativa. La policía sabe bastante, pero necesita elementos que justifiquen una orden de allanamiento, un secuestro de elementos y una detención.
Y de saber a probar, hay una distancia.
