La escuela me enseñó la Generación del '80 como una historia porteña, ¡la mirada porteñocéntrica! Roca, Buenos Aires, la elite liberal y el país (o Buenos Aires) mirando a Europa.
Lo que no me enseñaron sobre la generación del '80 lo aprendí frente a una tumba
Entre mausoleos, epidemias de cólera y viejas disputas políticas, el Cementerio de Capital funciona como un mapa oculto de la historia mendocina. Un recorrido muy recomendado para aprender de una forma distinta
Nunca Mendoza.
Poco y nada de Emilio Civit y nada de Agustín Álvarez.
Ese vacío lo llené después, leyendo. Y una parte terminó apareciendo, inesperadamente, entre tumbas en el Cementerio de Capital. Gracias al conocimiento y la grandiosa forma de enseñar del guía Juan Carlos González (si hay un error será exclusivo de mi memoria).
La visita fue el martes 15 de mayo y lo interesante de esta actividad, que puede ser un gran plan familiar, es que había jubilados, estudiantes y parejas jóvenes, interesados en las historias y en la arquitectura funeraria. Algunos llevaban mate y otros cámaras de fotos. Y aunque nadie lo decía demasiado, todos compartíamos esa incomodidad infantil de entrar a un cementerio.
Spoiler: no da miedo. Todos somos valientes en grupo.
Cómo es la visita guiada al Cementerio de la Capital
Apenas entramos al cementerio hacemos 20 metros y a mano izquierda empezamos a tener una idea de qué fue la generación del '80.
La visita empezó, en este caso, en el Panteón Municipal, donde están los restos del peruano Luis Lagomaggiore. El guía lo describió como educador, funcionario y uno de los primeros grandes sanitaristas de Mendoza, quien incluso sin haber tenido título de médico ocupó cargos en Seguridad, Educación y Salud.
A fines del siglo XIX, Mendoza todavía era una ciudad herida. El terremoto de 1861 había destruido buena parte de la Capital y, casi 2 décadas después, la provincia seguía intentando reconstruirse entre calles precarias, acequias improvisadas y una infraestructura sanitaria que apenas existía.
Fue en esa Mendoza post catástrofe donde apareció una figura que terminaría moldeando gran parte de la ciudad moderna: Luis Lagomaggiore.
Cuando llegó a la provincia, Mendoza recién empezaba a levantarse de las ruinas. El sistema educativo estaba devastado porque muchos docentes habían muerto durante el terremoto y gran parte de la infraestructura escolar había desaparecido.
Lagomaggiore comenzó en la función pública como jefe de Policía, pero rápidamente se involucró en el área educativa. El gobernador José Miguel Segura le encargó junto a Sebastián Samper un diagnóstico sobre el estado de la educación provincial.
Profesor del Colegio Agustín Álvarez y posteriormente director General de Escuelas, terminó encabezando una reconstrucción educativa enorme para la época.
Pero el verdadero problema mendocino no estaba solamente en las aulas.
Durante la visita, el guía fue contando los graves problemas sanitarios que tenía Mendoza. El agua de las acequias no era potable, los residuos se acumulaban y los mataderos funcionaban en condiciones precarias. A eso se sumaba el transporte de tracción a sangre que atravesaba el casco urbano sin demasiada regulación.
Esto provocaba que las enfermedades circularan con facilidad, como la rabia o la tuberculosis. Por ejemplo, en 1886, el cólera provocó cerca de 800 muertes en Mendoza.
La situación obligó al gobierno provincial a crear el Consejo Provincial de Higiene, encabezado por el doctor Berutti. Paralelamente se conformó una comisión de vecinos para colaborar con la emergencia sanitaria y al frente de ese grupo quedó Lagomaggiore.
Una de sus primeras decisiones fue cortar la circulación de agua por las acequias porque entendía que era uno de los principales focos de contagio. También impulsó el uso de cal viva para desinfectar y promovió el consumo de agua hervida distribuida casa por casa.
Aquellas medidas le dieron reconocimiento social y lo catapultaron políticamente.
Después fue presidente del Consejo de Irrigación y director de la Administración Sanitaria y Asistencia Pública. Más tarde, el gobernador Rufino Ortega lo impulsó como intendente de la Ciudad de Mendoza entre 1884 y 1888.
Ahí terminó de convertirse en uno de los grandes arquitectos de la Mendoza moderna. Impulsó redes de agua potable, controles sanitarios, regulación de mataderos, iluminación pública y hasta normas antisísmicas. Muchas de las cosas que hoy parecen normales empezaron ahí.
Lagomaggiore murió el 16 de diciembre de 1916.
Más adelante apareció la tumba de Jacinto Álvarez, otro de esos personajes poco nombrados. Ex gobernador interino, médico y uno de los hombres más notable de la Mendoza de fines del siglo XIX, su mausoleo todavía conserva símbolos masónicos visibles.
El más llamativo es el piso ajedrezado que aparece en la base de la tumba. El guía explicó que simboliza la dualidad de la naturaleza humana: el bien y el mal. También aparecen cadenas rodeando el sepulcro, otro de los símbolos clásicos de unión dentro de la masonería.
Rápido me di cuenta de que había algo fascinante en esto. Entender que Mendoza también fue construida por logias, rituales y círculos de poder que durante décadas funcionaron casi en secreto.
Álvarez se había recibido de médico en Buenos Aires y volvió rápidamente a Mendoza, donde terminó trabajando como médico forense. Pero su figura quedó especialmente marcada por la epidemia de cólera de 1886.
En medio del caos sanitario, integró el grupo de médicos que atendió a cientos de enfermos mientras la provincia colapsaba. También impulsó medidas preventivas para intentar frenar el avance del brote y recorría la Capital brindando atención gratuita a quienes no podían pagar.
Por eso terminaron llamándolo “el médico de los pobres”.
Después apareció Emilio Civit.
El “Zorrito”, como le decían por su habilidad para moverse en la política mendocina de fines del siglo XIX. Gobernador, ministro y uno de los grandes modernizadores de la provincia. Su apellido todavía organiza Mendoza décadas después de muerto en calles, escuelas y hospitales.
La visita contó también la pelea política que mantuvo con Adolfo Calle, otro de los grandes nombres de la época. Durante años, ambos estuvieron enterrados uno al lado del otro en las antiguas nicheras del cementerio. Pero cuando trasladaron los restos a la calle principal, terminaron enfrentados cara a cara.
La anécdota sin dudas que provocó algunas risas entre el grupo, pero también mostraba otra cosa sobre Mendoza: fue construida entre disputas políticas, egos y distintos proyectos y formas de ver la provincia.
Más adelante apareció la historia de Carlos Ponce, quizás uno de los personajes más fascinantes de toda la recorrida. Médico, político, músico, periodista y escritor, fue uno de los pioneros del cuento y la novela mendocina.
El guía lo describió como un hombre brillante, querido por sus pacientes y obsesionado con la cultura. Tocaba música, escribía cuentos, trabajaba como médico y ocupaba cargos públicos.
Había algo entrañable en esa figura. Un intelectual de otra época que, además de ser un brillante literato, encontraba tiempo para regalarle dinero a sus pacientes para comprar medicamentos.
Su historia cierra con un detalle tristísimo: es que cuando murió, prácticamente no tuvo necrológica. El único diario importante de Mendoza estaba enfrentado políticamente con él.
Y, sobre el final, la reflexión que quedó es que la historia mendocina nunca estuvo ausente. Tal vez simplemente nunca nos enseñaron dónde buscarla. Y para aprender de historia mendocina entre las tumbas, la Municipalidad de Ciudad, a cargo de Ulpiano Suarez, organiza periódicamente visitas guiadas que anuncia en su página oficial.









