-¿En cuántos incendios estuvo, cuántas vidas salvó?
-No sé, perdí la cuenta, no tengo ni idea.
Mario Osvaldo Ridolfi (74), a quien todos en La Paz conocen como el “Flaco” Ridolfi ya perdió la cuenta de los salvatajes que realizó.
Es que, desde que entró a la Municipalidad y hasta ahora mismo, Ridolfi es como un símbolo del rescate, de atender las emergencias, de solidaridad extrema. Aún antes de que se imaginaran los cuerpos de Defensa Civil, ya el Flaco atendía las emergencias y había creado la “Comisión de defensa Social” de La Paz, que atendía las emergencias.
Se lo puede definir como un baqueano, un rastreador, aunque él dice que trabaja “a lo que me pongan”. Por eso es que también fue uno de los principales productores de patay de la región, que llegó a vender en grandes cantidades en el Mercado Central, en la capital mendocina.
Nació en Rivadavia y en el 68 se fue a vivir a La Paz, porque allí conoció Élida Ester Di Césare, la compañera de toda su vida, con la que después tuvo tres hijos “y un montón de nietos”.
Durante dos años y medio fue policía, después participó en la construcción del banco del pueblo “y en 9 de mayo del 70 dentré en la Municipalidad, haciendo de todo”.
Entre el 70 y el 73 “formamos un grupo de conocedora, de rastreadores, un grupo de búsqueda de a caballo para actual en los incendios de campos…Era un grupo de gente muy buena”, dice, mientras busca algunos recuerdos que irá esparciendo sobre la mesa de su casa, que tiene las puertas abiertas y por donde se mete el último fresco de la mañana.
Allí, en esta misma casa y por esos años, “formamos una comisión de defensa social para trabajar en los incendios, en las tormentas, en las lluvias. Apenas sabíamos que venía alguna de estas cosas, nos presentábamos en la municipalidad y nos poníamos al servicio. Toda la vida trabajamos así…”. Y toda la vida es toda la vida. Ahora mismo es así.
Fueron 48 años de servicio en la comuna y aún ahora, 15 años después de jubilado, sigue presto ante la urgencia.
-¿En cuántos incendios ha estado? ¿Cuántas vidas ha salvado?
-¡No tengo ni idea…! El año pasado, en Mar del Plata, se vino una ola que volteó a un montón de gente. Miré así, y vi a una mujer que había sido arrastrada unos 50 metros para adentro. Me fui y la saqué. En la desesperación la mujer me pegó un golpe y me hizo perder la dentadura de abajo… Es que uno no mide donde se mete…
Fue el año pasado. El Flaco Ridolfi, que estaba de descanso, ya tenía 73 años cuando se arrojó al agua.
Al hombre también se le ha muerto gente en los brazos. “Es jodido. Es bravo trabajar por ejemplo en los accidentes (de tránsito). Una vez me metí a sacar una persona de adentro del auto. Le dio un infarto en ese momento… Eso es jodido, hay que tener otra sangre…”, dice, y se emociona.
En 50 años el hombre ha estado en casi todos los incendios de campo de la región de La Paz y Santa Rosa, el peor mal de la zona. A veces ha llegado a estar 15 días metido dentro del fuego.
“En el último incendio estuve yo”, dice. Fue en el verano pasado. Cuenta que preguntó a un paisano que venía de allá “y me dijo que estaba malo. Me dijo que el fuego se venía. Me vinieron a buscar en la chata. Me presenté ahí y me pidieron que entrara yo a buscar a un puestero al que se le venía el fuego. Fui y le dije que sacara todos los documentos, la plata, lo de valor, que ensillara el caballito, que abriera los corrales y que nos fuéramos. Ahí nomás, al ratito, ya teníamos el fuego encima…”. Ridolfi cuenta el episodio como si fuera un trámite.
“No miro lo que tengo que hacer, actúo nomás y listo”, dice.
Dice que “uno no piensa”, que no analiza demasiado el riesgo personal. “Recién cuando uno vuelve, se baña y se cambea, ahí uno empieza a pensar qué es lo que ha hecho”.
Al Flaco Ridolfi también se lo conoce en la zona por haber sido el mayor elaborador de patay.
“Vendía en el Mercado Central, pero ya no lo hago más porque la fruta ya no es la misma. Supe vender hasta 800 patay por día y tener más de 480 bolsas de algarroba acá, en el pasillo. Entre 7 y 8 personas trabajaban conmigo moliendo la algarroba, a las 5 de la mañana. El patay me ha sacado de más de un apuro…”, dice.
Son las 11. Está comenzando a entrar el calor por la puerta abierta. Mejor cerrar. Adentro queda el hombre, listo para salir cuando alguien necesite de él.
