El 28 de enero de 1986 todo era una fiesta. En Estados Unidos, en la NASA y en el resto del mundo, los ojos miraban las pantallas de televisión y luego el cielo para observar lo que debía pasar momentos después, pero nadie imaginó lo que realmente ocurriría.
El día que la NASA vivió una pesadilla y todo el mundo miró hacia el cielo
La NASA ha llegado a lugares que nadie se imaginaba, pero en el camino tuvo varios momentos que fueron una pesadilla

El día que la NASA vivió una pesadilla y todo el mundo miró hacia el cielo. Foto Fuente: IA
En los últimos días de enero de 1986, la NASA tenía pensado lanzar el transbordador espacial Challenger. Este no se trataba de cualquier lanzamiento, ya que además de los astronautas, viajaba por primera vez una maestra: Christa McAuliffe. Todos los ojos estaban puestos en el lanzamiento. Y eso le jugó en contra a los tripulantes.
La tragedia que enlutó a la NASA: el transbordador espacial Challenger
El transbordador espacial Challenger partió desde el Centro Espacial Kennedy. Todo fue una fiesta. Incluso en los ámbitos políticos hubo sonrisas. Pero las celebraciones duraron apenas 73 segundos. Las cámaras de televisión captaron como el Challenger se desintegraba sobre el océano Atlántico y con ello las muertes de sus siete tripulantes:
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- Christa McAuliffe (Maestra)
Todo pudo haberse evitado
Fueron varias las causas que llevaron a que el transportador Challenger se desintegrara. La primera fue técnica: una junta tórica, que no es otra cosa que un anillo de goma diseñado para sellar las secciones de los cohetes. En segundo lugar, el clima. La noche anterior al lanzamiento fue muy fría y esto hizo que el caucho de las juntas se volviera rígido. En tercer lugar: la presión política que le se le impuso a la NASA.
El problema de la junta fue que, al volverse rígido el caucho, el gas caliente del cohete escapó por la junta defectuosa, actuando como un soplete que quemó el tanque de combustible externo, provocando la desintegración estructural de la nave y así también arrasó con todo lo que planeaba la NASA.
Este escenario, trágicamente, pudo haberse evitado, ya que la empresa que fabricó los cohetes había advertido a la NASA sobre el hecho de que no era seguro lanzar los cohetes a temperaturas tan bajas, pero la presión política obligó a mantener el calendario de lanzamientos. A ello se le sumó la falta de comunicación entre ingenieros y los mandos superiores y, finalmente, el negocio primó más que la ciencia.