Hay trabajos que casi nadie conoce, aunque de ellos dependa gran parte de la vida rural en el sur mendocino. Oficios silenciosos, heredados de generación en generación, que exigen resistencia física, paciencia y una conexión absoluta con los tiempos de la naturaleza. Uno de ellos es el de cuidador de castrones o reproductores caprinos en Malargüe.
En la zona de El Alambrado, en Malargüe, uno de los que todavía sostiene ese trabajo es Patricio Olate. Tiene 38 años y desde los 12 vive prácticamente entre chivos, nieve, viento y veranadas cordilleranas.
Mientras muchas personas apenas comienzan a sentir el frío del otoño, él pasa días enteros arriba de la montaña, aislado, cuidando que 270 reproductores no se mezclen antes de tiempo con los piños de cabras. De eso depende algo clave para los crianceros: que las pariciones ocurran en septiembre y octubre, cuando el clima ya no es tan cruel para las crías.
Porque en la cordillera los tiempos son supervivencia.
“Los reproductores pasan todo el verano solos para que engorden y recién ahora se los echan a las cabras”, explica Patricio a Diario UNO desde la veranada Las Tinajas, en Pollihue, donde pasa gran parte del año.
Su trabajo consiste justamente en eso: reunir y cuidar los castrones —los reproductores de las cabras— durante meses completos, alimentándolos con las pasturas naturales del puesto y evitando cualquier contacto anticipado con los animales de los crianceros.
Si eso ocurre antes de tiempo, las cabras paren demasiado temprano y el invierno puede convertirse en una sentencia para las crías.
El trabajo de cuidar a los animales para que las cabras puedan parir en septiembre
“Como no se pueden juntar con las cabras, hay que cuidarlos muy bien arriba para que no se mezclen con los piños. Si se juntan antes, las cabras paren antes y acá el frío es muy largo. Ahí se pierden muchos animales”, resume.
Patricio heredó este oficio de su padre, Paulino Antonio Olate, quien durante años también se dedicó al cuidado de reproductores en la montaña. Hoy, ya más grande, prácticamente dejó la actividad, pero su hijo decidió continuarla.
“Es lo que sé hacer desde chico y también es mi pasión”, dice.
La rutina empieza cada año el 25 de septiembre. Ese día Patricio sube al puesto familiar junto a su esposa y su pequeño hijo de apenas un año. Allí permanecen prácticamente aislados durante nueve meses completos.
La vida entera gira alrededor de los animales.
“Solo salgo si es una urgencia. Y si tengo que bajar, queda mi hermano cuidando los chivos”, cuenta.
En total son 270 reproductores los que tiene bajo su responsabilidad. Cada uno pertenece a distintos puesteros de la zona, que ahora, entre el 15 y el 20 de mayo, comienzan a subir a retirarlos para iniciar la época de reproducción.
“Este viernes empezó la entrega. Todos los años para esta fecha se acercan los puesteros a retirar sus animales”, explica.
El sistema funciona desde hace décadas en distintos sectores rurales de Malargüe. Los cuidadores de castrones reúnen a los reproductores en un solo lugar durante toda la temporada cálida, permitiendo que engorden y lleguen fuertes al momento del servicio.
Quedan muy pocos cuidadores de reproductores en la zona de El Alambrado, Malargüe
En la zona de El Alambrado quedan muy pocos dedicándose a eso.
“Somos solamente tres cuidadores de castrones”, cuenta Patricio.
El trabajo parece simple cuando se lo explica rápido, pero detrás hay meses enteros de sacrificio, vigilancia permanente y condiciones extremas.
Hace apenas unos días, por ejemplo, la nieve volvió a sorprenderlo arriba de la montaña.
“Lo agarró la nieve cuidando los animales y pasó varios días con muchísimo frío”, relata una persona cercana a la familia.
En la cordillera mendocina el clima puede cambiar en cuestión de horas. El viento blanco, las heladas y las nevadas forman parte de una rutina que para muchos sería imposible de soportar.
Pero Patricio habla del tema con naturalidad.
“Los animales ya están acostumbrados. Andan solos y se van solos al rodeo donde duermen. Claro que yo estoy atento siempre”, explica.
Los chivos se alimentan exclusivamente de las pasturas naturales del lugar. Por eso el pago que recibe no tiene que ver con alimentación ni infraestructura, sino únicamente con el cuidado.
“Yo cobro el valor de un cabrillo chico por cada reproductor”, señala.
A Patricio le pagan 60 mil pesos por cada animal que cuida durante 9 meses, el valor de un cabrillo
Actualmente, ese monto ronda los 60 mil pesos por animal. Multiplicado por los 270 reproductores que cuida, representa el ingreso total de nueve meses de trabajo.
Patricio habla con honestidad sobre la realidad económica del oficio.
“¿Si rinde? Nunca nos sobra nada. Estamos acostumbrados a este tipo de trabajo”, dice.
Y agrega algo que resume perfectamente la dimensión de la responsabilidad que carga sobre los hombros: “Son muchos meses y mucha responsabilidad. Eso pesa”.
Porque durante casi todo el año esos animales dependen exclusivamente de él.
Hay que vigilar que no se dispersen, controlar posibles ataques de animales, soportar temporales, revisar aguadas y atravesar jornadas enteras de aislamiento en plena montaña.
Aun así, nunca pensó en abandonar.
Tal vez porque nació viendo esa vida. Tal vez porque la cordillera tiene códigos difíciles de explicar para quien no los conoce.
O quizás porque, como ocurre con muchos oficios rurales, hay algo profundamente emocional en continuar el trabajo de los padres.
Un trabajo que continúa de generación en generación: cuidar castrones
Mientras habla, las imágenes que acompañan su historia ayudan a entender mucho más que cualquier explicación: montañas cubiertas de nieve, arreos interminables, chivos avanzando entre piedras y viento, amaneceres helados y un hombre joven viviendo prácticamente solo en medio de un paisaje inmenso.
Ahí arriba el tiempo funciona distinto.
No hay horarios de oficina ni fines de semana. Solo existe el ritmo natural de los animales y la experiencia acumulada durante años.
Patricio lo aprendió siendo apenas un chico.
Hoy sigue sosteniendo un oficio casi invisible pero fundamental para cientos de familias crianceras del sur mendocino.
Porque gracias a ese trabajo silencioso que ocurre lejos de todo, las cabras podrán parir en primavera.








