“Hay que salir a trabajar. Mi marido está en una bodega y yo voy a cosechar y me lo llevo a mi hijo, ya que ahora no tiene clases”, dice María Rodríguez (38), vecina de Chapanay. Para los que viven al día, la peste y la cuarentena son el segundo problema. El primero es el hambre.
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En las fincas de Mendoza, especialmente en las de la zona Este, todavía queda mucha uva por levantar. “Ahora estamos en las fincas de la calle La Mora y la semana pasada en las del carril San Pedro”, cuenta la mujer.
Vive en Chapanay y cosecha por allí, pero el panorama se repite en muchas de San Martín, Junín, Rivadavia…
“Ahora estamos cosechando una tinta, que la están pagando a $18 el tacho, igual que el año pasado. La criolla la pagan entre $12 y $15”, relata.
Dice que “la ficha la cambiamos y compramos comida, no alcanza para más. Antes nos daba para comprar algo de ropa o guardar algo para el resto del año, pero ahora solo para comer”.
Afirma que el coronavirus no puede paralizarlos y que, en Chapanay y en los pueblos como este, la peste no es el tema central.
“Acá, la gente del pueblo no ha entrado en pánico. Es muy raro que a alguien le alcance para viajar afuera. Acá la gente se dedica a trabajar nomás”, expresa, pero agrega que “la gente mayor si, está guardada, no sale a la calle”.
Los cosechadores locales están sobrecargados porque la mayoría de sus pares foráneos, los golondrinas, se han ido a Tucumán, a la cosecha del limón, que ya ha empezado y que se paga mejor y les asegura un tiempo más de trabajo.
Para complicar aún más, las fincas están bastante descuidadas, con falta de mantenimiento. La crisis del sector viene desde hace tiempo y eso se nota. Aún después de que pase la pandemia, el panorama seguirá complicado si no hay algún cambio.
En las bodegas están moliendo a pleno, a pesar que esta cosecha es pobre, similar a la de 2017.
Las bodegas han aumentado las normas de higiene, pero no pueden parar, pese a que se sabe que las exportaciones se derrumbarán y aún se negocia el porcentaje de mosto.
En la bodega municipal de Junín, por ejemplo, se sigue moliendo mientras dure la cosecha, a la que al menos le quedan 20 días más. “Se han tomado todas la medidas para que vaya la menor cantidad de gente posible a la bodega. Los trámites y los pagos son online”, informaron desde allí.
Desde hace una semana las viñas han recuperado un paisaje que hacía muchos años no se veía, al menos con tanta frecuencia. Están llenas de niños. Los cosechadores, obligados por la suspensión de clases por la pandemia, no tienen más remedio que lleva a sus hijos consigo.
“La mayoría se lleva a los niños. No hay jardín ni escuela y casi todos los matrimonios cosechamos”, reconoce María Rodríguez.
Y, justamente con los niños, ahora los distintos merenderos comunitarios están colapsados. “Cómo no hay escuela, las familias prefieren ir al merendero que tienen más cerca. Les damos la comida, para que se la lleven a sus casas y evitar que haya mucha gente junta”, cuenta Alejandro, un sanmartiniano que integra el movimiento Dignidad.
Por esa mayor concurrencia, los merenderos están quedándose con muy poca mercadería y aguardan con ansiedad el envío de refuerzos del Gobierno nacional.
