El tratamiento con plasma para los enfermos de coronavirus es una de las principales herramientas para tratar de mejorar el estado de los pacientes. La donación de plasma de aquellos que ya han superado la patología es algo que, salvo aquellos impedidos por razones médicas específicas, casi se impone como un acto solidario moral, en medio de la principal pandemia de esta época.
Pero el plasma no es una herramienta nueva, descubierta ahora. Argentina fue una de las primeras en usarla en la década del 50.
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En 1953 apareció en el país lo que es conocido como el mal de los rastrojos, la fiebre hemorrágica argentina, que afectó la pampa húmeda. En el 58 fue epidemia y ese año comienza a tratarse a los enfermos con plasma de infectados recuperados, después de intensos estudios. Luego se pudo aislar al virus y se creó la vacuna en el Instituto Maiztegui, de Pergamino, en donde además se trabaja en la elaboración de vacuna y tratamiento de la fiebre amarilla. Además se trabaja sobre otras patologías como dengue, zika, chikungunya y hantavirus. Sin embargo, a pesar de la importancia que tuvo y tiene el trabajo sobre estos males, esos avances y la tarea actual pasan casi desapercibidos.
La fiebre hemorrágica argentina, así definida técnicamente pero popularmente conocida como el mal de los rastrojos, tuvo sus primeros casos en la zona de la pampa húmeda, puntualmente en la región de Bragado.
En 1953 se publica una detallada descripción de la nueva enfermedad, parecida a algunos casos que habían aparecido anterioridad en la Unión Soviética, Crimea, Omsk, Manchuria, Corea y Bolivia, lugares en donde se había logrado aislar el agente etiológico, per no se había logrado crear una vacuna.
Desde 1953 a 1957 la zona de contagios se fue extendiendo y los afectados presentaban una gripe fuerte, relativamente benigna.
Pero en mayo de 1958 la situación cambia rotundamente y comienzan a presentarse numerosos casos, especialmente en el Hospital de Junín (Buenos Aires) de pacientes en estado grave, con hemorragias y muchos de ellos que concluían en la muerte.
Los pacientes eran en su gran mayoría jóvenes, trabajadores rurales y la taza de mortalidad era altísima, de cerca del 50%. Fue el comienzo de la epidemia.
El 8 de junio de ese año, en Junín, se crea un grupo de estudio e investigación.
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El trabajo de los médicos y científicos logró describir las formas clínicas diferentes en que se desarrollaba la enfermedad, la evolución y también, y principalmente, los parámetros clínicos y de laboratorio que permitían tener un diagnóstico precoz de la enfermedad.
Este descubrimiento precoz de la enfermedad en el paciente, permitía que el mismo fuera tratado con plasma de pacientes recuperados y así se bajó drásticamente el índice de mortalidad.
El grupo de científicos demostró que la efectividad del tratamiento con plasma de convaleciente se basa en su aplicación en los primeros estadios de la enfermedad. Aplicado con este protocolo, la mortalidad pasó del 50% al 3%.
Pero el trabajo continuó y en septiembre de 1958 se logra identificar el virus, que recibe el nombre de Virus Junín.
En 1967 se logra una vacuna y el primer voluntario fue inoculado el 31 de mayo de 1968 y se comprobó que el paciente generó anticuerpos que neutralizaron el virus. Luego el Ministerio de Salud Pública de la Nación autorizó la aplicación de la vacuna en humanos y se organizó un plan de vacunación con apoyo oficial a voluntarios entre los años 1968 y 1971. En ese período se vacunaron 636 voluntarios a los que se siguió con controles clínicos y serológicos durante 10 años. Se comprobó que la vacuna daba un buen título de anticuerpos y era inocua. Se usó el plasma de estos vacunados como si fuese el plasma de los convalecientes con igual éxito.
Mucho más cerca en el tiempo, en 2007, la vacuna ingresó en el calendario de vacunación, pero en 2018 el plan se discontinuó y ahora fue vuelto a poner en marcha, debido a que continúa siendo una enfermedad infecciosa endémica que afecta a la población de parte de las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, La Pampa y Córdoba.
