Un estudio elaborado por investigadores del Ciclo Básico Común (CBC) de la Universidad de Buenos Aires (UBA), dentro del Proyecto PIDAE-UBA, reveló que el 48,9% de los jóvenes argentinos de entre 18 y 29 años vive en condiciones de vulnerabilidad social. La investigación se basó en una encuesta presencial realizada entre diciembre de 2025 y enero de 2026 a 1.002 jóvenes de los principales aglomerados urbanos del país.
Casi la mitad de los jóvenes argentinos vive en situación vulnerable y el 20% no estudia ni trabaja
Un estudio del CBC de la UBA, realizado sobre 1.002 jóvenes de 18 a 29 años, reveló un fuerte deterioro social, generado por salud mental y falta de trabajo

Ya no solo "ni estudian ni trabajan", sino que actualmente, los jóvenes no buscan trabajo. La desesperanza va ganando la partida.
El informe describe una realidad atravesada por dificultades económicas, precarización laboral, problemas de salud mental y un fuerte deterioro de las expectativas de progreso. Aunque la mayoría de los jóvenes considera que estudiar puede mejorar su calidad de vida, los investigadores advierten que las barreras materiales y sociales dificultan cada vez más transformar esa expectativa en una posibilidad concreta.
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Una generación atravesada por la precariedad
El estudio define la vulnerabilidad social a partir del nivel educativo alcanzado y de las condiciones materiales del hogar. Bajo ese criterio, prácticamente 1 de cada 2 jóvenes se encuentra en esa situación.
Uno de los datos más preocupantes es el relacionado con el trabajo. Entre quienes tienen empleo, apenas el 18,9% cuenta con un puesto registrado, mientras que el 75,9% trabaja en la informalidad o realiza changas y actividades por cuenta propia. A esto se suma que el 57% aseguró que los ingresos familiares no alcanzan para llegar a fin de mes.
En materia de acceso a la salud, el panorama tampoco resulta alentador. El 78% de los jóvenes consultados no posee obra social ni medicina prepaga y depende exclusivamente del sistema público.
La psicóloga Nancy Caballero sostiene que este escenario no puede analizarse únicamente desde la coyuntura económica. A su entender, existe además una pobreza estructural que lleva décadas afectando a numerosos hogares y que limita las posibilidades de desarrollo desde la infancia. Según plantea, muchos jóvenes crecieron con escasas oportunidades de estimulación, acompañamiento y construcción de hábitos que luego resultan determinantes para sostener trayectorias educativas y laborales.
El fenómeno de los "triple Ni" y el desaliento
El informe también identifica un fenómeno que preocupa especialmente a los investigadores: 2 de cada 10 jóvenes vulnerables no estudian, no trabajan ni buscan empleo.
Entre quienes manifestaron estar desocupados y fuera del sistema educativo, un tercio dejó directamente de buscar trabajo. De hecho, entre todos los jóvenes que dijeron no tener empleo -el 30,6% del total- apenas 4 de cada 10 realizaron búsquedas laborales recientes.
Para Caballero, detrás de ese fenómeno aparece lo que la psicología denomina "indefensión aprendida". La profesional sostiene que muchos jóvenes dejan de intentarlo porque sienten que cualquier esfuerzo terminará en un nuevo rechazo. Esa percepción, afirma, se ve reforzada cuando nunca pudieron desarrollar herramientas para afrontar la frustración o sostener objetivos de largo plazo.
La especialista también advierte sobre una brecha creciente entre la escuela secundaria y las exigencias del mundo laboral o universitario. Según su análisis, numerosos empleadores observan dificultades vinculadas no solo con los conocimientos académicos, sino también con hábitos básicos como la puntualidad, la constancia o la responsabilidad.
En ese sentido, considera que durante décadas se redujo progresivamente el nivel de exigencia escolar bajo la idea de favorecer la inclusión, aunque esa estrategia generó efectos contrarios al impedir que muchos estudiantes desarrollaran autonomía, pensamiento crítico y capacidad para enfrentar dificultades.
Salud mental, ansiedad y pérdida de proyectos
El relevamiento de la UBA también expone un fuerte deterioro del bienestar emocional de los jóvenes.
Más del 70% manifestó sufrir nervios o ansiedad de manera frecuente, mientras que la mitad reconoció experimentar desgano o síntomas compatibles con cuadros depresivos. Además, 3 de cada 10 admitieron tener dificultades para controlar el consumo de alcohol, tabaco u otras sustancias.
Para Federico Henríquez Rigoni, este escenario está atravesado por múltiples factores que exceden la situación económica. Entre ellos menciona el crecimiento de las apuestas online, la expansión de modelos que prometen dinero rápido y la influencia permanente de las redes sociales.
Según explica, muchos jóvenes reciben mensajes que presentan el éxito económico como un resultado inmediato, asociado al trading, las plataformas de contenido o las apuestas, invisibilizando que la enorme mayoría no obtiene esos resultados. Esa lógica, sostiene, termina debilitando la valoración del estudio y del trabajo como caminos de construcción gradual.
Henríquez Rigoni también advierte que la cultura de la inmediatez modifica la capacidad de sostener procesos largos. El uso permanente del teléfono celular y de plataformas basadas en contenidos breves favorece la búsqueda constante de gratificación inmediata, dificultando la atención, la paciencia y la tolerancia al esfuerzo prolongado.
Caballero coincide en que esa lógica también repercute sobre la salud mental. Asegura que la autoestima no se construye evitando toda frustración, sino aprendiendo a reconocer fortalezas y debilidades, aceptar límites y perseverar frente a los obstáculos. Cuando ese proceso no ocurre, explica, aparecen con mayor facilidad el vacío existencial, la apatía y los cuadros depresivos.
La educación sigue siendo una esperanza
A pesar del escenario crítico, el informe deja un dato que los investigadores consideran alentador: el 85,7% de los jóvenes cree que estudiar podría mejorar su calidad de vida.
Ese resultado muestra que la educación continúa siendo valorada como una herramienta de movilidad social, aunque las condiciones materiales muchas veces impidan sostener una trayectoria educativa o combinarla con un empleo.
Henríquez Rigoni advierte, sin embargo, que hoy también existe una pérdida del valor del conocimiento profundo frente a propuestas de formación rápida o soluciones simplificadas que prometen resultados inmediatos. En ese contexto, cuestiona el crecimiento de ofertas que reemplazan procesos formativos largos por recetas breves y señala que esa tendencia también puede debilitar el pensamiento crítico.
Por su parte, Caballero sostiene que la salida requiere recuperar proyectos de vida que permitan reconstruir expectativas de futuro. Para la profesional, no se trata de una generación sin capacidades, sino de jóvenes que, en muchos casos, no contaron con las herramientas necesarias para afrontar la frustración, desarrollar disciplina y sostener objetivos a largo plazo.
El informe de la UBA no busca establecer relaciones causales, pero sí aporta una fotografía de una generación que enfrenta múltiples dificultades de manera simultánea. La combinación de vulnerabilidad social, empleo precario, problemas de salud mental y desaliento configura un escenario complejo que, según coinciden los especialistas consultados, obliga a pensar políticas públicas capaces de abordar tanto las condiciones materiales como los aspectos educativos y emocionales que atraviesan hoy a los jóvenes argentinos.
En pocas palabras
- Vulnerabilidad social: el 48,9% de los jóvenes argentinos de 18 a 29 años vive en condiciones de vulnerabilidad, según estudio de la UBA.
- Precariedad laboral: solo el 18,9% de los jóvenes con empleo lo tiene en blanco; el 75,9% trabaja informalmente o realiza changas.
- Salud mental: más del 70% sufre ansiedad frecuente y la mitad experimenta desgano o síntomas depresivos.