Sofía Cortéz tiene 6 años, vive en Las Varillas, un puesto cerca de El Alambrado, una zona rural ubicada a 130 kilómetros al sur de Malargüe, y tiene una rutina que muy pocos de su edad conocen: salir a caballo para llevar a su rebaño de chivos. En este Día del Niño, su historia es diferente a la de los chicos de ciudad.
Caballos, chivos y libertad: la infancia de Sofía y su vida en el desierto mendocino
Cerca de El Alambrado, en Malargüe, Sofía, de 6 años, traslada su rebaño a caballo en medio del desierto mendocino. Una infancia rural, libre y feliz

Sofía traslada a sus chivos a bordo de su caballo "Poquito" en un puesto de El Alambrado. Un Día del Niño distinto.
GentilezaSu compañero inseparable es “Poquito”, un caballo manso y resistente con el que recorre los senderos pedregosos de la zona. Lo monta desde que tenía cuatro años, aprendiendo con paciencia a guiar a los animales, siempre con el ejemplo de su papá, Marcelo Cortéz, y con el apoyo de su mamá, Gladys Ávila. En la familia también están sus hermanas Jimena y Alma, con quienes comparte juegos y su infancia en el campo.
En su escuela, la rural 8-493 José Río, Sofía aprende lo mismo que cualquier niño de su edad, pero también incorpora saberes que vienen de generaciones: cuidar animales, leer el clima, arreglar corrales o entender que el trabajo en equipo es clave para que todo funcione. Allí, la naturaleza resulta muchas veces ser el aula en la que se desarrollan las clases.
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"Nadie la obliga: ella ama cuidar a sus chivos y a su caballo", dice su mamá
Lo que distingue a Sofía es su entusiasmo por las tareas rurales. En tiempo de chivos, cuando hay que moverlos hacia el corral, ella es la primera en ofrecerse. Montada en Poquito, puede llevar hasta seis animales en un solo viaje: tres en las maletas de la montura y otros que avanzan delante, siguiendo su paso firme.
Para quienes la ven, es una imagen que sorprende: una niña pequeña, pero con la actitud de un adulto, guiando a su rebaño por los caminos de tierra.
"Nadie la obliga. Le encanta colaborar con las tareas rurales y siempre está dispuesta. Aún no sabe qué hará cuando sea adulta, pero mientras tanto aprovecha cada día su pasión, que son los animales y la vida al aire libre”, dijo su mamá.
En El Alambrado, la vida es austera y cada tarea requiere esfuerzo. Las casas suelen ser de adobe, los corrales se levantan a mano y el agua muchas veces hay que buscarla lejos. No hay supermercados ni grandes negocios; todo se resuelve con ingenio y ayuda mutua. Sofía crece en ese contexto, entendiendo desde chica que el trabajo diario es parte de la vida y que la familia es el motor para salir adelante.
Las cabalgatas, la mejor forma de pasar la infancia
La tecnología está presente, pero no domina su día. El celular de su mamá es el que usa a la noche para mirar algún video o comunicarse, pero durante las horas de sol, sus días están llenos de cabalgatas, juegos al aire libre y cuidados de los animales.
“Sólo un rato y a la noche. Tal vez por eso ella tiene un vínculo mucho más fuerte que otros chicos con la naturaleza y con su entorno”, advierte su mamá.
En esta parte del sur mendocino, el paisaje es tan imponente como exigente. Las jarillas forman un manto verde y amarillo que resiste el viento constante y la falta de lluvias. El silencio del campo se interrumpe apenas por el balido de los chivos o el relincho de Poquito, en su humilde puesto.
Las festividades, como el Día del Niño, no tienen el despliegue de las ciudades. Su mamá lo explica de este modo: “A veces la municipalidad organiza actividades, pero no siempre llega a esta zona, por eso se festeja en familia”.
Sin embargo, Sofía no piensa demasiado en el Día del Niño. Cada jornada en el campo es una celebración distinta: un amanecer con el cielo despejado, un día de juego con sus hermanas, o la satisfacción de ayudar a su papá con las tareas del puesto.
Un Día del Niño diferente al del resto de los chicos
Marcelo y Gladys saben que la infancia de su hija no se parece a la de la mayoría, pero valoran que crezca con libertad y en contacto con la tierra.
“Ella ama el campo y los animales, desde muy chiquita nos acompaña. Lo de andar a caballo y cuidar chivos le sale natural, como si lo hubiera hecho siempre”, cuentan.
Poquito, el caballo, es parte fundamental de la historia y el aliado que le permite a Sofía recorrer largas distancias y manejar los animales con confianza. Entre ambos se percibe un entendimiento silencioso. Ella misma le puso ese nombre y no sabe explicar a qué se debe. “No es Paquito; es Poquito”, aclara.
A los seis años, Sofía ya tiene una rutina marcada por el clima y las necesidades del campo. Si hay que encerrar chivos, ella está lista. Si toca reparar una cerca, se acerca a mirar y aprender. Y cuando hay tiempo libre, inventa juegos que mezclan la imaginación con el mundo real: puede pasar de peinar a Poquito a improvisar una “escuela” para sus cabritos más mansos.
Las Varillas, en Malargüe, es un lugar pequeño y está alejado, pero tiene en Sofía una de sus imágenes más genuinas: la de una niña que crece fuerte, curiosa y feliz, rodeada de animales, familia y cielo abierto. Allí, la niñez no se transita con juguetes ni tecnología sino con la libertad de correr, cabalgar y cuidar lo que se quiere.