Al final del día: los vínculos, los errores y todo lo que aprendimos

Pasamos la vida persiguiendo objetivos y evitando errores. Quizás el problema no sea cómo vivimos, sino con qué vara estamos midiendo el éxito.

Editado por César Vidal
cesarvidalscasso@gmail.com

Hay una pregunta incómoda que probablemente deberíamos hacernos más seguido: ¿Qué queda de nosotros cuando dejamos de lado los títulos, el trabajo, el dinero, las cosas que compramos y todo aquello que utilizamos para presentarnos frente al mundo? No es una pregunta particularmente agradable.

Porque durante buena parte de nuestra vida nos enseñan exactamente lo contrario.

Estudiá. Recibite. Conseguí un buen trabajo. Comprá una casa. Progresá. Tené éxito. Construí algo. Dejá una huella.

Y no hay absolutamente nada malo en todo eso. Tener objetivos es importante, crecer es importante y construir también.

El problema aparece cuando confundimos las cosas que conseguimos con la persona en la que nos convertimos mientras intentábamos conseguirlas.

Porque algún día los cargos terminan y los proyectos cambian. Las empresas desaparecen y los objetos se rompen.

Los reconocimientos pierden importancia y probablemente nadie recuerde cuántos correos respondiste un martes a las once de la noche (o a la madrugada del miércoles)

Lo que si puede pasar es que alguien recuerde durante toda su vida que estuviste cuando te necesitaba. Y ahí cambia todo.

Somos las personas que encontramos en el camino

Pensalo por un segundo. Buena parte de los recuerdos que realmente importan tienen personas adentro, ¿verdad?

Una conversación o una cena. Un viaje o una amistad improbable. Una pareja o quizá un abrazo en el momento indicado.

Una llamada cuando todo parecía salir mal o una persona que creyó en nosotros cuando quizás nosotros mismos no lo hacíamos.

Incluso muchos de nuestros mayores logros serían completamente diferentes si no pudiéramos compartirlos con alguien.

Podés conseguir aquello que deseaste durante diez años pero probablemente uno de tus primeros impulsos sea agarrar el teléfono y contárselo a alguien, y sentir a la distancia su reacción.

Eso dice bastante.

Somos seres profundamente sociales.

Necesitamos construir pero también necesitamos que alguien mire eso que construimos y entienda por qué significa tanto para nosotros.

Quizás por eso una vida llena de éxitos pero vacía de vínculos puede sentirse paradójicamente tan pobre.

Y sin embargo, una vida mucho más sencilla, rodeada de personas a las que queremos y que nos quieren, puede sentirse extraordinariamente rica.

También somos las personas que dejamos atrás

Creo profundamente que hablar de vínculos solamente desde el romanticismo sería bastante ingenuo.

Porque no todas las personas que llegan a nuestra vida están destinadas a quedarse.

Hay amistades que desaparecen, relaciones que terminan, socios que toman otros caminos, familias que se distancian.

Personas con las que alguna vez pensamos compartir toda la vida y que un día se convierten simplemente en un nombre perdido varios cientos de conversaciones abajo en WhatsApp.

Y eso (lamentablemente o felizmente) también forma parte de vivir.

Algunas personas llegan para acompañarnos durante décadas, otras durante algunos años, y algunas apenas durante unos meses.

Eso no necesariamente vuelve menos importante lo que compartimos.

Y es que tenemos esta extraña obsesión por evaluar los vínculos solamente por su duración como si algo que terminó necesariamente hubiera fracasado. Y quizás no sea así.

Quizás algunas relaciones simplemente cumplen su ciclo cuando nos enseñan algo, nos cambian, nos hacen descubrir partes de nosotros mismos que desconocíamos y después continúan por otro camino.

No todo lo que termina estuvo mal. A veces terminó precisamente porque ya había dado todo lo que tenía para darnos.

La obsesión por no equivocarnos

Después están los errores, y probablemente sea una de las cosas que más tratamos de ocultar porque nos educan para acertar.

El examen tiene respuestas correctas y respuestas incorrectas: equivocarse baja la nota, fallar significa perder.

Y lentamente trasladamos esa lógica a nuestra vida.

Vamos construyendo una versión extraña de nosotros mismos en la que parecer tener todo bajo control se vuelve casi tan importante como realmente tenerlo.

Las redes sociales (tristemente) llevaron esto todavía más lejos.

Mostramos el viaje (y no la discusión anterior al viaje)

Mostramos el ascenso laboral (no las veinte entrevistas donde nos rechazaron)

Mostramos cuando un proyecto funciona (raramente contamos los veinte anteriores que terminaron en absolutamente nada)

Mostramos la relación perfecta (y no las discusiones o el llanto por conversaciones difíciles)

Mostramos los logros (pero no la "sangre, sudor y lágrimas" que dejamos en el camino)

Creamos perfiles cuidadosamente seleccionados donde la vida parece una sucesión constante de victorias, algo que termina alejándonos de la verdadera complejidad de quienes somos.

Irónicamente la vida real ocurre justamente en el espacio que dejamos afuera de Instagram.

La vida radica en las contradicciones, en los miedos, en las malas decisiones, en los días donde no sabemos qué estamos haciendo. Y, especialmente, en los errores.

Equivocarse también es avanzar

Hay una enorme diferencia entre cometer un error y convertir ese error en nuestra identidad.

Todos nos equivocamos.

Elegimos mal, confiamos en personas equivocadas.

Decimos algo que no deberíamos haber dicho o no decimos algo cuando deberíamos haberlo hecho.

Tomamos trabajos que después odiamos y dejamos pasar oportunidades.

Nos alejamos de personas que quizás merecían otra oportunidad.

Insistimos demasiado o abandonamos demasiado pronto.

No existe una vida sin errores.

Existe una vida donde aprendemos de ellos y otra donde volvemos a tropezar con la misma piedra, una que dice: "usted no aprende ¿verdad?"

Ahí es donde probablemente esté una de las diferencias más importantes porque equivocarse no necesariamente significa retroceder.

A veces necesitábamos tomar exactamente aquella pésima decisión para comprender algo que ninguna explicación externa podía enseñarnos. Soy un fiel creyente de que hay aprendizajes que solamente llegan después de golpearnos contra una pared.

Podrían habernos advertido, probablemente lo hicieron. No importa.

Necesitábamos nuestra propia pared y estrellarnos fuerte, que duela en cada parte de nosotros y mirar hacia atrás sin castigarnos

Existe otro ejercicio difícil: mirar a nuestra versión de hace diez años sin juzgarla utilizando todo lo que sabemos hoy. Les garantizo que es tremendamente injusto.

Aquella persona tomó decisiones con las herramientas que tenía entonces.

Con todos sus miedos, su contexto, sus recursos, sus inseguridades, su conocimiento, incluso sus prioridades.

No podemos exigirle que supiera aquello que tardamos otros diez años en comprender.

La perspectiva siempre llega tarde y quizás madurar también sea aprender a mirar hacia atrás y decir:

“Hoy lo habría hecho diferente.”

Sin necesidad de agregar: “Qué idiota fui.”

Porque precisamente hoy lo haríamos diferente gracias a aquello que ocurrió y la contradicción es hermosa.

Nos arrepentimos de experiencias que, al mismo tiempo, fueron necesarias para convertirnos en quienes somos.

La vida se construye con pequeñas cosas

Tenemos una tendencia natural a pensar nuestra vida alrededor de grandes acontecimientos: graduarnos, casarnos, cambiar de trabajo, tener hijos, emprender, mudarnos, viajar, comprar una casa.

La mayor parte de la vida ocurre entre esos acontecimientos efímeros..

Un café.

Una caminata

Saludar a nuestro gato o que el perro nos mueva la cola.

Una charla aparentemente insignificante.

Una tarde trabajando en un proyecto que amamos.

Una comida con nuestros padres o uno solo de ellos, o un tío.

Una noche riéndonos hasta las lágrimas con amigos.

Un mensaje a media tarde con un "te amo".

Un beso antes de salir

El problema es que muchas veces solamente entendemos el valor de esos momentos cuando dejan de ser cotidianos.

Lo extraordinario suele disfrazarse de rutina.

En otro texto utilicé la metáfora de los ladrillos: pequeñas acciones diarias que, acumuladas, terminan construyendo estructuras enormes. Una llamada, una conversación sincera, aprender algo nuevo; pequeños actos cuyo valor muchas veces solo podemos comprender cuando miramos hacia atrás.

Creo que la vida funciona bastante parecido.

Estamos permanentemente colocando ladrillos.

En nuestras relaciones. En nuestra carrera. En nuestra personalidad. En nuestros recuerdos.

Y la pregunta es qué estamos construyendo con ellos.

¿Qué significa realmente tener éxito?

Quizás esta sea una de las preguntas más difíciles que me he hecho jamás, porque cada persona debería construir su propia respuesta.

Para alguien puede ser fundar una compañía. Para otro, formar una familia, viajar por el mundo, escribir un libro, ser profesor o bombero.

Crear algo que sobreviva a su creador o vivir tranquilo frente al mar.

O simplemente despertarse cada mañana sin sentir que está viviendo la vida que alguien más eligió por él.

El problema aparece cuando aceptamos una definición de éxito que nunca cuestionamos.

Corremos una carrera sin preguntarnos quién decidió dónde estaba la meta.

Podemos pasar veinte años tratando de llegar a un lugar que, cuando finalmente alcanzamos, descubrimos que ni siquiera queríamos.

Por eso quizás también exista una forma diferente de medir una vida.

¿Cuántas personas pueden llamarte cuando te necesitan?

¿A cuántas personas llamarías vos?

¿Pediste perdón cuando correspondía?

¿Dijiste gracias?

¿Cambiaste de opinión alguna vez?

¿Aprendiste de tus errores?

¿Fuiste capaz de reconocer que estabas equivocado?

¿Ayudaste a alguien sin esperar nada a cambio?

¿Te animaste a hacer alguna cosa que realmente te daba miedo?

¿Hay personas que son un poco mejores porque alguna vez se cruzaron con vos?

Probablemente ninguna de esas respuestas figure en un currículum, pero dicen muchísimo más sobre una persona.

Todavía estamos escribiendo y quizás esta sea la mejor parte. Nos queden 50 años o 2 semanas de vida.

Mientras estemos acá, la historia todavía no terminó.

Podemos llamar.

Pedir perdón.

Podemos empezar de nuevo.

Abandonar algo que ya no tiene sentido.

Podemos recuperar una amistad.

Aprender.

Podemos cambiar.

Podemos reconocer que aquella certeza absoluta que defendíamos hace diez años hoy nos parece ridícula.

Eso no es incoherencia es crecimiento.

Ser exactamente la misma persona durante toda una vida probablemente significaría que aprendimos bastante poco durante el camino.

Si pasaron 10 años y seguís pensando exactamente igual, ¿viviste esos 10 años?

Cambiar de opinión frente a nueva información debería ser una virtud, no una debilidad.

Cambiar nosotros mismos también, quizá vivir sea justamente eso: Construir. Romper. Equivocarnos. Volver a construir. Encontrarnos con personas. Despedirnos de algunas. Aferrarnos a otras. Caernos. Levantarnos.

Tratar de entender un poco mejor quiénes somos después de cada vuelta.

Algún día alguien tendrá nuestra última conversación con nosotros sin saber que es la última.

Algún día abrazaremos a nuestra mascota de toda la vida, por última vez.

Algún día nosotros también tendremos una última cena, una última reunión, un último proyecto y un último abrazo.

No sabemos cuáles serán. Y (honestamente creo) es mejor así.

Porque la incertidumbre también nos obliga a recordar algo extremadamente sencillo que solemos olvidar mientras corremos de un objetivo hacia el siguiente: el tiempo importa, pero importa todavía más qué hacemos, y con quiénes elegimos compartirlo, mientras lo tenemos.

Al final del día, somos los vínculos que tenemos, los errores que cometimos y la capacidad de aprender a lo largo del camino.

En pocas palabras

  • Vínculos y errores: Reflexiona sobre la importancia de los lazos humanos frente a los logros materiales y los tropiezos vitales.
  • Autoconocimiento: Explora cómo los errores y las experiencias, incluso las dolorosas, moldean la identidad y fomentan el crecimiento personal.
  • Éxito real: Cuestiona las definiciones convencionales de éxito, sugiriendo que la riqueza reside en las relaciones y el aprendizaje continuo.
Resumen generado por Thinkindot AI

MÁS LEÍDAS

Temas relacionados