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Fumar y festejar, 43 años después de ser ejecutado

Editado por Enrique Pfaab
pfaab.enrique@grupoamerica.com.ar

Y volvió. Cuarenta y tres años después de haberse ido, volvió. Y el 3 de enero, después de tanto, volvió a ser su cumpleaños en casa familiar. Si hubiera podido, esa madrugada del 4 se hubiera fumado un pucho sentado en el umbral. Pero no pudo. No pudo porque lo mataron. Los milicos lo cosieron a balazos otra madrugada, la del 4 de abril del '76, cuando bajaba del monte hacia el pueblito de Santa Lucía, allá en Tucumán. Esa madrugada, antes de comenzar a bajar, se había fumando el último Jockey Club. Ahora no puede.

Carlos Espeche hubiera cumplido 72 años este 3 de enero. Era médico y profesor de la universidad. Con Mercedes Salvadora Eva Vega habían tenido un noviazgo quinceañero, que se extendió hasta el casamiento. Tuvieron dos hijos varones y Mechita también se recibió de médica.

Él de familia de izquierda y ella de peronistas, fueron militantes comprometidos y activos hasta que, cercados por la Triple AAA y los ideólogos del Proceso, decidieron dividirse. Carlos se fue primero a Buenos Aires y después a Tucumán. Mercedes se quedó en Mendoza y el 7 de junio de 1976, cuando ya habían matado a su marido en Tucumán y ella no lo sabía, fue secuestrada en su casa de la calle Ituzaingó, de Ciudad, delante de sus dos hijos, Ernesto y Mariano. “Yo tenía dos años”, recuerda el primero.

El niño Ernesto es ahora y desde hace tiempo un hombre esencialmente político, más que muchos. Los asesinos condicionaron ese destino. Cuenta sobre su proceso de HIJO: “Yo pasé de una mirada casi exclusivamente política, un poco para protegerme. Podía dar cátedra sobre Derechos Humanos, pero si me preguntaban qué comida le gustaba a mi papá, me largaba a llorar. Algo no estaba bien. Por eso tuve que ir a una mirada más personal, más íntima. Mirar ese proyecto familiar que le privaron a nuestros padres y también a nosotros”.

Entonces comenzó un camino lento, paciente y que quizás no concluya jamás. “Fui recogiendo papelitos y documentos de dónde se podía. Legajos, las cartas que fui encontrando en las casas de tíos, de mi abuela, hasta un audio de mi papá que le hablaba de mi mamá. Estuve mucho tiempo sin animarme a escucharlo…”.

Mercedes y Carlos tuvieron un noviazgo largo, en donde intercambiaron montones de cartas y notas. Ernesto recuperó muchas de ellas. Encontró también una marquilla de cigarrillo. Un Parliament. “Mechi y Carlos”, tiene escrito. Ernesto, el 3 de enero, el día del cumpleaños de su padre, escribió en su Facebook: “Esto te lo dio alguna vez la vieja… ¿Te acordás? “Mecha y Carlos”, mamá y vos. Puro amor, de ese profundo, a fondo, indestructible. Siempre juntxs, así debió ser. Y aquí estamos, para desafiar al tiempo, para encontrar a todxs, cómo te encontramos a vos, para decirle a los desaparecedores que no nos han vencido”.

Entre tanto, también hay otra marquilla de cigarrillos que es parte de la historia. Una parte brutal, tremenda y a la vez emocionante. Un paquete vacío de Jockey Club.

Hace cuatro años fueron identificados los restos de Carlos Espeche en el Pozo de Vargas. Esos restos fueron los que ahora Ernesto logró traer a Mendoza y colocar en una urna, en su casa.

A partir de la noticia de la identificación y de la publicación de la foto de Carlos Espeche, Ernesto recibió una llamada inesperada. La de una mujer.
“Yo estuve con tu papá en Tucumán”, le dijo.

Carlos Espeche había llegado a Tucumán en febrero del '76, con la intención de aportar sus servicios de médico en los campamentos que estaban enclavados en el monte. Llegó con el nombre de “Martín”. También llegó “Mirta”, una enfermera, que sería la que trabajaría con él. Y fue “Mirta” la que, en este presente, llamó a Ernesto para contarle algunas cosas de su padre.

Ernesto y “Mirta” se encontraron en Córdoba. Allí la mujer le contó que estaban designados en un campamento muy diezmado y que la noche del 4 de abril les tocaba bajar al pueblo más cercano, Santa Lucia.

Era rutina. Siempre bajaba un grupo de tres, para charlar con los vecinos, acopiar algunos medicamentos y otras cosas. Esta era la primera vez que les tocaba bajar a “Mirta” y a “Martín”.

Otro compañero, un tal “Mariano”, iba adelante. Al medio iba “Mirta” y atrás “Martín”.

El Ejército les había preparado una emboscada, a mitad de camino y recibió al trío con una lluvia de balas

Cuenta Ernesto, según su charla con “Mirta”:

“El primero, Mariano, muere inmediatamente. Mi viejo cae y Mirta lo va arrastrando, hasta donde puede. Mi viejo le dice que no puede más…”

-Vamos Martín, pensá en tus hijos, vamos que vos podes- le dice Mirta.

-Salvate vos, que yo no puedo.

-Pero pensá en tus hijos.

-Pienso en mis hijos, por eso estoy acá.

“Y se quedó ahí, fue lo último que dijo”, dice ahora Ernesto, que ha recuperado del olvido la última frase de su padre.
“Mirta me entregó una etiqueta de Jockey Club. 'Este fue el último paquete que abrimos. El último cigarrillo lo fumamos antes de bajar'. Tuvo todos esos años guardado ese paquetito, para cuando llegara el día de conocer a los hijos de Martín y contarnos esta historia”, dice Ernesto.

Esa madrugada “Mirta” sobrevivió milagrosamente. Recibió 15 disparos en las piernas. Estuvo tres noche escapándose, hasta que logró refugiarse en la casa de un campesino, primero, y después refugiarse en San Miguel de Tucumán y finalmente exiliarse en México.

A mediados de este último diciembre Ernesto y su hermano Mariano trajeron a Mendoza los restos de Carlos Espeche y este tres de enero recordaron su cumpleaños, junto a compañeros, militantes y organismos de Derechos Humanos.

“No fue un velorio, fue un reencuentro”

Reflexiones de Ernesto

“Yo tenía dos años. Entonces he reconstruido todo gracias a los relatos de médicos amigos, militantes, de los organismos, de la familia, que me fueron dando pedacitos de mis viejos”.

“Ahora algunos me decían: ‘Cerraste la historia'. No, no cerré nada, todo es parte de la reconstrucción. Lo que pasó ahora es que mi viejo continuó su viaje y volvió a Mendoza”.

“La imagen de pequeños mosaicos de la historia de mi viejo, está basada en relatos. En la de sus compañeros, sus alumnos de la Facultad…”

“Me cruzo con gente que me dice: te tuve en brazos cuando eras bebé. Por suerte yo estuve en brazos de todo el mundo”.

“Además de frustrar un proyecto político de país, la dictadura frustró en estos casos un proyecto de familia, que parece una circunstancia menor, pero que no lo es”.

“No, no cierra nada ahora. No cierran las heridas. No hago un duelo, porque es un duelo imposible. Un duelo implica reconocer la ausencia en el primer cumpleaños, en las primeras fiestas con la silla vacía. Lo mío fue pura ausencia. No hay duelo posible. No puedo hacerlo. Yo lo que tengo de ellos son recuerdos de otros. Es un duelo imposible”.

“Esto no tiene un punto de llegada. Me dicen que ahora lo puedo dejar ir en paz. No, yo me aferro a lo que ahora tengo de él, lo poquito tangible (…), la cajita de cigarrillos, sus restos… No voy a soltar eso en ningún lado. Ahora tengo la posibilidad de tocar, por primera vez”.

“Todavía nos obligan a un proceso distinto. Todos los días nos pasa la dictadura por encima. A mi viejo me lo arrebatan todos los días”.

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