Sobre la dictadura que se instauró en la Argentina a partir de 1976 se ha escrito y se ha dicho mucho.
Felipe Pigna le pone los puntos sobre las íes al golpe del Proceso: "Había un tema tabú, que era la previa al '76"
Escritor, docente e investigador, Felipe Pigna es siempre una voz autorizada. Su reciente libro 76 funciona como una robusta fuente de consulta, con diez páginas de bibliografía como sustento adicional
Felipe Pigna, autor de 76, un libro imperible sobre la previa del Golpe de Estado.
Pero no se ha dicho lo suficiente.
Es lo que considera Felipe Pigna(Mercedes, Buenos Aires, 1959), quien, como historiador de referencia, aprovechó los cincuentas año del pronunciamiento militar para dar su versión integral, y casi definitiva, del acontecimiento que “cambió nuestra historia para siempre”.
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Su libro 76 funciona como una robusta fuente de consulta, con diez páginas de bibliografía como sustento adicional.
Y se destaca, como uno de los aportes más sustantivos, la tajante evidencia de que el golpe de Estado no fue un hecho antojadizo ni improvisado. Por el contrario, hubo una efusiva complicidad de una parte de la sociedad civil y de la política de entonces, con el peronismo gobernante y las organizaciones guerrilleras en primer plano.
El resto, o sea, los influjos modélicos e ideológicos llegados desde el extranjero, adquieren una comprensión más sólida a partir del acceso a documentos desclasificados recientemente.
Desde Buenos Aires, un día después de haber presentado 76 en la Feria del Libro ante mil personas, Pigna da sus razones en el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Felipe, antes de entrar en tu nuevo libro, una breve referencia a Conspiración en Londres, tu anterior título, que significó tu debut como autor de ficción. ¿Te sentiste a gusto en esa veta?
-Sí, me encantó. La verdad es que me encantó. Me sentí muy libre, muy feliz. Fue una experiencia muy linda que seguramente voy a repetir en algún momento.
-Te abre otros horizontes.
-Esto de la ficción, dentro de una verosimilitud histórica, es la clave también. No tenés que irte de mambo, porque existe esa posibilidad. Pero no lo quise hacer.
-Tuviste la prudencia del investigador.
-Me pareció que podía volar en cosas, en diálogos, en algunas circunstancias, pero sin cambiar el fondo histórico que, en el caso de esta novela, era alucinante: el viaje de Belgrano, Rivadavia, el mundo del año 1815.
-¿Y cómo le ha ido?
-Por suerte la novela continúa muy bien. Sigue en varios países de América Latina, ahora se publica en España, así que estoy muy contento.
-Vos has escrito largamente sobre estos personajes como historiador. Pero meterte en la intimidad de Rivadavia y Belgrano, en sus inquinas, en las situaciones de alcoba del creador de la bandera, todo eso, el lado B de la historia, la parte oscura, le da un plus muy interesante a tu trayectoria de autor.
-Sí, que ni siquiera es el lado oscuro. Es el lado humano.
-Oscuro en alusión a lo que estaba tapado, a lo que no sabíamos de esas personas y que hay que inventar literariamente.
-Por eso lo quería aclarar, porque fijate vos que tenemos como lado oscuro las cosas que son del cotidiano vivir, es decir, la humanidad, el amor, lo filial, el vínculo con la gente, lo que me parece que constituye a una persona, más allá de lo que sabemos de ella en cuanto a su función pública.
-Claro. Y se ve que todavía no tenés una nueva historia de ficción rondando en tu cabeza.
-Sí, tengo ahí una idea dando vueltas. Ya veremos cuándo me pongo con eso.
-Vamos al nuevo libro, pues. Empecemos por la tapa, que resulta muy significativa. ¿La ideaste vos o fue responsabilidad de algún diseñador?
-A mí me encanta meterme en el diseño de tapa. Es algo que me divierte y me parece lindo. Además, sé que es muy significativa. Decís mucho ahí.
-Mucho, en este caso.
-Me pareció muy interesante definir ahí el bien y el mal, de alguna manera; no tan maniqueísticamente, pero, la verdad, es que, en ese contexto, sí había una cosa muy evidente de lo que era el bien y de lo que era el mal.
-El bien se reúne en el número 7 de la portada y el mal está en el número 6. Por eso llama la atención.
-(Ríe) Exactamente, sí, sí. Me pareció una linda manera de decir algo desde la tapa. Todo lo demás está adentro, muy desarrollado, explicando porqué esos personajes y esas figuras están ahí.
-Tu libro tiene 500 páginas, está muy documentado y circula por ahí una enorme cantidad de nombres propios. ¿Por qué, entonces, elegiste poner en el lado izquierdo, en el número 7 del bien, a la película Soñar, soñar, al Flaco Spinetta, a Charly y a Rodolfo Walsh? ¿Por qué preferiste esos cuatro símbolos?
-Porque eran personas, para mí, muy interesantes. También está el Expreso Imaginario, que fue la primera publicación muy livianamente opositora. Pero era lo que se podía, pues salió en agosto de ese año.
-¿Y los otros?
-Charly, porque ya empezaba a decir cosas con la Máquina de Hacer Pájaros. Y Walsh, porque era un símbolo de resistencia, que además se animó a criticar el militarismo reinante, la conducción montonera en aquel momento. Y era, también, como una cosa de resistencia periodística, más allá de lo que tuvo que ver con su militancia en otro ámbito.
-¿Y los del número 6?
-Me parecía muy clarito, ¿no? El Falcon, Videla, Agosti, Massera y Martínez de Hoz con la carpeta del Fondo Monetario.
-El Falcon verde ha quedado como todo un símbolo hasta el día de hoy. Y a su lado está Tiempo Nuevo. ¡Lo metiste a Bernardo ahí!
-(Ríe) Tiempo Nuevo, el Falcon verde, Bernardo y Mariano (Grondona). En esa época estaban juntos.
-Qué personajes, dentro de nuestra profesión.
-Sí. Hay una cosa de Bernardo que es increíble. En el último número de la revista Satiricón, que se hizo en febrero y se publicó en marzo, él dice: queremos un dictador bueno. Increíble, pero, en fin, son cosa de la vida.
-Volviendo a las figuras del número 7, tenés esos cuatro referentes, todos muy talentosos. Soñar, soñar es de Leonardo Favio, uno de los principales directores de nuestro cine. Rodolfo Walsh que, además de su militancia, era un muy buen escritor. Y ni hablar del Flaco y Charly, quizás los máximos exponentes de toda la historia del rock argentino.
-Claro. Ahí estaba el Flaco, creando, muy elípticamente. "Cantata de puentes amarillos", "Las golondrinas de Plaza de Mayo", que iban muy en la elipsis, pero trataban de decir alguna cosa. Y Charly que ya empezaba a decir lo suyo y lo va a decir muy fuertemente a partir del '79 con Serú Girán a través de "José Mercado", "Los dinosaurios" y todo lo que vendrá después.
-Charly, sin embargo, ya se había mandado un suculento aporte. Con Sui Generis hizo "Señor Tijeras".
-El "Señor Tijeras", que es increíble porque estaba dedicado a Miguel Paulino Tato, el máximo censor de la historia argentina. Además, la canción fue censurada (ríe). A la propia canción dedicada a la censura se le quitó un párrafo entero.
-Tato, otro nombre a enmarcar.
-Un personaje de novela, realmente. Hay una película, El censor, con Ulises Dumont, que habla un poco de eso. El tipo se jactaba de su labor. Por ejemplo, decía: si Dios me ayuda, este año voy a prohibir 300 películas.
-Qué bárbaro. Uno, si es cinéfilo, se jacta de todas las películas que va viendo. Tato se jactaba de las películas que censuraba. Como si hiciera goles. Cada película que sacaba de circulación era un gol para él.
-Sí. Además, yo tuve la suerte de que mi viejo fuera muy amigo del Negro Salvador Samaritano, que era un cronista genial de cine, había estado en todos los festivales y creador de un hermoso lugar, el Cine Club Núcleo, donde se podían ver las películas que, por ahí, no pasaban la censura.
-Vos contás esta anécdota en el libro.
-Tato le decía: a usted se las dejo pasar, porque tiene un público preparado. Y le tiraba alguna migaja para ver en el cine club. Después, el tipo tenía cosas ridículas, como que odiaba las películas de karatekas, entonces Bruce Lee estuvo prohibido (risas).
-Inconcebible, pero rigurosamente cierto. Eso es lo más triste.
-Es notable, ¿viste? Esos caprichos, toda la locura y todo lo que significaba la censura minuciosa. Yo pongo, entre otras cosas, los expedientes donde figura esa censura minuciosa. Se ve un seno, se ve un torso de mujer, se ven cortar cosas increíbles de películas que le han sacado hasta 40 minutos. Imaginate que se tornaban incomprensibles.
-Pasaban cosas curiosas en aquella época. Por ejemplo, cruzabas al Chile de Pinochet y allí podías ver las películas de Passolini, que acá estaban vedadas.
-Sí. En Chile no tenían ese tipo de censura relacionada con lo sexual. Tampoco lo tenía Uruguay. Acá había una cosa muy potente sobre todo lo que fuera sexo y sí, sí, estaba tremendamente prohibido. Y había un héroe civil, en aquel momento, Aníbal Vinelli, que fue un gran crítico de cine. Tenía Humor, una gran revista de la resistencia, en el '78.
-¡Una nuestras revistas preferidas en ese tiempo!
-Tenía una sección llamada Cortes y Confección y él, no sé cómo, se enteraba de las partes cortadas de las películas que lograban estrenarse y ahí te contaba todo lo que faltaba.
-Muchos nos hicimos fanáticos del género de la entrevista leyendo las que hacía Mona Moncalvillo en Humor.
-Extraordinarias entrevistas, que después compiló en un libro buenísimo (Reportajes con Humor). Rescataba no solamente a la gente conocida, sino a personajes de otra época, como Pucho Guibourg, que hicieron historia. A mí me encantaba.
-Los que padecimos aquella época de la dictadura aprendimos a odiar cualquier tipo de censura hasta el día de hoy. Por eso, incluso, molesta muchísimo cuando la censura viene del otro lado, de la progresía, con la política de la cancelación y sus derivados. No hemos terminado de aprender eso.
-La censura es mala, no importa el color. La censura siempre es mala y subestima a las personas. Digamos, ¿quién es alguien para decirte a vos lo que tenés que ver y lo que no tenés que ver?
-Exacto. Criticalo, si querés, pero sin borrarlo del mapa.
-Sí. ¿Estoy capacitado yo para decirte qué leés y qué no leés? Y cuando alguien piensa que esto no es bueno que la gente se entere, es porque eso no está del todo bien (ríe). Porque lo normal es que todo el mundo se entere de todo y que todo el mundo pueda opinar de todo.
-Por eso, en aquella época, conseguíamos libros prohibidos como un acto de resistencia. No importaba si finalmente los leías o no.
-Ahí fue muy lindo el rol de los libreros, que si te tenían confianza y sabían que no entraban ellos en peligro, te llevaban al sótano y te decían: acá tengo guardada estas joyitas. Eso fue un acto también de resistencia amorosa. Era como decir: todavía se puede leer en la clandestinidad.
-Nunca mejor dicho todo esto.
-A mí me pasaba con algunos libreros de la Corrientes de Buenos Aires que me conocían y me decían, mirá, tengo esto que encontré el otro día, que estaba detrás de un anaquel y que está buenísimo. Incluso, para nosotros, que estudiábamos Historia, era redifícil, porque había muchos libros prohibidos. Por eso era como encontrar oro, un hallazgo.
-Por suerte siguen estando las librerías, para mantener vivo ese recuerdo. Porque sí tenemos nostalgia de las disquerías o lo videoclubes, que eran otros templos que frecuentábamos.
-Totalmente, sí. Respecto de las disquerías, había más de dos mil temas prohibidos. Para hacer el libro, hablé con mucha gente que trabajaba de radiooperadora en ese momento y me decía: no sabíamos qué hacer, porque en la lista estaba Roberto Carlos, estaba Cacho Castaña... ¿qué pongo?
-¡"Cambalache", también! ¡Había tangos prohibidos!
-Ahí es donde funcionaba algo que los tipos querían que funcionara, que era un poco la autocensura. Como no sé qué está prohibido, me empiezo a autocensurar yo mismo, ¿no?
-Te vuelvo a preguntar algo que ya te han preguntado. Teniendo en cuenta que, desde el '83 para acá, se ha publicado una enorme cantidad de libros sobre la época y la dictadura, entre ensayos y ficción, ¿qué te llamó a hacer este libro? ¿Qué vacío encontraste que tenías necesidad de llenar con 76?
-Me pasaba que había un tema tabú, que era la previa al '76. El libro no lo podía empezar de ninguna manera el 24 de marzo, porque era absolutamente incompleto y poco histórico. Era un proceso de tiempo largo que para mí se remontaba al '73.
-Una elección muy atinada.
-Me metí con esa incomodidad, porque mucha gente no quería hablar de lo que pasó antes, con todo, con la guerrilla, con la economía, bueno, con todo el despelote que fue ese periodo tan, tan impresionante de la historia argentina (sonríe).
-¿Qué fue lo nuevo para vos?
-Encontré muchas cosas muy interesantes de documentos, de planificación del golpe, por ejemplo, que ya arrancaba en el '74. Sirvió para señalar todos los errores y horrores que comete la guerrilla en ese momento; lo aislada que se va quedando, porque se suele decir solamente que estaba desarticulada por el '76.
-Claro, no se mira el contexto.
-Lo más importante, además de que estaba desarticulada en gran parte, era que estaba completamente aislada de la población. La población no la veía bajo ningún punto de vista como una opción. Y tampoco era la gran preocupación que tenían los militares porque sabían que la iban a derrotar muy rápidamente.
-¿Y en cuanto a lo documental, específicamente?
-Me metí con documentos que ya están desclasificados en el archivo de Washington de cosas que pasaron después del '76, como la minuciosidad de la represión. O sea, esta idea de que era un caos y de que nadie sabía nada se desmiente con muchos documentos, por ejemplo, de pedidos concretos a algunos de los jefes de la dictadura donde pedían por una persona y, a las 24 horas, la persona aparecía. Esto habla de que había una precisión y que no era un caos todo eso.
-Una duda. Además de tu interés profesional como historiador, en algunas notas periodísticas has dejado traslucir que estás muy embolado con Milei. ¿No habrá sido esto último tu motivación principal para hacer el libro?
-(Sonríe) No, no. Yo sentía que, estuviera gobernando quien estuviese gobernando, a los cincuenta años de la dictadura había que hacer algo y me parecía que había cosas para decir todavía. Por supuesto que también está el clima de época, de tanto negacionismo, de que esto no pasó y de eludir el debate.
-Se trata de ponerlo sobre el tapete.
-Perfectamente se podría debatir sobre la época. Y hay mucho para debatir. Pero, en general, hay una descalificación o una mirada muy sesgada de lo que pasó ahí en la mirada oficial. Y, por otra parte, sí, hay coincidencias en el plan económico.
-¿De qué tipo?
-Por ejemplo, hay una coincidencia muy notable entre lo que fue el plan de Martínez de Hoz y el que se está aplicando hoy en día. Pero no fue el motivo principal.
-Vos encontrás coincidencias entre Martínez de Hoz y Milei, pero con un puente entre medio, que es Menem.
-Sí, por supuesto, desde ya. En la entrevista que yo le hice a Martínez de Hoz, en el año '95, que está en el libro, él dice que sus políticas han sido superadas y mejoradas por Menem-Cavallo, en ese momento.
-¿De qué manera lo superaron?
-Es una entrevista muy larga donde él se lamenta de que no pudo privatizar, por ejemplo, porque en aquel momento las empresas nacionales estaban siendo tomadas como feudos por jefes militares. Y eso fue una traba muy fuerte para su plan privatizador. Por eso decía estar contento porque ahora eso se estaba llevando adelante con el plan de Menem-Cavallo, que era como la segunda parte, como un complemento y un moño a lo que fue su plan económico.
-Se tiene poco en cuenta que los militares, en algún momento, sobre todo Massera, soñaron con alumbrar un nuevo Perón.
-Absolutamente.
-Además, hay algo que solíamos hablar con el Bebo Granados. A Martínez de Hoz lo que lo liquidó es que no pudo controlar el gasto público porque a los militares también les encantaba comprar armamento. Estaban fascinados con la guerra. No se la pudieron hacer a Pinochet y entonces se fueron a las Malvinas.
-Sí, bueno. Massera, puntualmente, que era el más corrupto de todos, sin duda, armó una fábrica de submarinos, la fábrica Domecq García, que era el nombre del gran represor de la Semana Trágica, por otra parte.
-¿Cómo le fue a la fábrica?
-No hicieron, no digo ya un submarino, sino un barquito de papel. Y eso costó miles de millones de dólares de la época, lo que sería mucho más ahora, si tomamos en cuenta la inflación en Estados Unidos del '76 para acá. Pasaron cincuenta años. Imaginate lo que era un dólar en aquel momento y lo que es hoy.
-Por eso mismo. No tuvo demasiada colaboración don Martínez de Hoz.
-Sí, el tipo tenía muchos roces. Juan Alemán, también, que era viceministro, se peleó con el Mundial. El tipo decía que no había plata para hacerlo. O sea, hay muchas cosas interesantes de los intersticios del poder en ese momento y cómo, en definitiva, el gasto público era extraordinario, el déficit era extraordinario y la inflación era extraordinaria. Nunca lograron bajarla. Durante los siete años que duró la dictadura, la inflación fue impresionante.
-Un karma para el país. Ahora, hay un matiz respecto del plan sistemático bajo el modelo de la escuela francesa y de la norteamericana de represión. Se ve que no fue algo nuevo. Lo que hizo la dictadura, según muestra tu trabajo, fue terminar y perfeccionar, con más recursos, la represión que ya había empezado Perón. Las desapariciones, las torturas, etcétera, ya funcionaban en su gobierno.
-Eso está en el libro. Por eso te digo que es tan importante arrancar en el '73. Después del asesinato de Rucci, hay un cambio muy fuerte en el humor de Perón frente a esos grupos. Y después de la toma del cuartel de Azul, sobre todo, en enero del '74, hay una decisión de empezar la represión de forma legal y de forma ilegal.
-Ahí libera todos los demonios.
-Ahí se empieza a organizar la represión, que primero se ve claramente en Tucumán, con el foco guerrillero del ERP. Y después se va a extender a todo el país.
-No había marcha atrás.
-Fijate que, con Isabel, en octubre del '75, aparece un documento que se llamó el Documento 404, al que le decían "la Peugeot", por el modelo de auto, donde ya está establecido el modelo represivo, etcétera.
-Del mismo modo, la debacle económica no comenzó con Martínez de Hoz. La inicia el mismo peronismo.
-Lo que pasa es que, hablando de matices, por supuesto que fue un desastre el manejo económico de Isabel. Hasta Perón, más o menos, la cosa estaba controlada con el pacto social. Lo que pasa es que hubo también ahí un hecho desafortunado, que fue la crisis del petróleo. Fue algo parecido a lo que estamos viviendo hoy, por una guerra en Medio Oriente, la guerra de Yom Kippur, que desacomodó las cuentas.
-¿A qué se habían comprometido?
-Habían hecho un acuerdo social de no aumento de precios y no aumento del salario. Pero la política internacional complicó todo. Eso ya venía muy mal manejado y se produce entonces el Rodrigazo, que fue esa especie de resorte contenido que saltó con todo.
-Una explosión letal.
-Y en el equipo de (Celestino) Rodrigo hay gente que es del equipo de Martínez de Hoz.
-Justamente. Ya estaba también ahí el huevo de la serpiente en la economía.
-Exacto. El huevo de la serpiente. Ahí está Ricardo Zinn, por ejemplo, que después va a ser el viceministro muy importante de Martínez de Hoz. Por eso, fijate qué importante es hablar del antes y no escaparle al bulto.
-Y no sólo están presentes los represores y los referentes económicos, sino que el famosísimo Tato, el histórico censor del que hablamos recién, también fue puesto en funciones por el gobierno de Perón.
-Sí, sí. Ya casi Isabel es la que pone a Tato. Venía de ahí y después, cuando asumen los militares, lo ratifican. Continúa en su cargo. Hay muchos elementos de continuidad, como estás marcando, y yo estoy de acuerdo.
-Hay otra cosa que duele. Duele el país. Vos describís, en las páginas 53 y 54, en forma muy clara, cómo estaba la Argentina en el año '73. "Vivía un gran momento", decís, textualmente. Exportábamos ropa a todas las potencias europeas, se fabricaban 46 tipos de autos, había 150.000 establecimiento industriales, etcétera. Y lo paradójico es que esa Argentina fue la herencia que le dejó la dictadura de Oganía y Lanusse al peronismo de Cámpora. A partir de entonces, en los últimos cincuenta años, nunca pudimos recuperar esos números.
-Creo que fue un proceso de industrialización que no se detuvo con la dictadura de Onganía, porque eran tipos que tenían todavía un espíritu desarrollista.
-De eso se trata.
-Lanusse mismo, todavía. Después eso va a cambiar rotundamente, con la multiplicación de estas doctrinas. Ya la dictadura del '76 no va a tener nada que ver con eso.
-Son dos ejércitos, entonces, porque lo que le dejaron Onganía y Lanusse al peronismo fue espectacular y después vino otra cosa.
-Sí, sí. Eso es un modelo de desarrollo donde estaba claro que esos militares tenían la idea de la empresa nacional, de los ferrocarriles nacionales, de un modelo más parecido a Brasil, más tecnocrático, como se decía en aquel momento. Había una especie de admiración por el modelo brasileño, aunque también allí había una dictadura, pero que tenía claro toda la cuestión de la infraestructura, del acero propio, de la industria nacional. Por ejemplo, todavía en el '75 se producían 40 modelos de autos nacionales en la Argentina.
-Desde entonces, nunca volvimos a ser los mismos. Y mirá que pasaron todos, pasaron los militares, los radicales, los peronistas, Macri, ¡todo el mundo! Los que vos quieras.
-Sí, sí, es una desgracia. A mí me encanta recorrer el país. Cuando vas a pueblos que fueron núcleos ferroviarios, como Mendoza, ves cómo la destrucción del tren por Menem fue criminal, directamente; cómo arruinó la circulación de mercadería, de personas.
-Como dice un oyente que nos escucha en este momento, perdimos todas las oportunidades de tener una oportunidad.
-(Ríe) Muy filosófico.
-Y agrega que el decreto de aniquilación fue planeado y puesto a punto por Perón. Es para preguntarse, pues, ¿qué le pasaba a Perón en ese momento?
-Es muy complejo. A mí me lleva mucho en el libro explicar eso porque había ya una idea de cambiar el modelo, porque de la gente que él se empezó a rodear en la última etapa de Puerta de Hierro, eran de los sectores más de la derecha del peronismo. Son los que organizan, por ejemplo, el acto de Ezeiza. Y evidentemente, además, la izquierda peronista se la deja servida matando a Rucci.
-Algo que todavía hoy hace ruido.
-Fue una cosa increíble, un hecho inexplicable y que terminó de darle la justificación a Perón para iniciar la propia purga interna, podemos decir, en el movimiento. Más los desaciertos y las locuras del ERP atacando un cuartel en plena democracia, en Azul. Entonces él siente que puede hacer lo que ya tenía planeado, seguramente, por quienes estaba rodeado: López Rega, Norma Kennedy, Osinde, todos los personajes de la derecha. Bueno, se la dejaron servida. No estoy justificando nada, ¿no? Estamos poniendo en contexto.
-Vamos a aprovechar al historiador, pero también al docente. Si yo fuera un alumno tuyo que te pide que le aconsejés un libro, que no sea tuyo y que hable de esto, de los setenta, ¿cuál elegirías? ¿Cuál es tu preferido?
-Cuesta mucho, porque siempre vas a tener distintas fuentes. A mí La Voluntad, de Caparrós y Anguita, es una colección que me gustó mucho. Son librazos, cinco tomos. Después, un libro muy importante para mí es Soldados de Perón. Los Montoneros, de un historiador inglés, Richard Gillespie. Hizo un trabajo enorme, muy crítico de la situación de ese momento de la conducción montonera y demás. Todavía se consigue.
-Referencias ineludibles, sin duda.
-Son dos libros clave. Hay un montón. La bibliografía mía, en '76, son cinco páginas de libros muy interesantes, que no subestiman al lector.
-Te corrijo. Son diez páginas de bibliografía.
-Me parece que es fundamental, porque acá sería muy fácil embanderarse y hacer un recorte de la historia que no le hace bien a nadie.
-¿Y de ficción, qué te ha gustado? Por ejemplo, el último libro importante surgido de esa temática es La llamada, de Leila Guerriero. Pero el periodo ha dado mucha literatura.
-Eh… estoy pensando… Chicas muertas, de Selva Almada. Después, uno de Caparrós, que es muy lindo, muy interesante, se llama No velas a tus muertos. Está Los Pichiciegos (Rodolfo Fogwill). Y el primero de todos fue Respiración artificial, de Piglia.
-Todo un clásico de nuestra literatura.
-Un gran libro que hace una especie de analogía con lo que está pasando y lo que pasaba en algunos momentos de la historia argentina.
-Para no seguir abundando en nombres, puesto que son tantos, no podríamos terminar esta charla sin hacer alusión a la reciente muerte de Luis Puenzo, porque fue muy importante en estos asuntos.
-Sí. Lo quise mucho a Luis, hablé muchas veces con él. La historia oficial es un peliculón. Y el libro de Aída Bortnik, que escribió junto con Luis, es un librazo porque muchos de los aspectos de lo que estamos hablando están ahí, en la película.
-Tal cual.
-Otra película muy impresionante es Un muro de silencio, de Lita Stantic. En fin, sí, hay muchas películas muy interesantes sobre el período, como Kamchatka. Pero La historia oficial es, para mí, una película perfecta, además, con un elenco increíble, realmente.
-Fue muy singular, a su vez, que detrás de Puenzo muriera Aristarain, ¿no?
-Otro grande. Fue el que hizo la primera película crítica de la dictadura, en el '81, Tiempo de revancha. Muy valiente. Me acuerdo de que la gente aplaudía en el cine. Estaba conmovida porque se estaban diciendo cosas que no se podían decir.