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Análisis y opinión

Arrieta, la inocente diputada de Milei que usa pajaritos en la cabeza y visita genocidas en la cárcel

En Alemania, apoyar el Holocausto o negar su existencia es ilegal y está penado. En las escuelas enseñan las atrocidades que cometió el Estado. ¿Sería mucho pedir algo así aquí?

Editado por Nacho Rodríguez Jardel
rodriguezjardel@gmail.com

A 48 años del comienzo de la persecución política más atroz de la historia argentina, que incluyó la desaparición forzada de personas, robo de bebés, torturas y cuerpos arrojados al río aún estando vivos, la banalización de ese período histórico por parte de algunos dirigentes políticos, es preocupante.

Dos días después del desfile militar que tuvo como protagonistas al Presidente y a la vicepresidenta divertidos en un tanque de guerra, seis diputados de La Libertad Avanza se apersonaron en el penal bonaerense de Ezeiza para visitar a un grupo de genocidas que purga penas por delitos de lesa humanidad.

La sola novedad representa una contradicción de la democracia: son diputados electos por el pueblo, que cobran del erario público (la tuya y la mía) y que visitaron a integrantes de una dictadura feroz organizada para perseguir y desaparecer a miles de militantes políticos y ciudadanos de a pie, lo que significó una clara afrenta al estado de derecho y democrático.

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Sigue la polémica por la visita de Lourdes Arrieta a represores de la dictadura militar. La legisladora nacional se mantiene en silencio.

Hijas de militares

No es la primera vez que algún integrante de la fuerza política que conduce la Argentina se manifiesta a favor de los jerarcas del horror: la propia vicepresidenta Victoria Villarruel, hija de un militar, visitó genocidas en prisión y se ha encargado de polemizar bajándole el precio al número de desaparecidos, entre otros desaciertos.

Lourdes Arrieta es también hija de un ex oficial denunciado por dejar “sin comida” en plena guerra de Malvinas a soldados argentinos a su cargo. Ser ex combatiente no es garantía de haber comprendido lo que significó esa etapa en el país por más que se haya estado en el frente de batalla: no es lo mismo haber sido un militar de rango que un soldado raso que sufrió el frío y el destrato de sus superiores.

Malvinas se trató de una idea trasnochada de un dictador que quería perpetuarse en el poder y terminó regalándonos al poder británico. Amén del arrojo y la valentía del grupo de pibes no militares, soldados obligados por su edad que –muchos inocentemente— dieron la vida por la Patria, fue una extensión de la tortura propia de las prácticas de la época.

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Lourdes Arrieta y Victoria Villarruel, aquí divertida en un tanque de guerra junto al Presidente, compartieron visitas con militares juzgados por sus crímenes en la última dictadura militar.

Arrieta no estaba en los planes de sus padres cuando el miedo y la persecución se instalaron en el país: nació en San Juan en 1993, tiene 31 años. Tampoco se sabe cuál fue el grado de instrucción que recibió respecto de la violación de los derechos humanos en esos años, pero claramente las estadísticas en torno a la cantidad de bebés robados, mujeres violadas hasta el hartazgo o el dolor de madres y abuelas, no lograron conmoverla.

Pertenece a una generación de dirigentes que pareciera hasta mofarse de esa página oscura. Juegan con frases hechas y trilladas como que “esos militares fueron héroes que lucharon contra la subversión comunista” soslayando lo que un genocidio significa para la comunidad internacional y –peor aún— incapaces de empatizar con el dolor del otro.

Las leyes que aún no están

En manos de esos dirigentes está legislar sobre los más variados asuntos. Por suerte no son mayoría, aunque son una minoría que podría crecer. Desde el entorno de Martín Menem dijeron que se trató de “una actividad particular” de un “grupo minoritario de diputados”. ¿Dónde empieza y termina “lo particular” cuando se presenta la credencial de diputado para ingresar a un penal?

Los padrones tienen más ciudadanos que nacieron después de 1983 que quienes lo hicieron antes y son los que terminan decidiendo el destino de todos.

¿Qué se enseña en las escuelas del país sobre esos siete años de horror y retroceso social, económico y principalmente en materia de derechos humanos que va desde marzo de 1976 hasta diciembre de 1983?

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Lourdes Arrieta junto a Martín Menem.

Parece mentira pero no sólo que depende de las currículas de cada provincia, sino que termina siendo “a voluntad” del docente que debe impartir esos conocimientos. O sea, de la mirada política que éste tenga sobre el asunto. Si da clases una Arrieta, ¡imagínense lo que aprenden esos chicos!

La justicia argentina fue clara en cada uno de los fallos que dictó en los casos de lesa: en el país se montó un plan sistemático planeado para la tortura y desaparición de personas. Un legislador debería ser formado en eso antes de asumir su banca. La reivindicación de ese plan debería ser penada.

Sin ley que lo prohíba, expresiones como que “los juicios de lesa humanidad son una farsa” seguirán. La ley le da un marco de legalidad a las cosas que con el tiempo es legitimidad social: discutir hoy si está bien o mal que una persona se case con otra de su mismo sexo es demodé simplemente porque existe una ley que actúa como resorte de garantía de eso.

Cuesta creer que todavía el Congreso nacional no haya legislado el negacionismo. No puede seguir banalizándose la cuestión del genocidio como si fuera algo en lo que debemos ponernos de acuerdo: lo que ocurrió fue atroz y punto. La Justicia Federal dictó fallos ejemplares para el mundo que pusieron a los genocidas en prisión.

“Los dos demonios”

El relato de quienes suscriben a la teoría de que los genocidas “quisieron salvarnos del yugo del comunismo marxista” es verdaderamente disparatado y macabro.

En Alemania, apoyar el Holocausto o negar su existencia es ilegal y está penalizado. El artículo 130 del código penal alemán establece penas de hasta cinco años de prisión para “quien públicamente o en una reunión apruebe, niegue o minimice un hecho cometido bajo el régimen del Nacionalsocialismo”.

Esas leyes están diseñadas para prevenir la propagación del extremismo y proteger la dignidad humana. ¿Sería mucho pretender algo así aquí? En Argentina decididamente necesitamos leyes en este sentido: educar y concientizar, no se puede lidiar in eternum con quienes se comieron relatos falseados o hablan de “dos demonios”, tratando como iguales a ciudadanos comunes con el poder represivo del Estado.

El nivel de repudio que recibieron los diputados visitadores de genocidas presos por delitos atroces, incluso de su propio bloque político, debería ser un empuje a los legisladores para tomar la iniciativa y generar un marco de acuerdos básicos para erradicar la “mirada buena” del genocidio en Argentina, más allá de alguna sanción disciplinaria que le quepa al grupo de diputados por la inconducta que podría repetirse.

Películas comoEn Retirada,La Historia Oficial, Crónica de una fuga, 1985 y varios documentales que dan cuenta de las atrocidades cometidas en esos años como el Nunca Más, deberían ser obligatorias para escuelas y funcionarios en todo el país. Ni olvido, ni perdón.

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