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Ricardo Caputo, el galán mendocino y asesino serial de exportación que escapó del FBI

Ricardo Caputo nació en Mendoza y se hizo conocido en Estados Unidos por convertirse en "The Lady Killer", un asesino serial

Editado por Daniel Calivares
calivares.daniel@diariouno.com.ar

"Galán", "simpático", "pícaro. En 1949, en Mendoza, nació Ricardo Silvio Caputo. Desde chico supo mostrarse como una persona amable, pero su infancia lo dejó marcado con muchos traumas y con el tiempo, eso ayudaría a que se convirtiera en "The Lady Killer", un asesino serial muy despiadado.

Según contó, en el pasado, su hermano Alberto, Ricardo creció prácticamente abandonado, sufriendo graves abusos físicos y sexuales, además del desinterés absoluto de sus padres.

No obstante, para afuera, era un adolescente que atraía las miradas femeninas y que era amable con todos. A los 17 recibió tratamientos psiquiátricos y en 1970, armó las valijas y emigró a los Estados Unidos, instalándose en la ciudad de Nueva York.

En ese momento, nadie que conociera a Ricardo Caputo, imaginaba que se convertiría en uno de los asesinos seriales más escurridizos de Norteamérica, ganándose el escalofriante apodo de "The Lady Killer" (El asesino de damas).

Ricardo Caputo (2)

Ricardo Caputo, The Lady Killer.

El rastro de sangre: de la primera novia al neuropsiquiátrico

El modus operandi de Caputo siempre nacía de la seducción. Era un hombre suave, envolvente y caballeroso, capaz de enamorar rápidamente a sus víctimas. Pero detrás de los halagos habitaba un monstruo incapaz de tolerar una negativa o una discusión.

Su primera víctima confirmada fue Nathalie Brown, una joven de 19 años a la que asesinó en 1971 en Flower Hill, Nueva York. Tras una disputa, Caputo la apuñaló varias veces con un cuchillo de cocina. En un acto que desconcertó a las autoridades, él mismo llamó a la policía y, con asombrosa tranquilidad, confesó: “Acabo de matar a mi novia”.

Debido a su estado mental, la justicia lo declaró incompetente para ser juzgado y lo recluyó en el Centro Psiquiátrico Manhattan, un instituto estatal ubicado en Wards Island. Pero los muros del manicomio no lo contendrían por mucho tiempo.

Nathalie brown, victima de ricardo caputo

Nathalie Brown, una de las víctimas de Ricardo Caputo

La psicóloga que cayó en la trampa

Durante su internación, Caputo utilizó su carisma manipulador para ganarse la confianza de Judith Becker, una inexperta psicóloga de 26 años que trabajaba en el centro. Se hicieron amantes. Confiando en su supuesta recuperación y avalado por los informes favorables de Judith, el argentino empezó a gozar de salidas transitorias, hasta que en 1974 escapó definitivamente.

El romance con la profesional terminó de la peor manera en el departamento que compartían en Yonkers. Tras una violenta discusión, Caputo le propinó una paliza tan brutal a Judith que la dejó inconsciente. Acto seguido, la asfixió con una media de nylon y dejó su cuerpo desnudo sobre la cama.

Judith Becker y Ricardo Caputo, the lady killer

El taco de una bota tejana y una barra de hierro en México

Convertido en prófugo, "The Lady Killer" cruzó todo el territorio estadounidense hasta San Francisco. Allí conoció a Barbara Ann Taylor (28). La relación se volvió asfixiante y Bárbara, cansada de él, decidió regalarle un viaje a Hawái para ganar distancia.

Desde la isla, Caputo la llamó desesperado asegurándole que la amaba con locura, ante lo cual ella cedió y le pidió que regresara. Esa oportunidad fue su sentencia de muerte: en 1975, durante un nuevo ataque de ira, Ricardo le desfiguró el rostro a golpes con el taco de una bota tejana hasta matarla.

Huyendo de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), Caputo escapó hacia el sur y cruzó la frontera. En 1977, ya establecido en la Ciudad de México, sedujo a Laura Gómez, una estudiante universitaria de 19 años perteneciente a una acaudalada familia de Polanco. Laura se enamoró perdidamente y quería casarse, pero el matrimonio representaba para Caputo una presión intolerable. La asesinó a golpes utilizando una barra de hierro.

barbara taylor, the lady killer

Veinte años de burla, 17 alias y el peso de la culpa

A partir de 1977, Ricardo Caputo se transformó en un fantasma para las leyes internacionales. Buscado intensamente por el FBI, entró y salió de los Estados Unidos en repetidas ocasiones utilizando hasta 17 alias diferentes (entre ellos, Roberto Domínguez). Trabajó en restaurantes y subsistió enseñando inglés y español.

Su vida en la clandestinidad no le impidió seguir formando parejas: se casó dos veces más. Primero con una mujer cubana, Felicia Fernández —madre de dos de sus hijos, quien misteriosamente desapareció de la faz de la tierra sin que la policía sospechara de él—, y luego con una mexicana, Susana Elizondo.

Ricardo Caputo

En total, tuvo cinco hijos de esas relaciones y hasta se dio el lujo de viajar temporalmente de incógnito a Mendoza para visitar a su madre. (Cabe destacar que la justicia también sospechó de su autoría en los crímenes de Devon Green en Los Ángeles en 1981 y de Jacqueline Bernard en Nueva York en 1983, aunque nunca se le formularon cargos oficiales por estos casos).

Sin embargo, el peso de sus propios crímenes terminó por quebrarlo. Acorralado por constantes pesadillas, alucinaciones y el pánico visceral de no poder controlar sus impulsos asesinos, decidió poner fin a su huida.

En 1994, tras pasar más de 15 años prófugo, Caputo regresó a Nueva York y se entregó a la policía a través del abogado Michael Kennedy. Ante el tribunal, su defensor transmitió las palabras que el propio asesino mendocino sentía en su encierro mental: “Prefiero vivir con mi cuerpo encerrado y mi mente libre, antes que en libertad con mi mente en una prisión”.

Ricardo Caputo

El final de Ricardo Caputo en la mítica prisión de Attica

Ricardo Silvio Caputo nunca llegó a ser juzgado con una condena firme por la totalidad de sus atrocidades debido a vericuetos legales y a su salud, pero pasó el resto de sus días tras las rejas en el Centro Correccional de Attica, una de las prisiones de máxima seguridad más duras de Nueva York.

Allí, el seductor que no podía dejar de matar encontró su propio final no a manos de la justicia del hombre, sino por su propio cuerpo. El 1 de octubre de 1997, a la edad de 48 años, un infarto agudo de miocardio acabó con su vida.

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