Análisis y opinión

A las zancadillas y piñas, con Mendoza y el país enterrados en el barro

Falta de acuerdos, obstrucción y limitaciones propias de los gobiernos no colaboran para superar la crisis

En el caso de Mendoza parece exagerado hablar de odio, pero no se puede negar la desavenencia crónica. Si no hay formas de alcanzar consensos en distintos órdenes para los cambios estructurales de la Provincia es porque se anteponen modelos diferentes y, sobre todo, intereses confrontados.

Si lo partidario, con sus réditos de corto plazo, se establece como prioridad para la dirigencia política, no hay chances de generar proyectos consensuados que traccionen al despegue de la Provincia, afectada por los problemas del país y por sus propios entuertos.

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Por caso, Mendoza no logra encarar una reforma constitucional necesaria, ni ahora ni cuando lo intentaron los gobiernos peronistas, por la falta de voluntad de la circunstancial oposición. Ante la cerrazón, sería plausible encontrar canales de diálogo y abrir lo que parece un paquete cerrado para estudiar los aportes que podrían hacer diferentes sectores.

El punto de la reelección del gobernador ya no puede ser la piedra de la discordia, ya que el proyecto oficial lo ha dejado de lado. El gobernador pretende una reforma institucional que a su vez transforme a la Legislatura en una sola cámara y se elimine la elección de medio término, lo que bajaría ostensiblemente el gasto político. Ésta es una cuestión innegociable para Rodolfo Suarez pero a su vez resulta indigerible para el peronismo. Conclusión: no habrá reforma constitucional.

Entre los cambios institucionales que está proponiendo el Ejecutivo, ha cobrado impulso el proyecto para modificar el funcionamiento de la Suprema Corte, que está cosechando todo tipo de críticas de los principales referentes peronistas y de miembros del máximo tribunal.

La idea del Ejecutivo de sortear las causas para asegurar la equidad distributiva entre los jueces y la consecuente transparencia en la conformación de los triunviratos que reemplazarían a las salas actuales es vista por el peronismo como un incremento en la concentración de poder del oficialismo. Otra vez lo partidario jugando un rol clave, en este caso en el Poder Judicial.

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En lo que respecta a la inversión e infraestructura, el proyecto de Portezuelo fracasó por intereses políticos, y la alternativa de El Baqueano ya está cosechando más rechazos que adhesiones. Entre los objetores se encuentra el Centro de Ingenieros, que sostiene que el proyecto prioriza la generación energética por encima de la necesidad de regular el agua.

Señalan en su carta abierta que convendría avanzar en embalses sobre el río Tunuyán o el Mendoza. El asunto es que el proyecto de El Baqueano esta casi listo para arrancar y eso es suficiente para que el Gobierno lo tenga como prioridad para licitar apenas la administración de Alberto Fernández termine de sepultar Portezuelo del Viento.

Son algunos ejemplos de las dificultades que tiene la Provincia para trazar un rumbo certero que tenga un acompañamiento capaz de superar el juego de intereses sin morir en el intento. No necesariamente una cuestión de odio o de acciones violentas son las que destruyen las posibilidades de superación, ya que aun manteniendo las formas también se puede dar por tierra a los proyectos de desarrollo.

Administrar la crisis no debería ser el norte, porque el estancamiento sería un destino constante en una provincia incapaz de superar los condicionantes que impone un país incierto.

Como testimonio tenemos a Malargüe con su potencial de riquezas y sus habitantes plagados de carencias, o la cordillera con deficitaria inversión para el desarrollo turístico, sin olvidar que hay 500 millones de dólares inmovilizados que, convenio mediante con la Nación, podrían invertirse en diversos proyectos.

Una iniciativa que despierta entusiasmo y marca un camino que no se agota en el corto plazo, es la que ha empezado a proyectar un rumbo de 30 años sobre un recurso estratégico como es el agua. La experiencia recorrida por Rodolfo Suarez en Israel empieza a perfilar un plan con objetivos pensando en el presente y también en el futuro de Mendoza.

Tal iniciativa rememora al plan vitivinícola (PEVI 2020) y los cambios estructurales que pusieron a la vitivinicultura como un modelo a considerar. Con sus dificultades y reformulaciones, el sector hoy está proyectando al 2030. Paralelamente, se busca afrontar los múltiples problemas que afectan la competitividad por efecto de la macroeconomía. Claro que, sin eludir la coyuntura -inflación, dólar oficial atrasado, derechos de exportación del 4,5%-, el trabajar sobre ideas de largo aliento termina generando un salto cualitativo.

Es lo que se necesita en diversas áreas para avanzar sin vueltas: planificar y ejecutar. Claro que muchos de los proyectos dependen de fuerzas concurrentes dirigenciales que no están mostrando demasiada predisposición para el consenso y el consecuente despegue. En eso hay un rol que le cabe al oficialismo en el diseño de estrategias, y a la hora de proyectar, militar y convencer a través del diálogo y, sobre todo, la ejecución.

Es cierto que como está el escenario nacional, sería ilusorio pensar que en el plano local ocurra algo distinto, por la naturaleza de los intereses políticos que se terminan imponiendo sobre los acuerdos por más beneficiosos que éstos resulten.

Salir del letargo es una empresa que requiere creatividad, gestión y destreza política para que no quedarse en las buenas intenciones.

Mise en scène

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La misa convocada por la paz, terminó siendo un encuentro político-religioso.

La misa convocada por la paz, terminó siendo un encuentro político-religioso.

"El país enfrenta, un tiempo extremadamente delicado y la paz social está frágil y amenazada", advirtió el arzobispo de Luján y Mercedes, Jorge Scheinig, en el encuentro político-religioso que congregó al presidente Alberto Fernández, a representantes de organismos de DDHH, y a variados dirigentes del Frente de Todos.

Quizás el religioso debería explayarse más en su tesis política, pero claramente cabalga sobre la fraseología que pulula en estos tiempos de polarización agudizada.

La misa fue convocada por "la paz", a propósito del fallido atentado contra la vicepresidenta Cristina Fernández.

Mientras la justicia va sumando pruebas que comprometen a la novia del gatillador del revólver e investiga si hay otros miembros de un supuesto grupo organizado, distintos elementos van apuntalando la idea de que la "banda de los copitos" no tendría lazos con la política formal.

Lo que sí, el hecho que podría haber ocasionado una tragedia de inmensas dimensiones y que ha motivado un repudio generalizado, también ha activado la movilización del kirchnerismo-peronismo en todas sus variantes.

Lo que la política económica no pudo, lo lograron tanto el pedido de condena del fiscal Luciani, como el atentado contra Cristina: amalgamar al Frente de Todos. El tiempo dirá si se trata de un pegamento circunstancial o es un punto de partida de cara al 2023, mientras lo dejan a Sergio Massa que siga gobernando o emprolijando la administración en el tramo que resta.

Lo que parece unir filas del Frente de Todos es la prédica de que el intento de asesinato obedece al mentado discurso de odio que se atribuye, sutil o abiertamente, a sectores de la oposición. Ya lo dijo en caliente Alberto Fernández cuando hizo referencia a la oposición, pero además, a los medios y a la justicia.

Juntos por el Cambio, que tiene su interna recalentada, advierte que no debe prestarse a maniobras del oficialismo y esquivó su presencia en el acto de la Cámara de Senadores y en la misa de la Basílica de Luján.

Pese a sus reparos, algunos drigentes opositores han expresado que estarían dispuestos al diálogo convocado por Wado De Pedro, mientras la vocera presidencial, Gabriela Cerruti, aclaró sin embargo que esa iniciativa no está en agenda.

Evidentemente, no hay una voluntad sincera de ambas partes en acercar posiciones, en tanto por estos días las fuerzas políticas se han visto confrontadas por una idea lanzada por funcionarios kirchneristas para regular los "discursos de odio", en alusión a opositores y periodistas.

La idea obedece más a raptos individuales que a una iniciativa gubernamental, por cuanto está vigente en el país un plexo normativo suficiente para penalizar actos discriminatorios y otros que pongan en riesgo el sistema democrático.

Ante el clima de discordia, más aconsejable sería que por vía de la cultura política se promoviera una gestualidad de convivencia que produzca un quiebre en la dirigencia más dura, de uno y otro lado.

El realismo político muestra lo difilcultoso que resultaría esa empresa, cuando desde el oficialismo se apunta al "neoliberalismo" y "la derecha fascista" y desde la oposición se denuncia al "populismo autocrático" y al "kirchnerismo corrupto", entre otras acusaciones.

La única chance de establecer un clima de concordia, iría de la mano de un pacto que tenga como protagonistas a Cristina, por todo lo que ella representa, y a los principales dirigentes opositores. Algo que hoy por hoy parecería más un milagro que un acontecimiento político.

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