La brecha entre los que confían aún en el gobierno de Cambiemos y esperan resultados de sus políticas económicas y los que no creen de ninguna manera en ellas tuvo otro capítulo el jueves 6 en , durante el paro convocado por la central obrera y acompañado por fuerzas de izquierda y organizaciones rurales.
En realidad no faltaron las comparaciones de lo sucedido respecto a la división de opiniones, con lo que pasó en la marcha en contra del gobierno de Mauricio Macri realizada el 7 de marzo pasado y la de apoyo al Presidente del 1 de abril.
Sin embargo, unos y otros concordaron en que las necesidades de los más vulnerables crecen; en que el trabajo debe cuidarse y en que mejorar ambas cosas es una obligación compartida entre gobierno y empresarios, incluyendo, por supuesto, a los sindicatos.
Bastaba escuchar a los trabajadores, que en relación de dependencia laboral o sin ella intentaron llegar a sus obligaciones cotidianas, en bici, caminando si era relativamente cerca, compartiendo taxis, autos o en , que pasaban con frecuencias reducidas pero estaban dando el servicio mínimo del 20%.
Por eso, a primera hora de la mañana pareció que el paro tendría mucha fuerza en el Gran Mendoza, pero con el paso de las horas, el comercio, las estaciones de servicio, los supermercados, los hospitales, las oficinas de la Administración Pública contaban con el personal suficiente, pero el público llegó poco y más tarde.
En los colegios el escenario fue contradictorio, muchos asistieron a trabajar para esquivar los descuentos del ítem aula, pero hubo pocos alumnos. Es decir, el dictado de clases fue afectado de todos modos ya que la mayoría de los padres no llevó a su hijo a la escuela.
Por supuesto, a ninguno de los lados de esta grieta les parecieron bien los actos de violencia contra los colectivos y taxis ocurridos a la mañana temprano, o las presiones que ejercieron algunos sectores para no concurrir a trabajar o, por el contrario, para hacerlo.
Casi a la par, unos descreyeron de los efectos que puede causar una marcha de trabajadores en las calles, y otros apostaron a esas herramientas para hacerse escuchar.
