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Más llamativo que un empresario como Pescarmona diga lo que dijo y, realmente lo piense, es su impericia para ubicar sus palabras en un contexto de crisis donde hasta él está hasta el cuello.

"Error comunicacional" (sic)

Por la crudeza y la falta de sensibilidad, los dichos del empresario Enrique Pescarmona en una disertación en la Asociación Empresaria Argentina (AEA) vuelven a causar indignación si se leen o escuchan otra vez.

En cualquier ámbito en donde se debaten los temas del día la coincidencia fue que lo del mandamás de IMPSA no se trató de un acto fallido ni fue sacado de contexto como algún acólito quiso justificar.

Para quien supo arengar con oficio a sus pares desde el atril del Coloquio de Idea, los planes sociales se reducen a "chicas de 14 años que se preñan y tienen un bebé para que les den unos mangos con la asignación universal por hijo".

Paradójicamente, quien viene recurriendo a los Estados nacional y de Mendoza para salvar sus empresas en quiebra cuestiona las políticas "asistencialistas" y considera que eso es "retrógrado" porque no sirve.

Su sincericidio no quedó ahí. Trató de ineptos a sus propios empleados al decir que "recién al año de capacitación trabajan como si fueran normales". Y redobló la apuesta al pronosticar que harán falta entre 12 y 14 años para que los trabajadores argentinos "sean normales".

Quien ofrendó esa lección de cordura, experiencia y normalidad ve hoy cómo su imperio va cayendo de a pedazos. Acorralado por las deudas de su holding y los recurrentes reclamos de sus acreedores, Pescarmona perdió hasta el control accionario de IMPSA.

El endeudamiento asciende a casi U$S1.400 millones, razón más que suficiente para ver con cariño la ayuda de ese Estado asistencialista al que, por otro lado, tacha de retrógrado.

Estadísticas oficiales y privadas concuerdan en que en la franja etaria a la que alude Pescarmona no abundan los planes sociales ni el embarazo es una estrategia para "salvarse". Es un drama, antes que nada.

Más llamativo que un empresario de su trayectoria diga lo que dijo y, realmente lo piense, es su impericia para ubicar sus palabras en un contexto de crisis donde hasta él está hasta el cuello.

Tras el lógico revuelvo que desató, Pescarmona no se desdijo, sólo reconoció sentirse mal por "mi error comunicacional y por la interpretación que han dado a mis palabras".

Para mea culpa, paupérrimo lo suyo.

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