Inteligencia Artificial | Política

Milei vs Harari: ¿Pueden las inteligencias artificiales tener derechos?

La propuesta de Milei y la respuesta de Harari abren un debate global sobre inteligencia artificial, regulación y responsabilidad.

Durante años, las discusiones sobre inteligencia artificial giraron alrededor de una misma pregunta: ¿qué trabajos reemplazará? Ahora una nueva discusión comenzó a tomar forma y podría resultar mucho más trascendente para el futuro de nuestras sociedades. El presidente argentino Javier Milei y el historiador Yuval Noah Harari protagonizaron recientemente un nuevo debate: ¿Puede una inteligencia artificial convertirse en una entidad con derechos propios?

La discusión no es menor y tampoco es exclusivamente tecnológica. En realidad, estamos hablando de economía, política, filosofía, derecho y poder.

Porque detrás de la inteligencia artificial aparece una pregunta mucho más profunda: ¿qué sucede cuando una herramienta comienza a tomar decisiones de manera autónoma (sin que nadie supervise)?

Argentina como laboratorio de innovación

En una columna publicada en el Financial Times, Javier Milei propuso que Argentina adopte una posición agresiva para atraer inversiones vinculadas a la inteligencia artificial.

Su planteo parte de una idea simple: las grandes revoluciones tecnológicas suelen generar oportunidades extraordinarias para aquellos países capaces de adoptarlas antes que los demás. Tenemos, por ejemplo, el caso de Estonia.

Según esta visión, muchas regulaciones nacen del miedo a los riesgos potenciales y terminan frenando la innovación antes de que esta alcance su verdadero potencial.

Por ello, la propuesta contempla un marco regulatorio liviano, una política fiscal competitiva y la creación de una nueva figura jurídica denominada corporación no humana. En términos sencillos, empresas operadas por agentes de inteligencia artificial capaces de tomar decisiones de forma autónoma dentro de determinados parámetros.

La intención es clara: convertir a Argentina en un destino atractivo para emprendedores, desarrolladores e inversores que buscan construir la próxima generación de tecnologías basadas en IA.

La advertencia de Harari

La respuesta de Yuval Noah Harari fue contundente. El historiador israelí, reconocido mundialmente por obras como Homo Deu o Sapiens, considera que otorgar personalidad jurídica a sistemas de inteligencia artificial podría abrir la puerta a riesgos sin precedentes.

Su preocupación no radica en la tecnología en sí misma, sino en el poder que podría acumular. Si una inteligencia artificial puede poseer activos, contratar empleados, realizar inversiones, participar en mercados financieros o incluso influir en procesos políticos, estaríamos creando un actor económico completamente nuevo.

La diferencia fundamental es que, a diferencia de una persona o incluso de una empresa tradicional, una IA no posee conciencia, empatía ni responsabilidad moral (ni legal)

No siente culpa ni comprende las consecuencias humanas de sus actos y tampoco puede ser encarcelada o castigada de la forma en que una sociedad sanciona a quienes infringen las normas.

Según Harari, esto podría generar estructuras de poder extremadamente difíciles de controlar.

El antecedente histórico que preocupa

Para ilustrar su argumento, Harari recurrió a un ejemplo histórico.

La antigua Compañía Holandesa de las Indias Orientales llegó a convertirse en una de las organizaciones más poderosas de la historia moderna. Controló rutas comerciales, administró territorios, mantuvo ejércitos y acumuló una influencia económica comparable a la de muchos Estados.

Contaba con su propio ejército, tenía la facultad de declarar la guerra, firmar tratados y acuñar moneda, llegando a administrar territorios completos. El ejemplo histórico citado por Harari es el de Jayakarta (actual Yakarta, Indonesia), que la compañía arrasó en 1619 para construir sobre sus ruinas Batavia, su propia sede de operaciones en Asia.

Harari advierte que una corporación gestionada por inteligencia artificial podría llevar ese fenómeno a una escala mucho mayor.

No estaríamos hablando simplemente de una empresa eficiente sino de una organización capaz de operar las 24 horas del día, procesar cantidades masivas de información, tomar miles de decisiones simultáneamente y adaptarse constantemente a su entorno.

¿Quién es responsable?

Aquí aparece el verdadero núcleo del debate. Imaginemos una inteligencia artificial que administra una compañía global. Esa misma IA realiza inversiones, negocia contratos, gestiona empleados y toma decisiones comerciales las 24hs, sin descanso, sin lógica alguna más que la de ser eficiente y rentable.

Ahora imaginemos que una de esas decisiones provoca un daño económico, social o incluso físico.

¿Quién responde?

¿El programador?

¿Los accionistas?

¿La empresa?

¿La propia inteligencia artificial?

Durante siglos, los sistemas legales fueron diseñados para interactuar con seres humanos o con organizaciones controladas por seres humanos. La aparición de agentes autónomos desafía directamente esa lógica y a las leyes actuales.

Y es precisamente allí donde el planteo del presidente Milei y la advertencia de Harari se cruzan.

Innovación versus regulación

La historia demuestra que cada gran revolución tecnológica despertó temores: La imprenta fue cuestionada, la electricidad generó resistencia, internet fue vista con desconfianza por numerosos gobiernos.

Muchas veces, porque ya sucedió, el exceso de regulación terminó retrasando avances que posteriormente transformaron la vida de millones de personas. Y desde esta perspectiva, el presidente Milei puede tener razón al señalar que regular demasiado pronto impide el surgimiento de nuevas industrias y oportunidades de crecimiento.

Ahora bien, también es cierto que la historia ofrece ejemplos de innovaciones que avanzaron más rápido que nuestra capacidad para comprender sus consecuencias.

Las redes sociales, por ejemplo, modificaron la forma en que nos comunicamos, informamos y participamos políticamente mucho antes de que existieran marcos adecuados para abordar sus efectos. Recién hoy después de muchos años se está analizando su impacto.

La inteligencia artificial podría representar un desafío aún mayor.

Más allá de Milei y Harari

Quizás el aspecto más interesante de esta discusión es que no se trata realmente de Javier Milei ni de Yuval Noah Harari.

Ambos representan dos posiciones legítimas frente a una misma incertidumbre.

Por un lado, la necesidad de innovar. Por otro, la responsabilidad de prevenir riesgos sistémicos.

La pregunta que debemos responder como sociedad no es si la inteligencia artificial debe existir o no. Esa discusión ya quedó atrás. Ya existe.

La verdadera pregunta es cómo construiremos las reglas de convivencia con sistemas cada vez más inteligentes y autónomos, siendo más rápidos y ¿más inteligentes? que nosotros.

Si algo nos enseña la historia es que las tecnologías más poderosas no transforman únicamente la economía. Y es que transforman la forma en que entendemos el poder, la responsabilidad y, en última instancia, lo que significa ser humano.

Y tal vez el debate entre Javier Milei y Harari sea apenas el primer capítulo de una conversación que acompañará a nuestra generación durante las próximas décadas.