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Serás lo que debas ser

Un acto escolar en honor al General San Martín en una salita de 4, confusión y desilusión

Editado por Gonzalo Ponce
ponce.gonzalo@diariouno.com.ar

Cuando la seño de la sala de 4 a la que va Facu me dijo “papá, vas a tener que salir en el acto homenaje al General Don José de San Martín” inmediatamente me puse a dieta.

El máximo héroe argentino puede disimular su metro sesenta de altura rodeado de niños de jardín de infantes disfrazados de granaderos. Pero un San Martín gordo es inadmisible.

Ya me imaginaba los chistes por lo bajo de los demás padres: “Mirá, el Sargento García”, “no, el Santo de la Panza”, “La figura del gran choripán”. Y las risas reprimidas por el comienzo del Himno Nacional Argentino.

Pasaron unos días. En la puerta de la escuela, la seño se aseguró: “Papá, ¿no me vas a fallar? ¡mirá que el acto es la semana que viene!”.

Le respondí con un no largo, algo exagerado y simulando sorpresa. Le dije que no se preocupara y que contara conmigo. Luego me di cuenta de que una semana a dieta no me alcanzaba para llegar flaco al acto. Decidí que iba a usar faja. San Martín usaba una.

Seré lo que deba ser

Pasaron dos días y la seño apenas me saludaba cuando iba a buscar a Facu. Del acto ni me hablaba ¿Se habría arrepentido?

Al día siguiente le pregunté, para no dejarle chance: ¿Seño, cuándo me vas a pasar el guion? ¡Mirá que me quiero aprender bien mis líneas! ¡No te quiero hacer quedar mal! Me respondió: “Tranquilo papá, tu parte va a ser muy fácil y tenés que ensayarla con los papás de Bauti y Valentín ¿Vos podés venir mañana un ratito antes así practicamos? Son unos minutos, nada más”.

Claro, le dije y me fui. En el auto, de regreso a casa, Facu miraba por la ventanilla. Yo trataba de adivinar qué personajes tenían que interpretar los otros dos papás. Uno seguramente era el Sargento Cabral, pero no tenía idea de cuál podría ser el papel restante.

Ese día llegué un rato más temprano de lo habitual a la salita, tal como habíamos acordado. La seño me hizo pasar y me advirtió que los otros papás todavía no llegaban ¿Qué clase de Sargento Cabral no llega a tiempo?, pensé y me puse a mirar el ensayo en el patio. Facu marchaba, impecable, en una línea de granaderos.

Aparecieron los papás de Bauti y Valentín. “Ya están los tres” gritó la seño acercándose a nosotros.

Una vez frente a “los tres”, señaló al papá de Bauti y lo ungió: “Bernardino Rivadavia”. Luego miró al papá de Valentín y le dijo: “Manuel de Sarratea”. Finalmente se dirigió a mí y pronunció lo impensado: “Chiclana”. Me quedé sin reacción.

No sólo caí en la cuenta de que el papel de San Martín nunca estuvo pensado para mí, sino que además no tenía la más mínima idea de quién era Chiclana.

El golpe fue fortísimo. Tardé un tiempo indeterminado en recobrar la orientación. El KO técnico lo podría haber declarado hasta un árbitro de badmington.

“Vamos que les explico”, dijo la seño y, solo por inercia, la seguí.

Afortunadamente la seño “nos recordó” quiénes eran nuestros personajes en la historia. Estoy seguro de que para los otros dos padres (y para mí también) Sarratea era la continuación de calle Maza en Maipú, y Rivadavia, una marca de cuadernos más cara que Laprida.

“Sarratea, Rivadavia y Chiclana fueron quienes nombraron a San Martín Teniente Coronel de Caballería y le encomendaron la formación del Regimiento de Granaderos a Caballo”, detalló la seño.

Cuando pude procesar todo pensé: "Serás lo que debas ser o no serás nada". Sería Chiclana entonces. No me quedaba otra.

Poco y preciso

Las líneas eran simples. Cuando San Martín se acercara a nosotros, Rivadavia debía decir “José de San Martín”, Sarratea tenía que continuar “orgullosamente lo nombramos Teniente Coronel de Caballería” y Chiclana cerraría: “Queda a usted encomendada la formación del Regimiento de Granaderos a Caballo”. Así, como si fuéramos Hugo, Paco y Luis, los sobrinos del Pato Donald.

Le pregunté a la seño si debíamos disfrazarnos. Nos dijo que no, que íbamos a estar escondidos detrás de un biombo sobre el que se asomarían títeres de nuestros personajes -manipulados por nosotros- y que diríamos nuestras líneas usando un micrófono inalámbrico, cada uno a su turno.

No nos íbamos a ver. La buena noticia era que ya no era necesario usar faja.

“Listo”, dijo el papá de Bauti y emprendió la retirada. El papá de Valentín hizo lo mismo. No me quedó otra opción más que irme.

El día del acto una de las seños hizo pasar a todas las madres a un aula para que terminaran de disfrazar a los chicos. Marianela, nuestra seño, nos acompañó a escondernos detrás del biombo. Nos dio el micrófono, los títeres y un machete con nuestras líneas. Nuestro papel no podía ser más triste.

Unas palabras de protocolo y el Himno Nacional Argentino marcaron el comienzo del acto. Al escuchar la melodía me emocioné. Después recordé que era Chiclana y casi me puse a llorar.

Una vez retirada la bandera de ceremonias comenzó la parte artística. El acto estuvo narrado totalmente por Marianela mientras los chicos interpretaban sus palabras, guiados por la seño auxiliar.

Detrás del biombo no podía ver mucho. Casi no veía a Facu. Lo peor de todo, no veía a San Martín. Quería ver si realmente el actor elegido daba para ser el Libertador, si tenía porte de héroe, si sus patillas pintadas con pomada Cobra le daban algo de carácter.

Llegó el momento. La seño narró que San Martín presentó su ejército ante las autoridades del Primer Triunvirato. Como marcaba el guion, le encomendamos al Gran Capitán la formación del regimiento.

A través de un agujerito en el biombo alcancé a ver a “San Martín”. Era rubio, gordito, no tenía patillas y no llegaba al medio metro de estatura ¿Dónde se ha visto un héroe así?

El Santito de la Espadita miró al público y dijo a los gritos, con una voz chillona: “Deamo libe, que lo demá nimporta ná”. Inmediatamente después una ovación lo llenó de gloria, al tiempo que dos bombas de papel celeste y blanco le dieron un tono épico a la escena.

Entre la lluvia de papelitos, un títere de Chiclana voló cerca de la cabeza del pequeño San Martín. Por suerte no le pegó.

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