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Ricardo Cavallo: el monstruo que se escondió detrás de los carnets de conducir en Mendoza

Editado por José Luis Verderico
verderico.joseluis@diariouno.com.ar

Jueves 24 de agosto de 2000.

La avioneta X-PFP aterriza sin problemas en el aeropuerto del DF mexicano, bajo un cielo sucio de smog. Cuando los motores se apagan, uno de los pasajeros -empresario para más datos-, se libera del cinturón de seguridad. Luego se quita los anteojos recetados, revisa a contraluz que los cristales estén limpios y parpadea varias veces para enfocar la mirada de sus ojos claros. Sabe que hay que bajar pero no está satisfecho de haber llegado a destino.

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Antes que él desciende otro hombre, de estatura típicamente mexicana, que viajó al lado suyo desde Cancún, donde despegaron en viaje de regreso a la capital. Entonces, el empresario, que es argentino y usa el cabello rubio entrecano y el bigote bicolor como Charly García, se alisa el saco y la corbata. Después, sujeta un bolso negro de cuero con la derecha y aprieta el impermeable contra su pecho. Recibe una seña y entonces baja. Despacio.   

Cuando pisa el asfalto, lo miran y lo saludan y él responde con el fastidio tatuado en la cara. Da media vuelta hacia atrás y la mirada se le pierde en el hueco negro que deja la puerta abierta del avión. Parece que olvidó algo. Pero no. El empresario está inquieto. Entonces camina. Un paso. Dos a lo sumo.

Una camioneta 4x4 tan oscura como su traje lo espera a un costado de la pista, pero él no alcanza a verla porque pone toda su atención en un apretón que siente en el antebrazo derecho, casi a la altura del codo. Una fuerza de sujeción que también lo conduce. Marcándole el camino.  

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Dos minutos más tarde, Ricardo Miguel Cavallo, ese próspero hombre de negocios de 48 años que había sido demorado en Cancún cuando estaba listo para seguir viaje hacia Buenos Aires, quedó formalmente preso y esposado en la capital azteca, adonde estaba de regreso bajo custodia de oficiales de la Interpol.

No había caído por estafas con el negocio de las licencias de conducir que años antes lo había traído a  Mendoza mientras gobernaba el peronismo. Tampoco por lavado de activos ni por delitos vinculados con narcotráfico, sino porque Ricardo Miguel Cavallo había torturado, asesinado y desaparecido personas durante la dictadura, cuando era teniente de Fragata de la Marina y se hacía llamar Marcelo. O Sérpico. O Miguel Ángel Cavallo.

Pasado mendocino

La noticia de la captura de Cavallo dio la vuelta al mundo y retumbó en Mendoza, ya que a mediados de la década del '90 había hecho importantes negocios con el Gobierno provincial y empresarios locales.

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Las licencias de conducir fueron su carta de desembarco y hasta llegó a promover la apertura de una planta de revisión técnica vehicular en Godoy Cruz, frente al Mercado Concentrador de Frutas y Verduras. Pero quedó en la nada.

Cavallo vivió e hizo negocios en Mendoza. Se instaló en un departamento de calle 9 de Julio 1300 de Ciudad. Se enamoró de una contadora pública que vivía en Godoy Cruz; la conoció en una de sus tantas reuniones en Casa de Gobierno con funcionarios políticos.

Ese Cavallo que participó de actos públicos y privados y de reuniones con sus socios y con ejecutivos y funcionarios no usaba bigote como en la hora de la captura.

Se marchó de esta tierra a fines de los '90 con destino a México, adonde puso en marcha el negocio de las licencias de conducir, a través del Registro Nacional Vehicular (Renave). No partió solo como había llegado casi cuatro años antes: lo hizo acompañado por la contadora y la pequeña hija de ambos.

Ese día

La mujer lo había despedido con un beso horas antes en el DF, al amanecer, cuando él se aprestaba a volar a Cancún y desde ahí a Buenos Aires.

Cavallo estaba acorralado. La prensa azteca, más precisamente el diario Reforma, había develado su pasado genocida y él había contestado que vendría a Argentina en busca de documentación que le sirviera para desmentir las publicaciones. Pero fue demorado en el sector de preembarque de la aeroestación de Cancún, mientras daba una entrevista telefónica para un canal de televisión y seguía proclamando su verdad y negando haber sido quien realmente fue en los años de plomo.

A Cavallo lo habían reconocido varias de sus víctimas mirándolo en las imágenes de los diarios mexicanos pero también mirando una foto del legajo de los '70.

Pero sobre todo mirando otro archivo. Interno, triste y siniestro: el de sus horas de cautiverio y de tortura a manos de ese hombre que perteneció a la Escuela de Mecánica de la Armada.

Línea de tiempo

Cavallo estaba en la mira del juez de la Audiencia Nacional española Baltasar Garzón, quien se enteró de la captura mientras hacía alpinismo.

El magistrado reclamó a México que lo extraditara para juzgarlo en Madrid por delitos de lesa humanidad contra españoles residentes en Argentina y México lo envió en 2003.

Cinco años más tarde, España decidió extraditarlo a Buenos Aires para que sea sometido a juicio oral y público.

Culpable

Cavallo fue condenado a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad once años después de haber sido detenido en México.

El 26 de octubre de 2011 en horas de la noche un tribunal lo declaró culpable junto a otros diecisiete genocidas como Alfredo Astiz, entre otros.

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En 2014 la Cámara de Casación Penal confirmó la sentencia condenatoria.

Y final

En México nunca se esclareció cómo fue que Cavallo logró posicionarse tan fuertemente con su empresa en los negocios con el Gobierno.

En Mendoza algunos de los que fueron sus socios se declararon seriamente perjudicados por Cavallo en lo económico y financiero.

En España, en 2003 el entonces Rey Juan Carlos recibió una carta del padre de Cavallo para que intercediera en su favor e impidiera el traslado a Buenos Aires.

En España, en 2010, recordaron el décimo aniversario de la captura del genocida con informes especiales.

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Hoy, en Godoy Cruz

En una modesta casa situada en Godoy Cruz, una mujer y su hija rehacen sus vidas tras haber regresado desde México mientras Ricardo Miguel Cavallo, pareja y padre respectivamente, cumple la condena en Buenos Aires.

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