Crónica

Paco Urondo: sus últimos momentos y el poema final

El lunes pasado se cumplieron 48 años del asesinato del escritor Paco Urondo en una calle de Dorrego (Guaymallén). Aquí, un repaso de aquellos días

En el cruce de Remedios de Escalada y Tucumán (Dorrego, Guaymallén) hay dos monolitos de cemento dedicados al poeta Francisco Paco Urondo y la periodista Alicia Cora Raboy. La placa está destruida, y a no ser por unos stencils con el logo de las Madres de Plaza de Mayo, no se ve nada más que evoque el drama que tuvo lugar en esa esquina.

Al lado desentona un supermercado relativamente nuevo -los chinos miran al reportero con curiosidad-; pero las casas del barrio siguen siendo bajitas y a veces humildes, mimetizadas entre un número impreciso de callejones y baldíos.

No parece buen sitio para morir. Sin embargo es ahí donde las patotas de la dictadura asesinaron a Urondo y secuestraron a Raboy el 17 de junio de 1976.

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Uno de los monolitos que recuerdan a Paco y Alicia en Dorrego. La placa está destruida.

Uno de los monolitos que recuerdan a Paco y Alicia en Dorrego. La placa está destruida.

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Cita envenenada

A mediados del '76, la estructura de Montoneros en Mendoza estaba detonada.

Los militantes que no habían sido "chupados" boyaban por casas cada vez más provisorias que además, en ocasiones, se habían convertido en una trampa, porque adentro podían aguardar como arañas los agentes de la Policía o personal militar.

Paco y Alicia habían llegado a la provincia en mayo, clandestinos, enviados por la dirección de la orga. Semanas después, afrontaban una situación desesperada.

Aquel 17 de junio fue jueves. Y tal como había ocurrido en dos o tres oportunidades previas, era el día de la semana acordado para las "citas de control" con el resto de sus compañeros; encuentros disimulados donde escuchaban cuál era la realidad de cada uno y veían la forma de cubrir sus necesidades de ropa, alimento, techo, armas, etcétera.

La célula estaba compuesta por Paco -que era el líder e iba con Alicia-, más Emma René "Turca" Ahualli -tucumana, metro ochenta, una de esas morochas que se la bancan- y su novio, el experto en armas Emilio Assales. Se les sumaba Rosario Aníbal Torres, un ex comisario militante que había tenido que escapar de San Luis porque ahí se la tenían jurada.

La cita de aquel jueves tenía otra protagonista, Ángela, la hija de 11 meses de Paco y Alicia.

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Alicia Raboy junto a la pequeña Ángela, la hija que tuvo con Paco Urondo.

Alicia Raboy junto a la pequeña Ángela, la hija que tuvo con Paco Urondo.

La pareja y la beba se acercaron a la zona en un modesto Renault 6. Conducía Paco. Sospechaba que los acechaban y no le faltaba razón: los informes policiales indican que efectivos de civil apostados allí vieron pasar el vehículo y notaron que el conductor miraba hacia ambos lados.

Cerca de las 18.20, Paco, Alicia y la nena llegaron en el Renault 6 a la intersección de Guillermo Molina y Dorrego, donde debían estar sus contactos. A Urondo le pareció que toda la gente que había en las inmediaciones tenía algo de impostado, de falso.

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Así que no se detuvo. Siguió y dobló en una esquina. Al rato vio caminando a la Turca Ahualli, que se subió al autito.

-Turca, hay algo raro en el lugar-, le dijo Paco. Decidieron pasar de nuevo por ahí.

Y ese fue el error.

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Amor clandestino

Alicia y Paco se habían conocido en la redacción de "Noticias". Él ya era un autor reconocido y el principal responsable político de ese diario, y ella una aguerrida periodista de la sección gremiales.

Y aunque Urondo estaba en pareja con otra militante, Lili Massaferro, se separó y se fue con Alicia.

"Incurren en el delito de deslealtad quienes tengan relaciones sexuales al margen de la pareja constituida. Son responsables los dos términos de esa relación aun cuando uno solo de ellos tenga pareja" (artículo 16 del Código de Justicia Penal Revolucionario de Montoneros) "Incurren en el delito de deslealtad quienes tengan relaciones sexuales al margen de la pareja constituida. Son responsables los dos términos de esa relación aun cuando uno solo de ellos tenga pareja" (artículo 16 del Código de Justicia Penal Revolucionario de Montoneros)

Por su nuevo amor, Urondo fue castigado y se dice que ello influyó para que la conducción resolviera destinarlos a él y a Raboy a Mendoza.

Justamente Paco había pedido que no lo enviaran ni a la provincia cuyana ni a Santa Fe, porque eran territorios donde lo conocía mucha (demasiada) gente.

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La periodista Alicia Cora Raboy (28), pareja de Paco Urondo y madre de Ángela. Hasta hoy se encuentra desaparecida.

La periodista Alicia Cora Raboy (28), pareja de Paco Urondo y madre de Ángela. Hasta hoy se encuentra desaparecida.

El poeta y editor José Luis Mangieri recordaría luego que por aquella época, un poco antes, se cruzó con Urondo en una esquina porteña. Hablaron de poesía, de militancia. Las cosas de las que se hablaba en aquel universo. Y siempre con el tono cómico que quienes lo conocieron asocian a Paco.

-La organización me traslada a Mendoza- reveló Urondo de repente.

A José Luis no le gustó la idea: "El Pepe te mandó al muere", respondió.

El Pepe, claro, era Mario Firmenich, jefe de Montoneros.

Escape en Guaymallén

Junio trae consigo los días más cortos del año. Cerca de las seis y media de la tarde, la luz empezaba a escasear en Dorrego.

El Renault 6 avanzaba con cautela llevando a sus cuatro ocupantes. Cuando Paco, Alicia, la Turca y la pequeña Ángela volvieron a pasar por el lugar de la cita, Ahualli reconoció a un Peugeot 504 rojo que había pertenecido a Montoneros y posteriormente había sido apropiado por las fuerzas de seguridad.

Se le debe haber helado el pulso cuando vio que en el asiento trasero de ese coche, rodeado por dos grandotes, estaba el otro miembro de su célula, Torres, a quien le habían puesto una gorra y al que seguramente los matones habían torturado sin piedad para obligarlo a que los acompañara y "marcara" a sus compañeros.

-La cita está cantada ¡Rajemos, Paco!- gritó la la Turca Ahualli; y Urondo exigió al máximo a aquel auto modesto, absurdo para una fuga y muy similar a una renoleta.

Atrás, el Peugeot también aceleró.

Siguió una secuencia corta pero intensa. Los fugitivos doblaron por calle Falucho, siempre a través de tierras guaymallinas. A los pocos segundos empezaron los tiros.

Tanto el parte policial posterior como los testigos cuentan que la Turca se asomaba por una de las ventanas de la derecha del Renault 6 para tirar, mientras Paco trataba de zigzaguear con el volante para no volverse un blanco fácil y a la vez gatillaba desde la ventanilla izquierda.

En una intersección, Urondo no pudo evitar el choque con un rastrojero, aunque tras alguna maniobra desesperada reacomodó el vehículo y ganó algo de distancia respecto a los perseguidores, que habían pedido refuerzos y ya los seguían en banda.

Según el expediente, se había montado un operativo cerrojo que abarcó 10 cuadras y que involucró a la Policía de Mendoza y a personal del Ejército, con intervención del Comando de la 8va Brigada de Infantería de Montaña.

La pastilla

La persecución se extendió durante 2 o 3 kilómetros, con el autito de Paco y sus compañeras doblando en casi todas las esquinas para ver si despistaban a los otros. Sonaban los tiros.

-¿Alguna está herida?- preguntó Paco desde el asiento de adelante.

-Yo- dijo la Turca. Una bala le había atravesado el muslo izquierdo y se había alojado en el derecho.

No hubo chances para mucho diálogo. Una ráfaga de ametralladora hizo añicos una de las lunetas del Renault y segundos después, en la esquina de Remedios de Escalada y Tucumán, Urondo frenó y ordenó a sus compañeras que escaparan.

-Ya me tomé la pastilla- les dijo.

Por aquel entonces, para no ser torturados hasta la muerte o la delación si los agarraban, los cuadros llevaban pastillas de cianuro en sus bolsillos, en algún falso ruedo de la ropa o donde fuera.

-Pero papi, ¿por qué hiciste eso?- atinó a comentar Alicia, como si al mismo tiempo hubiera hablado también la bebé de ambos, Ángela.

***

"Si ustedes lo permiten,

prefiero seguir viviendo.

Después de todo y de pensarlo bien, no tengo

motivos para quejarme o protestar:

siempre he vivido en la gloria: nada

importante me ha faltado.

Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado

de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor

y miedo y apremio.

Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve

sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables (...).

El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,

pero lo he derrotado

para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algún día (...).

La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado

por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.

Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud

y en mi destino y en la buena suerte:

sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido

y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.

Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;

compartir este calor, esta fatalidad que quieta no

sirve y se corrompe (...).

Sin jactancias puedo decir

que la vida es lo mejor que conozco".

(Paco Urondo, "La Pura Verdad").

***

Sobreviviente

Las mujeres salieron corriendo, alejándose del Renault 6 y de Paco.

Alicia, con Ángela en brazos, se metió a un corralón -hoy está ahí el súper chino- y le pidió a uno de los trabajadores que le sostuviera a la nena. Luego quiso subir a una escalera sin saber que la construcción daba a ninguna parte.

Atrás venían cuatro tipos de civil que la capturaron y empezaron a darle una paliza ante la sorpresa de los laburantes del corralón. Se la llevaron a ella y también a la bebé.

La Turca Ahualli, por su parte, se escabulló en una especie de conventillo. Un muchacho la ayudó a saltar una tapia y así dio a un baldío con unos piletones donde pudo lavarse la sangre que le corría por el cuerpo. Llevaba unos pesos en el bolsillo: se ubicó en una parada del trolebús como una señora cualquiera.

La Turca subió al trole, pagó y se sentó, procurando que la herida no se le notara. El chofer enfiló justo para la esquina donde estaban Paco y sus perseguidores.

“Lo insólito fue que el trole paró y subieron soldados jóvenes a mirar. Yo estaba al último. Como mi pierna sangraba la puse para atrás y miraba por la ventanilla simulando desinterés, pero moría del dolor y la desesperación”, agregó más tarde la Turca durante una entrevista que le hizo David Correa para la revista Haroldo.

Los soldados finalmente se bajaron y Ahualli siguió camino. No volvió a su casa porque sabía que ya estaba "quemada". Días después, logró subirse a un tren y escapar a Buenos Aires.

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La "Turca" Renée Ahualli. Foto: Elena Nicolay/La Palta.

Un último poema y un asesinato

La Justicia determinó que después de que Urondo detuviera el Renault fue un cabo de la Policía, Celustiano Lucero, quien se acercó y -a pesar de que el poeta estaba rodeado y ya no se defendía- lo golpeó en la cabeza con la cacha o la culata de un arma hasta hundirle el cráneo y matarlo.

La autopsia y los análisis posteriores no indicaron que el cadáver tuviera cianuro. Se conjetura que Paco les dijo lo de la pastilla a sus compañeras por generosidad; para convencerlas de que huyeran y lo dejaran solo. Fue, de alguna manera, un último acto poético. El último poema de Urondo.

En el juicio de lesa humanidad que se realizó en 2011, fueron condenados a prisión perpetua cuatro ex efectivos que participaron de aquellos hechos: Juan Agustín Oyarzábal, Eduardo Smaha Borzuk, Alberto Rodríguez Vázquez y Celustiano Lucero Lorca. Se los consideró responsables del asesinato de Paco y del secuestro, tortura y desaparición de Alicia Raboy.

Actualmente Lucero, el autor material de la muerte de Paco, está siendo juzgado nuevamente junto a otros represores en el marco de los juicios por el infierno que vivieron en el Departamento de Informaciones de la Policía de Mendoza (D2) más de 300 detenidos que fueron alojados allí durante el gobierno de facto.

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Celustiano Lucero y el gesto que hizo cuando lo condenaron a perpetua por el asesinato de Urondo.

Celustiano Lucero y el gesto que hizo cuando lo condenaron a perpetua por el asesinato de Urondo.

La pequeña gran Ángela y el final de la Turca

Concluido el operativo, la pequeña Ángela fue llevada a la Casa Cuna. La entregaron a un ala de su familia vinculada a la mamá. Con los años, buscó su identidad, conoció su historia y recuperó su nombre.

Como dibujante, performer y escritora, Ángela Urondo es hoy una reconocida referente en el mundo del arte y los derechos humanos.

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La hija de Paco y Alicia, Ángela, tuvo que pelear para recuperar su identidad después del horror.

La hija de Paco y Alicia, Ángela, tuvo que pelear para recuperar su identidad después del horror.

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En cuanto a la Turca Ahualli, escapó a Buenos Aires tras su cinematográfica huida en Mendoza y hacia 1978 -entre muchos dolores, como la desaparición de su compañero Emilio Assales- se desconectó de Montoneros y rehizo su vida en Tucumán, dedicándose a las artes escénicas sin perder nunca la dimensión política.

Murió -algunos dicen que de dengue- el 15 de abril del año pasado, a los 82 años.

Epílogo

Existe una "Carta muy abierta" que Julio Cortázar le escribió a Paco Urondo en 1973, cuando el poeta estaba preso en Devoto por militancias previas. A la luz de lo que pasó más tarde, el texto adquiere hoy más resonancia que nunca.

Aquí, un fragmento a modo de epílogo:

Carta muy abierta a Francisco Urondo

Parece, según noticias de buena fuente, que de un tiempo a esta parte no es nada fácil dar con vos personalmente. Siempre fuiste un poco jodón, pero en este caso estoy convencido de que no tenés la culpa de que los amigos no puedan tomarse un vinito con vos, y como no soy rencoroso te escribo, Paco, con la seguridad de que muy pronto has de cambiar de conducta y no solamente aceptar visitas sino incluso devolverlas.

A la espera de todo eso te voy a hacer rabiar un poco, porque si a vos no se te puede ver resulta que a otros si, y a lo mejor te divierte que te cuente cómo me las arreglé en Quito hace apenas dos meses, para ir a pegarle un abrazo a Jaime Galarza (...)

Los ecuatorianos me habían contado cosas de Galarza, yo lo había leído y de golpe zas, 'El festín del petróleo'. Nada, doscientas páginas poniendo en claro lo que a mucha gente le interesaba mantener oscuro, el invariable escamoteo de una riqueza casi increíble, pactos y contratos y consorcios y cualquier cosa menos petróleo del Ecuador para los ecuatorianos.

Vos te imaginás las consecuencias del libro: por un lado la edición que se agota antes de que haya tiempo de secuestrarla, y por otro una maquinita bien montada, Jaime Galarza a la cárcel como”cómplice intelectual” de una operación más bien movida en un supermercado. Todas estas cosas se repiten tanto que uno tiene la impresión de estar contando siempre lo mismo, en todo caso si te aburrís chiflame. Lo fuí a ver, y resultó más fácil de lo que pensaban algunos (...). Hablamos largo de Festín y de otros petróleos de este continente, yo aprendí algunas cosas que acaso serán útiles cuando vuelva a Francia, y además, hubo todo eso que hoy no puede haber entre vos y yo, ese quedarse callados, mirándose como nos miramos los amigos, con esa mirada que no tendrán nunca los que nos separan.

Me fui, claro, pero me fui sabiendo que de alguna manera no me iba, y que también Jaime se iba conmigo en esa zona del corazón que está para siempre a salvo de los cercos, las rejas y el odio (...).

Y si te cuento esto, Paco viejo, es porque sé que te gustará leerlo y que para vos será como si te hubiera visitado, como si también vos y yo hubiéramos fumado juntos un rato, mirándonos con nuestra sorna de porteños. Y también porque otros leerán esta carta, cerca o lejos de vos, y comprenderán que de alguna manera quise estar con todos, y que mi abrazo con Jaime es el que todos nos damos y nos daremos siempre, hoy de lejos, mañana en esa calle abierta en que nos encontraremos para seguir el largo, necesario y hermoso camino que lleva a nuestro sueño".

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Paco Urondo junto a su amigo Julio Cortázar.

Paco Urondo junto a su amigo Julio Cortázar.

* El autor de esta nota agradece a Viviana Beigel.