Por Gustavo De Marinis
Ángela Urondo se llamó siempre Ángela Urondo. Desde que nació en 1975, fruto del amor entre su papá, Francisco Urondo, y su mamá, Alicia Cora Raboy, ella fue realmente Ángela Urondo Raboy aunque en su documento figurara otro apellido.
Sin embargo, la hija del poeta, periodista y escritor asesinado en Mendoza en 1976 por el terrorismo de Estado, debió esperar más de 30 años para que su DNI dijera la verdad, o sea, llevara los apellidos que sus padres le dieron.
La historia de Ángela es parecida a la de miles de argentinos que sufrieron la represión ilegal durante la dictadura cívico-militar. Tenía 11 meses cuando una patrulla policial atacó el auto en el que iba junto con sus padres, Paco Urondo –entonces militante montonero– y su madre, Alicia Raboy. Iba también allí Reneé Ahualli, quien sobrevivió para contar los hechos y fue testigo clave para que la mayoría de los que participaron de aquel hecho fueran juzgados y condenados a prisión perpetua. Eduardo Smaha, uno de los más siniestros represores mendocinos, y Celustiano Lucero –de un culatazo ultimó a Urondo– hoy cumplen sus condenas en el servicio penitenciario provincial.
Aquel día de junio del ’76 Urondo detuvo el auto para que las mujeres escaparan de la persecución policial. Les mintió para convencerlas diciéndoles que había tomado cianuro. La autopsia comprobó que no fue así y que murió producto de la balacera y aquel culatazo final. Ahualli logró eludir el cerco, pero Raboy no. Fue capturada y hoy es parte de los 30.000 desaparecidos en nuestro país.
Ángela, con 11 meses, fue secuestrada. Se comprobó que estuvo en el temible D2 y otras dependencias de detención clandestina hasta que tras unos 20 días fue dejada en la Casa Cuna.
Su familia logró dar con ella y luego la adoptó una prima de su mamá y su marido. Como tantos otros muchachos y muchachas que sufrieron el mismo calvario, durante años, poco y nada se habló de lo sucedido. Ella sabía que no era hija biológica de quienes la criaron, pero ni le decían ni preguntaba sobre su infancia y sus padres biológicos.
Pero un día, cuando tenía 17 años y pasaban frente la ESMA –el símbolo nacional de la barbarie– su madre adoptiva lanzó un “milicos hijos de puta”. Ella preguntó por qué el insulto y la respuesta fue: “¿No sabés que ellos fueron los que mataron a tus padres?”.
Fue el clic para que Ángela comenzara buscar, a investigar, a reencontarse con su historia y con su identidad, y la familia que no conocía entre quienes está su hermano Javier.
Lo demás es más conocido, incluyendo el juicio que se hizo en Mendoza para juzgar y sentenciar a los asesinos de Urondo y Raboy.
Pero quedaba algo más: ella quería, necesitaba y merecía llevar sus verdaderos apellidos. Fue otra lucha larga con final feliz. Desde el año pasado, el nombre que siempre tuvo –Ángela Urondo Raboy– es el que está en su DNI. Y el domingo pasado, por primera vez, Ángela votó con nombre y apellido reales. Lo celebró por Facebook con un conmovedor “¡Viva la patria!” ¡Sí, viva la Patria, Ángela!



